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José Javier Alfaro

José Javier Alfaro

últimos poemas premiados

 


Primer Premio “Bilaketa” de Aoiz”, 1999

PENÚLTIMA ODISEA

 Lejos queda la casa, el pueblo, la incierta geografía

de maizales y adobes -sutil arquitectura de escondites felices-

y las tardes calientes multiplicadas, lejos,

que salí de muy niño, con el cuerpo mudéjar

de la torre eclesial desvaneciéndose,

las almenas doradas de mi única Ítaca grabadas

en el ámbar sin luz de las retinas,

y el corazón en pena porque no recordaba,

en el colegio aquél de mi destierro,

donde fui “a hacerme un hombre”,

el regazo dolido y candeal de mi madre más madre

y no acerté a llevarme en la memoria ni tan siquiera un plato

de corales grosellas, tan hechas de alegría.

 

Las noches –plumón negro- acechaban la incipiente aventura

del despertar de un sexo prohibido que no llegó a saber de adolescencias,

donde la opaca pátina del miedo cubría de estrategias de duchas y vinagre

la inquietante atracción de las sirenas.

Y el Tiempo fue creciendo con mi cuerpo

y sus islas – Calypso, Ea, Manhattan-

violentados los sueños por rudas disciplinas de cuero y huesecillos

y el cilicio besando cruentamente la cintura, sedienta de Marilyn platino,

para aventar del alma tanto pecado rubio.

 

Así llené el cuaderno de bitácora de mis viajes sin rumbo

con el prêt-à-porter y el grito desbocado de Nausica,

todo siempre impregnado de la azul levadura de la filosofía,

entre ascetas hermanos de dudas y escaseces,

los maitines, Onán, Aleixandre, el infierno, el rosa-rosae

y la Muerte temprana de mi padre,

bajo la calma chicha que dictan las derrotas en vísperas

de cualquier fin del mundo que se precie,

y la atracción de abismos que conllevan siete muertes pequeñas.

 

Ahora inicio el retorno de esta carne tan nómada

para que tanta Historia de la ficción más cierta

se deslía en Leyendas de cíclopes y cerdos.

Que los signos pregonan un nuevo apocalipsis,

                     -ya sin la alta costura de un tal Paco Rabanne

                      y París abrasado por la Mir, fruta blanda, rojo arcángel caído-

pues crece la albahaca en lupanares igual que en las ermitas

y el mundo es una víctima de su propia ceguera,

donde ejerzo el oficio más noble de ser inmerecido lázaro de poeta.

 

Cerca está ya la casa. Presiento su nostalgia.

Su nueva geografía de aceros y cristales sujetando

el espectro de todos mis pretéritos que, como un pebetero,

esparce sus vivencias de enebro y alcanfor contra los calendarios,

al margen de la moda y los augurios. Así que sólo queda,

ante el fin de milenio,

un solo once de agosto para llenar la aljaba ,

y tensar luego el arco contra los ciertos buitres y los falsos profetas

y quedarme, por fin,

en el Sur que aún custodia mi rendida Penélope,

ese fiel territorio almenado y agreste del corazón,

esa patria de la sangre y el pan donde nacen los besos.


 


Primer Premio de Poesía “Ciudad de Tudela”, 2001

REPETICIONES

De tanto caminar por las mismas lecturas

y paisajes en un Manual de Historia

tengo la sensación de haber vivido antes muchos de estos sucesos

en no sé qué momentos de reencarnaciones :

ninfas de ensueño emergiendo de un río con gasas de calima,

fenicios que dejaron contradictoria herencia de letras y comercios,

triclinios ergonómicos adaptados a placeres simultáneos,

diosecillos de turno para ser adorados igual que a sus orífices,

datación de batallas, irreconciliables concilios, rapiñas y revoluciones.

 

Paso las páginas con la desidia gris del estudiante

que busca ese algo que no existe

y, al filo del examen, duda cada vez más de lo que sabe,

y entonces, cuando estoy contemplando una lámina

con la Venus de Milo, entras tú

cargada hasta los límites de bolsas reciclables

con las compras del día y pienso, ¡qué absurdo!,

lo que habría ocurrido si no tuvieses brazos

(ni para la compra,

                            ni para la caricia,

                                                   ofrecida tan sólo para poder quererte).

