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Algunos artículos publicados de Pepe Alfaro en prensa

Algunos artículos suyos publicados en prensa


LA MEMORIA

Primero fue aquel inocente a, e, i, o, u, más sabe el burro que tú. Llegaron luego las monocordes tablas de multiplicar desgañitadas a coro. A continuación los reyes godos con el aguerrido Ataúlfo a la cabeza. Más tarde la insufrible lista de metales y no metales, valencias incluidas. Después...

La memoria fue acomodándose entre los anaqueles del cerebro, parcelando sucesos, letanías, efemérides, poemas. Cuando la sesuda masa dejó de crecer y las neuronas iniciaron su lento declive, las desvencijadas estanterías empezaron a llenarse del vacío del olvido. Olvido, a veces, definitivo, a veces rescatado por un inesperado encuentro, el retorno a un lugar anclado en el pretérito, o la magia sepia de una fotografía de contornos ondulados.

La falta de memoria la venimos supliendo con objetos. Ellos nos van amojonando el tiempo y el recuerdo. El cristal de Murano de aquel viaje de estudios, el plato de Manises de cuando aquel trabajo, bandejitas de alpaca y detalles cerámicos de tantas comuniones, bautizos, o rutilantes bodas de metales muy nobles. Y al quitarles el polvo revivimos el tiempo con la nostalgia encinta muy dentro de los ojos.

Pero el progreso avanza inexorablemente. A la quietud de los álbumes de fotografías le ha sucedido la ilusión cinética del magnetoscopio. Ahora el progreso da una vuelta más de tuerca y nos amenaza con la realidad virtual. Cuando salgamos a la calle no sabremos si ése que nos saluda es nuestro amigo Jesús, el abogado, o una réplica virtual del mismo. Y, al tenderle la mano para saludarle después de otro verano sin ozono, estrecharemos el aire de septiembre.

Maldito progreso. Para eso ya existían los fantasmas, con su rutilante sábana, el sincrónico reptar de sus eslabones, su ulular de escalofrío y el rancio efluvio de su ectoplasma, todo ello llevado con notable dignidad.

Y, tal como se presenta el XXI, me temo que la cosa no quede ahí. Cualquier día, al levantarnos, nos encontraremos con que ni siquiera nosotros somos nosotros mismos. Un yo virtual nos habrá suplantado. Cuando esto suceda, si estamos preparados para tal evento postfuturista, habrá llegado el momento de tomar una imaginativa determinación: nada como mandar a currar a este clónico impertinente, mientras, con lo que nos queda de memoria, hacemos mutis por el foro de esta alienante sociedad.


    EL PUPITRE

Aún puedo recordarlo: era un pupitre biplaza, de supuesta madera bajo el tacto seboso, herido de grafitis indelebles y cicatrices de navajas furtivas, con agujero en medio para el tintero de pálida cerámica, del que manaba una sangre azulona de polvos agitados, donde el tajo de cigüeña bebía a cortos sorbos palabras y dibujos prohibidos, fingiendo la grafía para no ser descubiertos, mientras memorizábamos el Catecismo de Astete.

Pero el ritmo que impone esta incivilización, que cercena el instinto, lo trocó en amorfas mesitas de hierro tubular e indefinido aglomerado con chapa de formica, ¡eso sí, individuales, como la vida misma!. Se supone que para forjar personas solitarias y competitivas, listas para ese triunfo que da en poseer una saneada cuenta corriente y "look" de anuncio, y con el estómago a punto para degustar los habituales guisos de malversaciones, sobornos, nepotismos y otros postres que la sociedad cocina e idolatra.

Aquel pupitre tenía algo más que un cuerpo herido de maderas ensambladas y chirriantes bisagras. Lo supe con el tiempo, y su recuerdo me trae algunos compañeros que compartí en la brevedad añorada de su espacio, Goldáraz, San Vicente, Guilera... y tantos otros, que llevaron caminos diferentes en la vida, pero que, en aquella encrucijada que nos unió a todos "los del curso", al hablar de nuestras suertes, nos dimos cuenta de que estábamos hechos de la misma madera.

Me da pena esta infancia, sentadita en su neomoderna mesita individual que, al paso de los años, en la nostalgia fiel de la memoria, no tendrá la mágica ilusión de un compañero de pupitre que llevarse al paladar agridulce del recuerdo.

