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Omar Amadeo Ramos  < Sangre en las botas>

Omar Amadeo Ramos

Novela:    Sangre en las botas


EL SERVICIO MILITAR OBLIGATORIO EN UN CUARTEL DE CAMPO DE MAYO – PROVINCIA DE BUENOS AIRES
( MAYO DE 1979)

No debemos olvidar que nuestros enemigos, aunque derrotados, están presentes
y se manifiestan de diversas formas. Contra ellos debemos estar prevenidos... El Proceso de Reorganización Nacional aún no ha concluido la misión que reclama la Patria... (Mensaje del ministro de Trabajo general Llamil Reston, en ocasión del día del Trabajo, 1 de mayo de 1979)


Van a parir como madres, acá van a aprender lo que es el sufrimiento!. El cabo Paredes, La Iguana, gritaba y se relamía los labios. Arrastrarse, salto de rana, arrastrarse, salto de rana, buscar petróleo, aplaudir los cardos!. Con una vara y a puntapiés el cabo hostigaba a los soldados. Disparar a los chilenos por la retaguardia, terminar con ellos, apuntar del cuello para arriba, el hombre herido es más peligroso que el sano! Dragoneante, anote los que están sin energía, castigados, sin franco. No salen, se quedan vestidos de verde, casco y FAL en mano!


El sol sofocaba los soldados en un Campo de Mayo lleno de yuyos, cardos y pastos crecidos. La Iguana Paredes, morocho de cara aindiada, petiso y fornido, ordenó carrera march para ir a la cuadra. Luego de arrastrarse entre los yuyos, embarrados por los charcos y picados por los mosquitos, los soldados corrieron a tomar agua en los piletones como si tratara de un oasis. Después de tres horas de ejercicios de combate llegaron a la cuadra y fueron a las duchas. Un chorrito de agua helada lo salpicó al soldado Marcelo Robles, apretujado entre los compañeros que eran un tropel en celo tratando de tocarse el pene y el traste. Gritaban, mientras el cabo ordenaba un minuto para secarse, vestirse y pararse justo al borde de las rayas amarillas que surcaban de punta a punta la cuadra donde estaban las literas.
 

Tomar los elementos del aseo, a los cofres, al pie de la cama, a los cofres, a los baños! Quien no tiene lo elemento completo: brocha, hojita de afeitar, cepillo de diente, pasta de lo diente, queda sin franco para hacer limpieza en la Batería.
 

Como pudo, a medio afeitar y secar, Marcelo Robles se puso la camisa y el pantalón de fajina. Trató de pasar los cordones por los ojales de los borceguíes pero se salteó varios y con el cinturón colgando se paró sobre las rayas amarillas. Junto a él se cuadró el soldado Roberto Ugarte destinado a la Sección Inteligencia del cuartel. Días atrás habían cruzado algunas palabras que a Marcelo le parecieron sospechosas. Marcelo Robles cursaba cuarto año de psicología. Era delgado, de mediana estatura, cutis muy blanco, los ojos grises y el cabello castaño.
 

Desde que Marcelo Robles había entrado en la Escuela de Armas desconfiaba hasta de su sombra. Le habían comentado que los militares consideraban psicobolches a los estudiantes de psicología. Sabía que si lo consideraban un subversivo estaría en peligro. Muchos compañeros de la facultad le habían dicho que se cuidara, que los milicos tenían alcahuetes, que tuviera ojo con los soldados grandes que pidieron prórroga. Podían ser oficiales a la pesca de información.
 

A pedido del principal, La Pantera Rodríguez, encargado de la Batería Comando y Servicio, La Iguana ordenó que la tropa formara en el patio central. Una plazoleta con diagonales, rodeada de jardines, en cuyo centro se elevaba el mástil con la bandera desteñida y a los costados dos viejos cañones. Al minuto de estar en posición de firmes, aparecieron dos cabos y un soldado con la cabeza rapada. El principal Rodríguez parecía una pantera vestida de verde. Alto, huesudo, con la nariz en punta, se erguía agitando las manos.
 

Este hijo de remil putas que ven acá es un desertor! gritó, mostrando al soldado con la cabeza rapada. Se fue de franco el sábado pasado y no apareció más. La muy turra se quedó con una mina de un cabaret de Villa de Mayo. Sí, como lo escucharon. Se conchabó con una puta y cambió la patria por una negra de mierda. A ver, desertor López, arrastrarse, arrastrarse como la mierda que es, lamer las botas con la lengua! Ahora la suela de mi borceguí!
 