 

Sonrío ante la idea. Pero hay que colocar las cosas en el sitio adecuado

y, entre este tráfago de flexiones y roces corporales,

veo también que se repite, mezclada con la otra, la historia

con minúscula de toda nuestra vida

contada a la manera de un eje cronológico,

parcelado con los hitos de miel que amojonan los besos:

aquéllos inocentes de los cuentos de hadas

con un final feliz siempre asociado

a una supuesta mesa ahíta de perdices,

los nuestros iniciáticos que descubrimos púberes

junto a un río de julio,

lecciones de integrales derivadas en besos, de cuando bachilleres,

una tarde en la Alfama florecida en los labios,

París con agujetas y “El beso” de Doisneau 

junto al Hôtel de Ville o en el Barrio Latino,

y los besos furtivos en calles de Venecia

que olían a Ezra Pound como un abrazo húmedo.

 

Me cuesta, lo confieso, aprender de memoria esta Historia

de números, de reyes y de guerras,

y no me sirven ya los trucos mnemotécnicos con que aprendí

por siempre la tersa geografía de tu cuerpo

mediterráneo, surcado con las trirremes de mis dedos,

recorrido de pasión y de rabia

cuando los dictadores paseaban blindados en un Rolls

(¡y cuánta la atracción

y qué bellos los besos

cuando fuera transita el enemigo!)

 

Y de nuevo el crepúsculo, asido a las amígdalas,

trae la sensación de haber vivido ya lo que va a suceder,

en ciclos repetidos de pasajes tristísimos

o en la feliz rutina de besarte otra vez para ir haciendo historia,

o en el hecho de amarte, y no es poco, por la bendita inercia

de haberte amado siempre, diciéndole a La Muerte mientras tanto:

“mira, te llamé y no viniste en tiempo de suicidios,

si no te importa, no pases por aquí hasta un nuevo milenio”.

 

Y acabar definitivamente estos versos de besos que ya escribiera antes,

con la agria sensación, rayana en la locura,

de ser un gris autómata que reescribe su historia,

día tras día, minuto tras minuto, y otra vez, y de nuevo,

copiándose a sí mismo.


Primer Premio de Poesía “Villa de  Cadreita” 2002

    DE UNA CASA SOÑADA

 SOBRE RUINAS de mármol y guirnaldas marchitas

construiré una casa de letras verticales

donde habitar tu carne.

                                  Y pondré un olivar azul, como el verano,

para que no me olvide del aceite temprano de tus besos.

 

Una casa sin puertas, como una madriguera,

patria abierta al destino de indóciles corceles

donde contemple el mundo

asomándome al alféizar rendido de tus ojos.

 

Y así, en plan demiurgo, crearé de la nada un río inagotable

que se abrirá en abrazo, para cerrarse en isla

en torno de tus ingles. Sólo entonces

mi corazón de tiza escribirá alfabetos

para poder llamarte en el umbral sellado de tus labios,

donde anida tu voz, a veces inocente, a veces retadora.

 

Una casa de arpegios, de alas y clorofila,

tan abierta a un desierto de dunas y de lunas,

que no te darás cuenta, entre el rapto sensual de tu alta hipnosis,

que yo seré el guardián de tu paisaje. Tu razón y tu fe. Tu carcelero.

 

 QUE TÚ sabes muy bien que el amor tiene cárceles.

Como el trigo amapolas. Con sílabas de arena me adentro

en tu desierto para verme en tus ojos y encontrarme a mí mismo.

 

No me importa engañarme con tu piel de palmeras,

ni sufrir espejismos de aguas claras y dátiles.

La noche de la vida que nos escribe el pecho con su cristal helado

no sabe de ficciones y cierne su luz gualda

contra la carne abierta de la melancolía.

 

Un desierto es un sueño.

                                     Y un sueño un laberinto.

                                                                          Y un laberinto el cielo.

Ese que yo reclamo debajo de tu sombra, para que me conduzca

al celeste desván  de tus estancias.

 

Como ciego sin rumbo voy poniendo campanillas

de ensueños a tu risa y un jazmín a tu pelo y escancio

el mejor vino entre tus muslos. Mis manos cercenadas

surcarán mientras tanto los espacios de lumbre que llevan a tus pechos.

 

Y ‘entonces’ será ‘siempre’. Y escribiré geranios de luz y enredaderas

entre la herida grana que alimentó mi sed y mi desasosiego.                          

Y te llamaré alondra

                                 y gacela

                                              y almíbar

                                                              y amormío

                                                                                y silencio.

 

Tres ángeles en paro harán turno de guardia

para que no nos falten por las noches bandejas de silencio

y ambrosía junto al tálamo ardiente de los besos.

 

   Y ASÍ llego a tu carne, como quien llega a un río

después de tres desiertos.

                                        Un cuajarón de olvido

golpea mi cerviz contra tu ausencia

y los huesos me suenan con su dance de palos.