ELOGIO DE LOS LUNES

Nada hay más hermoso que un lunes: el despertador sonando a tempranas horas rescatándonos de la diaria muerte de Morfeo, el trabajo esperándonos con los brazos abiertos entre el gesto adusto del jefe, la envidia cochina de las compañeras de trabajo de menor escala y el pase de desprecio de las de la superior. Pero, con todo, los lunes siguen siendo hermosos, aunque sobre ellos se halla ensañado la literatura más cutre y una buena parte de la prensa amarilla limón. Si consiguiésemos desnudarnos de todos los prejuicios, podríamos ver que los lunes son toda una explosión sensorial: huelen a mirto y a esperanza verde, y tienen un sabor entre aventura y fresón de Huelva; su tacto es de terciopelo en la mejilla y, cuando se contemplan en la distancia, despiertan oleadas de ternura como de pan candeal; por no hablar de su música, mitad silencio, mitad oboe lejano perdiéndose en reverberaciones por un horizonte sin límites. Los lunes, además, poseen esa mística eternidad prolongada en los martes (que son como un lunes con anestesia), todavía lejos de la contaminación gregaria del fin de semana. Gozar del lento esplendor de los lunes constituye una de las formas más inteligentes de vivir, mientras que desear que pasen, además de producir tumoraciones y fiebres tropicales, es como desear la muerte.

A pesar de todo seguimos teniéndolos como algo negativo. Cuando una se ha pasado un fin de semana insalubre, castigando su píloro con excesos culinarios, saturando el higadillo con cosa etílica, y sobando la lumbar ensabanada más de lo conveniente, todo lo que se le ocurre decir al siguiente día es aquello de "¡tengo un lunes...!", estando el tono exclamativo y la prolongación de los puntos suspensivos en el aire de modo directamente proporcional a la magnitud del descontrol, y cargando todas las culpas en ese tan callado como inocente día de la semana.

Todo esto nos indica que, en esta vida-sueño donde tan difícil resulta discernir la realidad de la ficción, los lunes son vividos más intensamente que el resto de los días y por lo tanto son más largos en el tiempo, aunque la frialdad de los cronómetros nos hable de empate técnico con los demás días; pero una cosa está clara, gracias a esos maravillosos lunes somos conscientes de la realidad y de nuestra condición de mortales.

Porque los lunes existen. El fin de semana, por muchas vueltas que le demos, sólo ha sido un sueño.

¡GOL!

Llámase gol al resultado de introducir un objeto esférico dentro del rectángulo que conforman tres férreos cilindros blancos y un trozo de césped.

La casuística del gol a través de la Historia ha dado toda una pormenorizada clasificación de los goles. Y así hemos podido ver minicrónicas televisivas dedicadas a los "autogoles", a los "goles tontos", a los "goles fantasmas", o a los "mejores goles", por citar algunas.

El gol más deseado por la subespecie humana denominada "hinchahastalamédula", es aquel con que se apuntilla, doblega, humilla o ejecuta al eterno rival, sobre todo si es "de penalti injusto y en el último minuto".

Pero también está el gol como obra de arte. Aquél que va precedido de un baile de tiralíneas, quiebros imposibles, acrobacias circenses o cualquiera otra forma de creatividad. Y si el gol se consigue en una Copa Intercontinental, cuando quedan escasos segundos para que 22 esforzados guerreros en ropas menores dejen de perseguir y propinar golpes a un sufrido balón, las crónicas retomarán el carácter épico de otros tiempos, para explicarlo más o menos así: Raúl recibió un balón enviado desde el cielo por un ángel negro holandés con tirabuzones, lo amaestró con la punta del pie, rompió las leyes físicas de la inercia enviando al córner a dos locomotoras brasileñas que pusieron un ¡ay! en su tobillos, y alojó en la red al sorprendido "pellejo de aire", ante la inútil zambullida verde del cancerbero.

Al día siguiente, hasta la Profesora de Religión, con la insignia del Real Madrid junto al escapulario, lo contará con una pasión rayana en lo miraculoso.

La mitología se encargará de recordarnos que la realidad sigue siendo una mala copia de la ficción, pues así como la diosa Cibeles resucitó a Atis para llevárselo en su carro tirado por leones, Raúl, al regreso de la batalla librada en tierras niponas, subirá al madrileño carro de la diosa protectora de su equipo, mientras los enfervorizados seguidores celebrarán la resurrección de su mito.

