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Raquel Apastegui Salvatierra

Raquel Apastegui Salvatierra

Jaisalmer-Rajastan-India

            Tras un primer contacto con la India: un sólo día en Delhi, tomamos
carretera y manta con nuestro enturbantado chófer sikh, Mahinder, en el
imponente Ambassador.

            Mahinder quería asegurarse que seguíamos empeñados en recorrer seiscientos kilómetros en un día. Cuando planeamos nuestro viaje atamos todos los cabos para aprovechar nuestro tiempo en India y ver el mayor número posible de sitios. Más tarde entendimos que nuestro viaje hubiera sido inolvidable de todos modos, que la India se respira y disfruta en cada pueblo, en cada calle... pero en aquel momento nuestra decisión de llegar a Jaisalmer era tajante.

            Nos asombraba que é1 no supiera decirnos cuántas horas de viaje podía suponer, y es que esa distancia, en la India, era algo que ni nuestro, tan experimentado chófer había osado recorrer en un sólo día. Pronto lo comprendimos... ¿cómo calcular cuántas sagradas vacas se cruzarían en nuestro camino?, o ¿cuánto tiempo perderíamos en un paso a nivel con barrera, o ¿cuántos camiones habrían volcado colapsando la carretera? y en su caso, ¿cuánto tendrá que esperar el chófer de ese camión tumbado pacientemente junto a la cabina a que llegue la asistencia en carretera?. Y aún en el día más venturoso, es ya un desfase desde nuestra mentalidad, el darse cuenta de que en una carretera nacional el doble sentido de la circulación consiste en que cada uno se eche al arcén a fin de que quepamos ambos.
Todo mereció la. pena...

            Después de tantos kilómetros de llanura imperturbable hasta el horizonte, la ciudad de Jaisalmer surge como un espejismo en el corarzón del desierto del Thar.

            El fuerte se encarama en la colina confundiéndose con ella, aunque más bien parece que, por capricho de la naturaleza, la colina se ha levantado únicamente con el fln de exhibirlo.

            En esta ciudad, punto estratégico de los mercaderes medievales, han quedado sus mansiones, las "havelis", que pueden contemplarse en angostas e intrincadas calles, en las que todavía se respira Edad Media. Las havelis se miran cara a cara y a poca distancia a través de las increíblemente talladas celosías de piedra.

            Y en la calle, bajo las celosías, suena la música del "sarangi" (violín de piel de cabra) en manos del viejo juglar del desietto, en compañía del
encantador de serpientes y de la omnipresente vaca sagrada. Sólo tras contemplar a la negra cobra bailar volvemos de este viaje en el tiempo: el encantador pone punto final al encanto, tras recibir unas rupias, devuelve al animal a su encierro en un "tupe-ware" de tapa verde.

 

 

 

 

Texto de: Raquel Apastegui Salvatierra
Fotografías : Emilio Ruiz López