 

Por el camino negro que ha pintado el presagio

viene un rumor caliente y amarillo de guerreros anónimos

portando un estandarte con tu nombre. Y tú apareces vívida,

saliendo lentamente de tu exilio de sombras, como una epifanía.

 

Al final no me quedan coartadas, ni memorias de luces

que alumbren mi pretérito de naufragios de arena;

pero cumple que el reo pronuncie una palabra

para lavar su honor sembrado de ignominias y dictar un deseo:

“el regreso preñado de mañanas de infancia,

cuando no te sabía, o el ritual iniciático que nos hizo ser novios

 en tardes de caricias, de octubre y logaritmos”.

 

Y, al  llegar tus sentidos, de lo que fuera páramo,

junto a la casa abierta de tu carne,

brotó un campo de miel y de magnolias

con espinas de espera guardando los suspiros.


2º Premio “Guadiana” de Ciudad Real, 2001

DECLARACIÓN DE AMOR     

                            PARA AMADA DE SIEMPRE

 POR MÁS que esta mañana tenga un color de pétalos de orquídea

y alguien me ponga un mapa para elegir a ciegas con el dedo un punto a la aventura, con los gastos pagados,

por esta vez, sin que siente por ello un precedente, me voy a traicionar para quedarme  al rebufo temprano de tu sombra.

 

 Ya ves, quién lo diría, yo, el más críptico e infiel -en pensamiento- de todos los mortales,

funcionario definitivo, esclavo del reloj y de la agenda, soñador de silencios, experto sobrevividor a caos y a cilicios,

inventor de diez islas fluviales entre el agobio gris de la oficina, hoy te vengo con ésas.

 

Las pequeñas derrotas salpican mi epidermis y mi biografía. Y así puede bien verse cómo

se van desmoronando mis castillos de arena, deshaciéndose en gotas las nubes de mis sueños, volándose

la fina arquitectura de mis naipes. Alguien puede pensar que todo esto es cosa de la edad,

 

que no estoy para muchos más trotes, que me he bebido el cupo en tanta noche en vela, y el cuerpo me pasa ahora factura.

 

Quizás haya algo de eso; pero te aseguro que aún me seducen la selva del Irati, la isla de Langosto y el desierto del Gobi,

y me da escalofríos, de tan sólo pensarlo, el vuelo de un quetzal en la floresta azul de Nicaragua.

 

 

De aventura y rutina estaba hecha mi vida.

Y tú eras sólo acaso un DNI, un Libro de Familia, habitual circunstancia cerca de mis espacios,

compartiendo la tele, el teléfono y las cuentas corrientes.

Y por más que la arena y el sol  pintaran tu epidermis de oscura miel entre julio y agosto en destinos turísticos,

mi mente estaba lejos donde un río sin nombre, donde un nombre sin río,

o en un mercado espeso de aromas superpuestos, donde el trueque secular nunca encontró problemas de devaluaciones.

Hoy, y aún no sé -¿o sí?- por qué, mi voz ha dicho basta.

Una muerte cercana, ilógica y cruel me ha dejado hecho añicos sobre el gres amarillo de la tarde.

Y me he ido a tus ojos como a un paisaje virgen hecho de negros lagos

y a tu vientre de río de imposibles orillas

y a la cumbre –nieve rosa perpetua- de tus pechos volcanes.

 

 

Hoy, a las cinco y media,

he conocido, en suma, que tenía tan cerca, sin buscar en los mapas, la más alta aventura de tu geografía, que he comprendido

que todo lo demás llamado vida era un mal sucedáneo de la muerte de cuarzo que le damos al tiempo.

Y he sentido ese tiemblo en los huesos que precede a lo ignoto, mezcla de incierto abismo y frágil esperanza -sin tigres ni pirañas- al saberme a la sombra de tu maltrecho corazón de pájaro de nieve.

 


 

Concurso de Poesía “Palomar Teresiano de Gotarrendura”                                                                                          

                                                               -Primer Premio, 2004-

 UN PALOMAR DE AMORES

 

Lema: Alba

 

                                                         “Única es mi paloma.

                                                           Mi perfecta”

 

                                                                         Cantar de los Cantares, 6 - 9

 

Mientras muere la noche, como un cuenco de sed

en la luz de Castilla, un alba de maitines

amanece en Teresa entre sueños que esbozan

otra senda dolida para abrir un Carmelo

de madera y adobe con nutridos nidales,

donde un “nada te turbe” acoja a sus palomas.

Y el espino y la aulaga y el alacrán y el sílex

-cilicio en el cilicio- serán las solerías

para unos pies que sangran su ebriedad de caminos

ahítos de querencias, de nostalgias y luces.