REALIDAD Y FICCIÓN

Hace poco lo despidieron. Aquel tipo trabajaba (es un decir) en un renombrado periódico neoyorkino. Deliberadamente omito el nombre del tipo en cuestión y el de la prensa, porque lo que importa es el hecho y no las circunstancias. Llevaba una carrera ascendente y meteórica, tal como si portase un gen que le empujara a estar en permanente escalada. Tras su sombra viajaba un reguero de interjecciones y un acopio de retratos de Lincoln desbordaba sus mil cuentas corrientes. Fueron suyos todos los grandes premios nacidos al rebufo de la mejor noticia. Nadie sabía cómo se lo montaba para estar siempre allí: en aquel barrio fétido donde habita un submundo, en la selva no hollada descubriendo otras vidas, en el corazón mismo del hampa más infame, en todas las bajas pasiones que convierten a los seres anónimos en carne omnipresente de las primeras planas.

Un buen día se supo: aquel personaje sagrado se inventaba la noticia y los protagonistas. Su despido inmediato provocó una caída de las más altas cumbres del asombro al abismo abisal del desprecio y la burla. El "incansable" reportero nunca se había movido de su espacioso apartamento de Manhattan.

Me parece tan estúpida su caída al infierno del descrédito como lo fue su ascensión al cielo de los dólares. Pero los humanos tenemos la estupidez por bandera y la izamos o arriamos al compás compasillo de nuestras veleidades. Nunca me cayó bien aquel sujeto. Hoy sin embargo lo admiro. ¿A quién le importa si lo que ocurre es realidad o ficción? ¿Qué diferencia hay entre un reality-show y una película de Tarantino?. Lo decía Robert Trebor: "la ficción sólo es la antesala de la realidad". Aquel individuo no dejaba de ser, en el fondo, más que un profeta. Un visionario. Y sus noticias habían ocurrido o estaban a punto de ocurrir, que es lo mismo. Porque la Historia nos dice que todas las ficciones, tarde o temprano se hacen realidad. Ya sucedió con Verne. O más recientemente con Borges: se inventó la realidad de El libro de arena y hoy ya tenemos su correspondiente ficción en el libro eléctrónico.

En todos los órdenes de la vida ocurre lo mismo. Por eso, cuando no nos gusta la ficción que vivimos, nos creamos nuestra propia realidad. Y amén.

PAYASOS

Si a alguna profesión se le puede dar el calificativo de sublime, ésta es la de payaso. Dice de ella el diccionario : "artista de circo que hace de gracioso, con trajes, ademanes, dichos y gestos apropiados". Y como adjetivo, añade, "dícese de la persona de poca seriedad propensa a hacer reir con sus dichos y hechos".

En ambas acepciones "que hace de gracioso" o "propensa a hacer reir", se encuentra la panacea, la piedra filosofal, el vellocino de oro, la tierra prometida, la camisa del hombre feliz, para poder alcanzar, en parte al menos, esa tan buscada finalidad de la felicidad humana.

Lo de "persona de poca seriedad", tiene un tufillo a negativo que no me gusta. Los sinónimos de serio que el ínclito diccionario aporta son "formal, tieso, desabrido, adusto, grave, importante, urgente". Ante tamaños exabruptos, prefiero rotundamente las personas de "poca seriedad". Sí, esas que son capaces de dibujar en el rostro de los demás, desde la sonrisa amable a la carcajada estentórea, sobre todo en situaciones "serias". Personas como mi amigo Victoriano, capaz de hacer reír a los conspicuos europeos y americanos en un químico congreso sobre polímeros, en el mismo corazón de Londres. O como ese otro amigo, Juan Guilera, que por los años sesenta allá en el Monasterio de Irache, y durante la celebración de un "Oficio de Tinieblas", nos contagió a todos con su risa, de cuyo origen ni él mismo sabía, ni sabe, el porqué.

Este oficio de payaso tiene la singularidad de que la gente nunca sabe si la cosa va de veras o de bromas, lo que resulta saludable y desestresante en extremo. En fin que creo que si tuviésemos un poco más de sentido del humor y un poco menos del ridículo, la noble tarea de "hacer reír", no se circunscribiría sólo a esos envidiados "artistas de circo" y nos lo iríamos adjetivando todos para mayor felicidad en este valle de lágrimas.
        Quede la seriedad para quien tenga vocación de trascender convertido en estatua depositaria de excrementos columbinos. Mientras tanto, yo prefiero, si hay que morirse, que sea de risa.

