Visita Nº
Página de las artes.
Ir a Página de Inicio Relación de todos los artistas y autores que exponen. Mándanos un Email. Disculpad las molestias. Libro de Visitas CLAUSURADO. Tablón de Anuncios y Noticias Forum del Arte
Untitled Document

WillBlack

Otro día más en el planeta Crueldad.

Había oído hablar de otros planetas: planetas de hierba húmeda en los que podías pasear con los pies descalzos y sufrir una eterna sobredosis de frescor; planetas pradera, completamente cubiertos de flores, habitados por una sola mariposa a la cual debías perseguir como un cachorro, día tras día, sin perder la inmensa emoción del primer atisbo de ingenuidad; planetas océano. Éstos eran sus favoritos: perfectas esferas compactas de agua, puras, diáfanas, en las que flotabas imbuido en el paladeo de cada estrella. Para carcajada de la fortuna él era un habitante del planeta Crueldad, y en este planeta no se podía caminar descalzo. Se necesitaban zapatos. Esconder los pies y protegerlos del asfalto. De jeringuillas sida, cristales alcohólicos, colillas encendidas y caramelos a medio derretir de niños aburridos; se necesitaban personas. Meter tu corazón en otros para protegerlo de otros. Cuando tienes tu corazón demasiado tiempo en tu propio cuerpo duele, quema y deseas no tener pecho.

Llevaba despierto diez minutos (demasiado tiempo). Echó mano del paquete de tabaco negro de su mesilla. Encendió un cigarrillo y aspiro con fuerza la primera dosis de nicotina del día con sus más de cuatro mil componentes adicción (en la cajetilla sólo constaban dos: nicotina y alquitrán), retuvo el humo el tiempo necesario hasta sentir placer, luego lo expulsó en una expiración de alivio y el humo salió al exterior. No veía el humo (la persiana aún estaba bajada) pero el humo estaba allí, flotando e impregnando la habitación con su dudoso perfume. No veía el humo como no se ven las aguas negras de nuestras vísceras, pero estaban ahí. El humo para intoxicar la sangre, las aguas para estrangular el tiempo que en gerundio iba quedando vertiginosamente a sus espaldas. Cuando paseaba en exclusiva compañía de él mismo miraba hacia atrás y en vano intentaba dibujar su propia imagen por donde habían caído sus pasos. Nada. En el tiempo y el espacio eres huésped de una sola noche. Un viajante de traje barato sudado de cerveza barata y arrugado por los asientos del coche que pasea por todo el país todos tus fracasos. Apagó el cigarrillo y decidió no decidir por unos minutos… suspendido en el florecer del nuevo día.

Presionó el mando de la minicadena y sonaron las voces de los tertulianos radiofónicos. Lo sabían todo acerca de todo: seguridad social, malos tratos, oriente próximo, euro, dólar, inflación, abusos de menores, alcoholismo, impresionismo, el pato Lucas, el pato Donald, Southparck y los Simpsons. Opinaban de cada uno de estos temas con doctos vocablos y timbre de voz seguro. Pero que condenadamente inteligentes eran. Él apenas sabía donde estaba Marruecos: al sur, al sol y muertos de hambre. Esto último (lo del hambre) le hizo reparar en su estómago. Rugía ya pidiendo la primera ración del día. Un desayuno rico en vitaminas era vital para un día rico en esfuerzos mentales y físicos, decían los médicos. A él se la traía floja los médicos, los esfuerzos físicos, los mentales, las vitaminas y si me apuran los carbohidratos y la jalea real. Puso los pies en el suelo (siempre se levantaba con el izquierdo por la disposición de la cama en el dormitorio) y sintió el frío del terrazo en las plantas de los pies (primero en el izquierdo, luego en derecho, y por último en los dos). Que sensación. Sólo comparable a la primera raya de coca de una noche loca o una tarde tonta. Disfrutó de esta sensación unos segundos sentado en la cama y posteriormente se incorporo completamente. Ya estaba completamente erecto. Homo sapiens sapiens. Fue hasta la ventana, y como cada mañana golpeó algún meñique que otro (de las extremidades inferiores y superiores) con algún que otro mueble. Tenía una lamparilla en la mesilla, pero confiando en Platón nunca la encendía. Demasiada luz de golpe puede ser fatal. Dolorido y ligeramente irritado llego hasta la correa de la persiana y tiro de ella con mucho tacto. Sólo las rendijas. Un traguito de luz, como hacían los remilgados con los grandes reservas. Sus expectativas se confirmaron de pleno. Por los diminutos huecos entro algo muy parecido a un halo premonitorio. ¿Era el día perfecto?. Parecía que si.