 

Como el yunque que suena para pulsar el temple

de aquel ser diminuto, que es junco y es acero,

el cielo castellano, hecho siempre de mar

y vellones de nata, se viste de repente

de alcázares de plomo, deshaciéndose en ríos

de acerado granizo, que intentan vanamente

apedrear la fe de una frágil paloma

que planea su fe en vastos voladeros

escrutando cimientos para palomarcicos.

 

Pero la noble juncia y la humilde alhucema,

brotando de la asfixia letal de la cizaña,

son singulares árnicas para la encarnadura.

 

Y la sombra es cauterio bajo el almez, la higuera,

la parra, el sicomoro.

                                  Y un ágape frugal

está siempre dispuesto en la alacena justa

de la fiel Providencia, que le envía un maná

de frutillas tempranas, milamores y fuentes

que nacen a la sombra del azogue y del polvo.

 

El retorno a la senda no se mide en guarismos

sino en fe y esperanza.

                                     Pleamares de mieses

con espigas de lumbre y pámpanos tiernísimos

invocando humedades flanquean la andadura

poniendo caridad al menor desaliento.

 

Y, de pronto, el solaz en mitad del camino:

el trono de una piedra con un dosel de cielos

y un vuelo de torcaces.

                                    Y Teresa se sienta

y aquel rezo de nonas con fondo de chicharras

sabe a tierna casida de un pecho enamorado.

Con el ora et labora  el erial se hace muro,

fervor y celosía y claustro y campanario

bajo la arquitectura del Amor y el Deseo.

 

De pronto, sobreviene. La oración trueca en nube,

la nube en escalera y la escalera en tálamo

de unas nupcias de mieles, de grosellas y dátiles,

con trance de un delirio subido en arreboles.

El vértigo.

                 La altura.

                                La morada.

                                                   El amado.

La amada se regala y el camino es ahora

una alfombra de pétalos.

                                       Un dulcémele pone

su música al prefacio de un argumento lleno

de mutuas posesiones que no tienen finales.

 

Teresa aún no sabe, desde esa parvulez

que dicta la inocencia, que ese desasimiento,

con los cuerpos ungidos de óleos y mostos,

es el Cielo en la tierra.

                                    La primera de siete

moradas del Altísimo, la posada de arrullos

de un palomar de amores en un lecho hecho nido,

que comulga la mística del morir sin morir

con la sabia rutina de las cosas cercanas.


 

    V CERTAMEN DE POESÍA DE LA CASA REGIONAL DE CASTILLA Y LEÓN DE PARLA

                                               (primer Premio, 2005)

 

LETANÍAS PARA UNA MADRE

Estas ahí, al pairo de las mieses,

junto a la tapia blanca de cal y de desuso,

entre la higuera agreste que no plantara nadie,

bajo la parra azul -escultura moldeada

a la medida justa del abrazo

a las gárgolas y a los desaguaderos-.

 

Estás ahí, mater amantisima,

en el rincón de sombra con canela

de un sol de atardecida,

que es asepsia y cauterio de todo lo movible,

incluido el gorrión y la chicharra.

 

En medio, estás, del brocal calcinado

al que se asoma un pozo, con barniz

de espejitos amargos y oscuro culantrillo,

que fuera abismo y miedo

de una infancia de risas y escondites

y aún sigue enamorando por las noches

la quietud de las lunas.

 

Dentro de un aire denso estás, mater amabilis,

de ese aire que socarra tus cejas tan de nieve

y deja un mosto antiguo en la sed de los labios

y apaga las retinas, de tanta luz sin filtro,

y acelera el latido de un corazón

que se sabe en las últimas.

 

Estás ahí, mientras te miro

con devoción de rezo y letanía,

componiendo ese luto que el paisaje requiere,

jugando a ser figura en primer plano

de un benjamín palencia lleno de austeridades,

que adivina la mies en gavillas uncidas

contra el  blanco horizonte

de un cielo en desmesura.

 

Estás ahí, mater admirabilis,

porque eres estación, parada y fonda

de todos los convoyes que cruzan los destinos

de esas cuentas corrientes

que nos llevaron lejos a “ganarnos la vida”,

que es como  así se llama  en la modernidad

al ir muriéndonos.

 

Y estarás siempre ahí, tan siempre madre,

en la silla de enea secular, a juego

con el adobe vivo que compone la casa,

como un eterno búcaro del que asoma

una flor enraizada en la luz de unos ojos insomnes

en continua vigilia y que tiene por riego

la esperanza, tan pasional y encinta,

de un regreso filiar franqueando la puerta

que te traiga unos besos.