LA TECLA

Un aprendiz de tiburón de las finanzas londinenses ha provocado la pérdida de 2.300 millones e pesetas a un banco alemán, por pulsar una tecla equivocada de su ordenador.

Tamaño desaguisado ha conmocionado los cimientos más sólidos de la mesoeconomía europea, y el avispado y oportunista editor Klaus Akkermann, experto en la producción de bestseller-exprés, puso a trabajar a toda una legión de negros para, en menos de cuarenta y ocho horas, colocar en todas las librerías teutonas el libro que, ya se sabe, va a ser uno de los más vendidos del año en la Federación germana, cuyo título reza, simple y llanamente, La Tecla. El libro en cuestión consta de tres capítulos, a saber:

1.- Clases de teclas
2.- Del poder de las teclas.
3.- De la accesibilidad a las teclas.

En resumen, viene a decir que la humanidad ha dejado su destino en manos de un instrumento tan sencillo como es la tecla, para cuya pulsación no hacen falta precisamente arduos estudios.
Y es que todos los problemas humanos son susceptibles de plantearse en un teclado; pero cuando se pulsa la tecla ejecutoria de órdenes, se pueden desencadenar consecuencias imprevisibles, si no se acierta con la adecuada.
Con las teclas se empieza jugando al TETRIX, al MARIO, a matar marcianitos, a destruir la aviación supuestamente enemiga, o a repartir tortas a lo Jean Claude Van Damme. Lo malo es que se termina pasando, sin solución de continuidad, del juego simulado en una pantalla virtual, al juego, tan real como la vida misma, en un paisaje "fieramente humano".

La inocente tecla, en resumidas cuentas, ha venido a sustituir a la otrora amenazadora espada de Damocles que, con cruenta vocación, pendía del hilo del destino sobre nuestro humillado occipucio.

Una tecla ha provocado un descalabro económico y es más que probable que el tal aprendiz de tiburón pase a los anales financieros como ejemplo de arenque ahumado; pero esto sólo es el comienzo del fin, la antesala del cumplimiento de la Gran Profecía. Cualquier día de estos, sin ir más lejos, al higadillo de Yeltsin le dará un torzón vodkiano y pulsará por error (vaya usted a saber) la tecla roja que, junto a un par de botellas de la bebida nacional rusa, lleva siempre consigo en un maletín. Y, cuando el órgano cirrótico del camarada Boris salte por los aires, saltaremos por la estratosfera, hechos picadillo atómico, los restantes camaradas mortales.
Este holocausto nuclear supondrá el adiós definitivo a la dictadura de las teclas.
Una pena, con lo bien que suenan las del piano.

CURRO

Se va. Y no precisamente a hacerse el encontradizo entre los jabeques del Caribe. Curro se va de los ruedos al filo de los sesenta y siete, a esa edad tercera en la que la mayoría de los mortales de este valle de lágrimas se ha jubilado de los ruedos laborales, huyendo de los gañafones del toro zaino del trabajo. Y todo el universo taurino, curristas, anticurristas y no saben/no contestan, se ha quedado un poco huérfano de las medias verónicas de cartel, de las "espantás" porque sí, del capote de "güerta asule" dibujando olés sobre la arena, de las almohadilladas broncas y de los éxtasis en décimas moradas, mientras los ojos pestañeaban como un colibrí de purita incredulidad ante lo nunca visto.

Cuando la noticia se haga carne de ausencia, cohortes de señoronas defensoras a ultranza del maestro de Camas, "con lo bien que viste, y aún querrán que toree", dispuestas con sus mejores galas y afeites, llorarán su viudez de contrabarrera, con luto de alamares en azabache y oro, y traerán un río de claveles para hacer navegable tanta excelsa memoria.

En la próxima Feria de Abril, las lágrimas de desconsuelo aumentarán el cauce del Guadalquivir, mientras la Puerta del Príncipe rechinará sus goznes, dolida de recuerdos, como una plañidera, porque ningún Domingo de Resurrección será ya lo que ha sido ni sobre el alvero desamparado ni en los vegetales frisos de la Maestranza en traje de novia.

Se va sin alharacas, con un pase de desprecio a un derrote de despachos, por la puerta grande de la mitología, dejando con un palmo de narices a los soñadores de lo infinito, que siempre pensaron que tenía un pacto secreto con la eternidad.