El día era perfecto. Tenía la sensación de que todas las nubes de tono negruzco que cubrían la ciudad caían sobre su morbo. Las mensajeras de tormenta eran más que nunca el espejo de su alma, sus recuerdos y sus pensamientos: la confirmación de crueles e implacables juicios acerca de sí mismo. Desde luego no era el mejor hijo de madre, no era un gran hombre, pero esta vivo, mirando por las rendijas de su persiana el plomizo del cielo. Abrió la persiana completamente (muy lentamente) hasta que la plenitud del gris oscuro se mostró en toda su magnitud. Sus retinas habían esperado mucho este momento. Espesas como el grito de un anciano con la cadera rota, densas como el mercurio de los termómetros. Permanecía absorto, hechizado, saboreando la certidumbre. Por una vez en su vida estaba seguro de algo. Al ver su imagen semiopaca (o semitransparente) en la ventana no pudo evitar pensar que eso era lo que realmente era: algo medio transparente y medio opaco por donde la luz pasaba sin pararse a reflejarlo al mundo. Casi un vampiro, pensó entre avieso e irónico. Cuando de niño le producían pánico. No los quería dentro del armario de su habitación por nada del mundo. Se aseguraba todas las noches de cerrarlo con llave, y aún así aquellos hijos de la fábula popular intentaban salir de allí haciéndole sudar muy frío. Pasados los años y desde la perspectiva adulta comprendió que esos terroríficos seres mitológicos eran sólo enfermos de amor, alcohólicos de la sangre como los lobos; que lo único que merecía la pena en este mundo era lo que no existía: seres y mundos ubicados en algún del cerebro. Allí era donde él había disfrutado de verdad. Pero ahora los seres que le hacían sudar frío eran los de carne y hueso. La vida y sus lacayos. Cuanto más viejo era menos entendía lo que le rodeaba. Agarradas a sus razonamientos cada vez más enraizados, las personas (y él mismo) se iban transformando en trozos de carne móviles que emitían sonidos incomprensibles. Era un extranjero de sus semejantes, y lo más extraño, de si mismo. Cada vez eran más frecuentes las veces que el tipo del espejo le era totalmente ajeno.
Encendió la televisión. En todos los canales estaban los tertulianos opinando más y más. Joder, hace un momento estaban en la radio. Estos cabrones son omnipotentes y omnipresentes. Dioses de la palabra, amigos de la mentira. Apagó el demoníaco aparato y se dispuso a preparar el desayuno rico en comodidad, rapidez y gusto para su paladar: leche con cacao (instantáneo por supuesto). Lo bebió con ansia, placer y un par de antidepresivos, dejó el tazón en el fregadero y volvió a la cama a esperar los efectos reconfortantes de la leche, el cacao y las pastillas. Cuando llegó al dormitorio cerró de nuevo la persiana y se dejó caer en la cama como un saco de ranas. Cerró los ojos, respiró hondo y dejándose llevar como el polvo del desierto se fue a aquellos lugares en los que jamás había estado su cuerpo. Estados Unidos. Nunca había estado en Estados Unidos. Había visto cientos de películas que discurrían en cada uno de los estados de este basto país, pero no sabía como olía la ciudad de Las Vegas. Las Vegas. Quería apostarlo todo al trece negro y perder hasta los empastes; darle una monumental paliza a un fulano y dejarlo medio muerto secándose al sol de Arizona; que unos fulanos le diesen una paliza de cojones y lo dejaran achicharrarse bajo el sol de Nevada. Vuelta y vuelta, y aún vivo banquete para coyotes; sentarse con los pies desnudos arriba del Cañon del Colorado hasta los ojos de crack y coronas; cabalgar a pelo en caballos apaches por praderas coaguladas de hierba; quemar un cadillac, romper todos los cristales de Nueva York, atracar la licorería de un coreano y follar con putas heroinómanas. Joder al mundo y a sí mismo como sus padres lo habían jodido al follar aquella noche. No odiaba a sus padres por lo que eran (gente normal y corriente), si no por el hecho de haberle traído al mundo y confirmarle años después que era deseado. ¿Cómo se puede desear arrojar a alguien a este mundo?.

El pensaba que la misión que la vida reserva a los sabios es desaparecer cuanto antes. Apartarse y no molestar a las ratas que desayunan ratas.


NOTA: Esto es sólo un frajmento del relato. Si estás intreresado en el resto puedes ponerte en contacto con el autor a través de ConElArte.Com