El desertor lloraba y le suplicaba al principal que lo perdonase. La Pantera Rodríguez, inconmovible, se dirigió a la tropa que lo miraba con un miedo denso.
Para que les sirva de ejemplo ordeno un calabozo de campaña gritó La Pantera. La Iguana Paredes y otro suboficial arrastraron al desertor al medio del campo, entre empujones y patadas. Lo tiraron al piso, y le ataron las manos y los pies a cuatro estacas. El desertor quedó hasta la medianoche estaqueado en medio de los yuyos, el torso desnudo, picado por los mosquitos. A esa hora la guardia lo llevó al calabozo.
Cuando Marcelo Robles cerró los ojos en el catre de la cuadra, pensó en el castigo que le esperaba al desertor. Había escuchado que a los desertores los condenaban a cumplir dos años más de servicio militar. A la una de la mañana, La Iguana Paredes los despertó a los gritos para hacer movimientos vivos.
 

Arriba la Batería, al pie de la cama, salto de rana, flexiones de brazos uno, flexiones dos, hasta llegar a doscientas!
Apenas se levantó de la cama lo empujaron al piso. Después de veinte ejercicios se quedó boca abajo y sólo flexionaba los brazos cuando el cabo miraba hacia su sector. En cambio, Roberto Ugarte, alto, morocho, de rasgos duros, tenía más fuerza y cumplía con las flexiones, acordándose Silvia, su novia. Tenía ganas de verla, besarla y hacerle el amor. Esperaba el franco con ansiedad.
Exhaustos, la mayoría de los soldados escuchó que el cabo gritó:
Doscientas.
 

Se quedaron en el piso sudorosos y rendidos hasta que un nuevo gritó les ordenó acostarse en los catres. Marcelo apoyó la cabeza en la almohada y se durmió profundamente.
A las seis en punto un silbato seguido de los gritos de La Iguana Paredes ordenó un minuto para vestirse y formar al pie de la cama. A un mes de la incorporación los soldados le habían puesto apodos a la mayoría de los militares. Contra Roberto y Marcelo, La Iguana destilaba un veneno especial por ser universitarios. Se acercó a Marcelo y le dijo:
 

Lo voy a hacer parir. Usted habla en difícil, qué se cree. Se hace el pijudo y se quiere conchabar con los oficiales? Así que pidió permiso para ir a la facultad? Marcelo le dijo que había hablado con el capitán Blanco, jefe de la Batería Comando y Servicio.
Acá el que da las órdenes es el cabo, a todos los demás me los paso por el forro de las pelotas. Me entendió?, Robles. Vaya a limpiar el baño, carajo! Si en diez minutos no desaparecen esos soretes en punta, se los hago comer.
Marcelo tuvo que agarrar el balde, la lavandina y una escoba. Lo asqueaba el olor, el zumbido de las moscas y la burla de los compañeros.
 

Roberto tuvo el mismo destino y se topó con Marcelo en medio de la lavandina, el jabón y los desperdicios. Cuando terminaron, tuvieron unos minutos para conversar mientras el cabo controlaba las flexiones de la tropa. Roberto le contó que el mayor Basualdo, jefe de la Sección Inteligencia, era un tipo bastante piola.
Me trata bien aunque me hace escribir a máquina toda la tarde. Cuando me quedo solo voy a la cantina y hago huevo. Después me acovacho en la sección hasta la hora de rancho. Te voy a contar algo: En la oficina de atrás hay banderas y estandartes de Los Montoneros y del ERP que el mayor me dijo que eran trofeos de guerra. Algunos los trajeron del monte tucumano, otros de las facultades y el más grande, el de la estrella roja con cinco puntas, es del cuartel de Viejobueno, en Monto Chingolo. Te acordás de ese quilombo? Murieron más de doscientos guerrillerosdijo Roberto y agregó, dudando: Qué sé yo. Así cuentan. Andá a saber qué es verdad y qué es mentira. Yo lo sé por los diarios. Me acuerdo de las fotos con las hileras de muertos. A lo mejor te interesa ver las banderas.
 

Cómo son? preguntó Marcelo.
La del Ejército Revolucionario del Pueblo es parecida a la del Ejército de los Andes explicó Roberto. Está dividida en dos partes iguales: blanca a la izquierda, azul celeste a la derecha. En el centro, en lugar del escudo lleva una estrella roja de cinco puntas. Vení una tarde a Inteligencia con cualquier pretexto. Basualdo viene poco y nada.
 

A Marcelo le pareció extraño que un mayor mostrara banderas de subversivos, pero creyó prudente no preguntar ni hacer ningún comentario. Giró la cabeza.
No sé dijo Marcelo eludiendo una respuesta concreta. Vamos, nos está llamando La Iguana. ¿Con qué nos joderá ahora?