Se va Curro Romero, una bella aliteración en erre, el torero, la quintaesencia del arte de Cúchares, un trozo del Cossío, la memoria nazarena hecha nostalgia de una ramita de romero.

FORÚNCULOS

A nuestra piel humana, delicada de tanta domesticación, le sale de vez en cuando un forúnculo. Un forúnculo, furúnculo, o divieso, es, según el diccionario de la RAE, "un tumor inflamatorio, pequeño, puntiagudo y doloroso, que se forma en el espesor de la dermis y termina por supuración seguida del desprendimiento llamado clavo" . Forúnculo es palabra solemne, cuya esdrujulidad le quita hierro a esa terminación final, que los tabús sexuales han multiplicado en cantidad de sinónimos, y que, como cuenta Ángel Palomino en su divertido relato "Non plus ultra", pueden ser cursis como pompis, preciosos como tafanario y antifonario, , divertidos como rulé, bullate, culamen y bullarengue, vulgares como popa, cofa y culata, sensuales como nalgatorio y burlones como as de oros. En los años 60, la casta sociedad hispana acuñó el ridículo eufemismo donde la espalda pierde su honesto nombre. Y es que, en definitiva, decir culo estaba mal visto.

Pero a lo que íbamos. Quien haya sufrido alguna vez la comezón extrema de un forúnculo, sobre todo si le ha salido en "salva sea la parte", sabrá de la incomodidad, por no hablar del dolor, insomnio y malestar general que provoca.

Como la vida es pura metáfora, para forúnculos, forúnculos, los que tienen DNI. Por eso, si te sale un forúnculo humano, o sea un individuo de nuestra especie, que se te mete en el espesor de la dermis de tu vida, incordiándote de tal forma que te quita el sosiego, el sueño y la paz a todas horas, como si se tratase de una mosca de ésas cuyo adjetivo me callo, date por perdido y acude a un psicólogo para intentar sobrevivir, ya que semejantes forúnculos no pueden medrar sino es a costa de estar clavados en el prójimo, chupando su sangre, su paz y lo que haga falta.

Porque malos son los forúnculos físicos; pero Dios nos libre de esos otros, pues hasta que no se desprende su clavo, parece como si te hubiesen clavado en el cerebro toda una ferretería.

MAESTROS

Es una de las palabras más bellas de nuestro idioma, tanto por su dicción como por su contenido. Decir grandes maestros, en cualquiera de las artes o de las ciencias, es decirlo todo. Pero cuando se trata de "maestros de escuela", la sociedad rebaja la calidad de la palabra, porque en esta vida "tanto cobras, tanto vales". Da igual. Para mí, como para tantos otros, mis grandes maestros han sido mis maestros de escuela. Todo lo que llegué a aprender en los años más importantes de mi formación se lo debo a ellos. Casi todo lo que aprendí después fue el resultado de la motivación y autoestima que me inculcaron, y de mis codos.

Otros habrán tenido más suerte, pero en la universidad, entre tanto "ilustrísimo doctor" que me tocó en suerte, sólo encontré una persona preocupada por el alumno, con accesibilidad y con rigor pedagógico. Y es que lo que en los maestros es norma, en los estamentos más altos se trueca en excepción. Queden para ellos esos eufemismos con tufillo mercenario de "enseñantes", "profesionales de la enseñanza" y demás.

Así que a mis maestros de escuela los recuerdo con cariño. Y con agradecimiento. Quien haya tenido buenos maestros los reconocerá en sí mismo. Como si los hubiésemos desmembrado y nos hubiésemos llevado algo de ellos, al estilo de lo que le ocurre a la protagonista de ese bello cuento "Madre para armar", de Inés Fernández Moreno. Yo me llevé la boca, siempre dispuesta a la recitación, de Don Mariano; las manos caligráficas del Padre Julián; el corazón imposible del Padre Unanua; los ojos líquidos del Padre Valentín leyendo a Berceo; las leves alas de gorrión del Padre Echarri para sobrevolar las Matemáticas...y aunque sé que nunca llegaré a sus alturas, son una buena referencia para emular su alto magisterio.

Ahora que uno puede contemplar, desde dentro y desde fuera, con cierta perspectiva, todo el universo educativo, mi respeto, admiración y cariño hacia mis maestros ha ido en aumento. Y es que los maestros, además de instruirnos en TODAS las disciplinas, nos educan formándonos como personas.

Como la sociedad está llena de contradicciones, levanta monumentos al maestro para compensar que son los peor pagados del sistema educativo.