 


             “XXV Certamen Poético Internacional”, 2005

Orden Literaria Francisco de Quevedo de Villanueva de los Infantes

                  (PREMIO “TEMA LIBRE”)

 

QUERENCIAS

 Yo, desde muy pequeño, quería ser Houdini.

Tenía una clara querencia al escapismo

y me atraía cualquier cosa que tuviese que ver con

“el arte de la fuga”.

Al tiempo descubrí que todo se debía

a que no me gustaban las fronteras

en las inevitables rutas del amor

o a ésas otras de idiomas y errehaches

que querían imponerme, junto a mi misma piel,

quienes tienen por único horizonte

el circunstancial centro de su ombligo.

 

Más tarde quise ser, entre otros personajes,

Quevedo y Charlie Chaplin;

pero quedé tan sólo en maestro de una escuela rural,

que no supo escapar a su destino

de fabricar metáforas con las letras vocales,

pero que nunca pudo

escribir un poema de lamentaciones

sobre “los muros de la patria mía”

ni comer dignamente un cordón de zapatos.

 

Quise asimismo -¿y por qué no,

si todos los deseos son, por naturaleza, gratuitos?-

haber nacido en Paris o en New York;

pero nací en un pueblo,

crecí en un pueblo y soy,

al decir de las gentes de la capital de provincia,

“más de pueblo que un campo de ababoles”.

Aprendí, con los viajes y los libros,

que no está nada mal el ser de pueblo,

que un nido es gozosa circunstancia

de aromas candeales

que siempre permanecen entre la pituitaria

y que la única patria que no precisa banderas

está en el corazón.

 

En resumidas cuentas:

quise ser muchos otros , ya lo veis, pero

(tal vez por cosas atribuibles al destino)

nunca llegué a ser nadie o, mejor dicho,

sólo llegué a ser yo y, sin ser mucho,

es lo que hay y a mí me basta.

 

Durante mucho tiempo

me perseguía una rara fortuna

de cornucopias de oropel con la nada en su adentro.

Era como si todo me saliese al revés,

como si las encrucijadas que tomaba

tuviesen mal dictados los carteles.

Pero las ilusiones, mientras duraron,

fueron francamente hermosas

y aún hoy constituyen

parte fundamental de mis querencias.

 

Bajando de las nubes

y de los vulnerables castillitos de naipes

que todos construimos cuando jóvenes,

me acostumbré al fracaso,

me alimenté de las derrotas

e inicié una nueva vida,

con unos nuevos mitos,

más acordes, sin duda, con mis merecimientos.

 

Fue así como cambié

el póster de Marilyn de la cabecera de mi cama,

por el de la Gioconda con bigotes,

me hice socio del centenario Atlético

cuando bajó a segunda

y me dediqué a criar gallinas castellanas

en régimen ecológico. Un buen día,

encontré a una  mujer,

o tal vez me encontró ella,

y nos enamoramos

y tuvimos dos hijas.

Vivimos en un pueblo pequeño

que huele a cierzo, a luz, a casida y albahaca

y, poco a poco, se me han ido apagando

aquellos fuegos de lo que quise ser y nunca fui.

 

Me queda, eso sí, por dentro de la piel y la ceniza, 

un mínimo rescoldo de ilusión y carrasca

de cuando mis querencias.

Y es por lo que, en medio de la vida y sus agendas,

sin renunciar a ser

ese dudoso yo que ya del todo acepto,

en mis momentos de ocio,

cuando nadie me ve,

aún pongo todo mi empeño en comer

con elegancia un plato de espaguetis,

juego con las palabras intentando metáforas,

y ando siempre buscando

islas adonde huir de tantos muros de la patria mía.

 


                     

XV Premio de Poesía “Fray Luis de León”

-Primer Premio, 2005-

 

MADRIGAL PARA AMADA DORMIDA

 

                                                                  Te miro con pasión. Como quien bebe

el agua en un desierto. Con la usura

de quien a tu hermosura

a gastar con los ojos no se atreve

y teme que el más leve

ruido te descomponga la figura.

 

Con mi tacto te miro. Y tu relieve

se hará pronto en mis manos escultura

para encerrar en mística clausura

tu sueño - barro y nieve -.

 

Te miro con fervor. Y la lectura

de tu cuerpo me mueve

a hacerle un madrigal a tu cintura

donde el verso me lleve

a compartir tu sueño y su aventura.

 

¡Sigue dormida, amor! que me conmueve

ver que el agua tan pura

de tu visión me llueve.

Y mi herida de amor sólo se cura

si el hilo de tu sueño la sutura.