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Omar Amadeo Ramos  < Novela Sangre en las botas>

Omar Amadeo Ramos

Novela:    Sangre en las botas


    RECUERDOS DEL INFIERNO EN MONTE CHINGOLO

“Más de 70 subversivos atacaron el Batallón de Arsenales 601, Coronel Domingo Viejobueno, en Monte Chingolo, con la intención de robar el armamento. Luego de duros combates el ataque fue repelido por las fuerzas de seguridad. Los subversivos colocaron bombas en los puentes Nicolás Avellaneda, Bosch, Victorino de la Plaza, Noria, todos sobre el Riachuelo. En toda la zona intervinieron alrededor de 300 extremistas. Aviones y helicópteros del ejército actuaron en la represión....” ( “La Nación”, 24 de diciembre de l975).
“Personal del cementerio de Avellaneda asistió a la llegada de cuatro camiones volcadores, severamente custodiados, y aseguran que por lo menos hay 150 cadáveres”.
( “La Razón, 26 de diciembre de 1975).
“En el múltiple operativo de los subversivos también perdieron la vida 4 militares y 2 policías” ( “La Nación”, 24 de diciembre de 1975).
“Un grupo de personas que se hallaban frente al cementerio de Avellaneda, informó a La Razón que las gestiones para retirar los cadáveres habían fracasado. Se trata de personas habitantes de la Villa de Emergencia ( Santa María) que murieron sin haber intervenido en la acción, por obra de tiroteos que se prolongaron durante toda la noche del martes...” ( “La Razón”, 26 de Diciembre de 1979).


A la mañana siguiente, Marcelo se encontró con la novedad de que debía ir al despacho de La Pantera Rodríguez a reemplazar a un soldado que estaba enfermo. Por un día se salvaba de estar en la Sección Justicia con el sargento Pereyra. Lo primero que hizo en la oficina de La Pantera fue calentar el agua para el mate en un calentador a garrafa. Detrás del escritorio, colgado de la pared, vio un almanaque enorme de la modelo Graciela Alfano, con una biquini negra, junto al escudo de Armas de la Escuela de Guerra. Más arriba se estampaba el banderín de Boca Juniors y un pergamino otorgado al principal por sus compañeros de camada. Sobre el escritorio un jarrón con burdos dibujos de dragones chinos, un rosario de plástico blanco, dos cruces de metal, tres teléfonos y cuatro macetitas con flores. En las paredes laterales colgaban los trofeos de caza mayor: dos cabezas de ciervo con ojos vidriosos y cuernos lustrados. Molesto por un dolor en la espalda, La Pantera impartía órdenes por teléfono. Marcelo le cebaba mientras el dragoneante Bello le lustraba las botas, el furriel Ortivás tipeaba el parte del día y Fernández oficiaba de bufón contando chistes.


Detrás de la puerta del despacho, se escuchó la voz grave y firme del sargento Gallo:
_ ¡Parte para el principal Rodríguez!
_ ¡A ver, dragoneante, qué mierda quiere ese milico!
El sargento abrió la puerta y se cuadró delante del superior.
_ Mi principal -dijo nervioso-. Solicito autorización para retirarme de franco por razones personales.
_ ¡Te vas a conchabar con una mina, hijo de remil putas! A ver, Ortivás, esta noche me pone de guardia al sargento Gallo. ¡No sale, te jodí por boluda, por querer pasarme! ¡Acá el único que puede joder soy yo! ¡Dragoneanteee, rápido me llamás al soldado enfermero, al grandote, ese barrigón y medio conchuda! No vayan a creer que lo voy a montar, quiero que me pase una barrita de azufre por la espalda.
Al rato La Pantera Rodríguez se fue en el auto del soldado Arrigós que oficiaba de chofer. Tenía más de veinte años y decía que estudiaba idiomas. De entrada La Pantera lo había elegido como asistente y le dio un uniforme nuevo que mantenía pulcrísimo. Arrigós hablaba lo indispensable con el resto de los soldados y guardaba una prudente distancia con sus superiores. Era distinguido, de cutis blanco y cabellos rubios. Jamás lo ponían de guardia.


Marcelo pasó la tarde en el despacho de La Pantera Rodríguez, ordenó papeles y estuvo tentado de ir con algún pretexto a lo de Roberto Ugarte, pero su intuición le decía que no era conveniente. Además de prevenirle que se cuidara de los alcahuetes, otros compañeros de facultad le habían contado de los dobles agentes que vendían información podrida para atrapar a los ingenuos. Se decía que eran montoneros. A cambio de perdonarles la vida se hacían espías de los militares.


―¿Militás en algún partido político?— le había preguntado Roberto Ugarte. Esas fueron las palabras que a Marcelo le resultaron sospechosas. Marcelo le dijo que no y le habló de la mala comida del cuartel. Tuvo miedo de que Roberto fuera un espía. Ahora se sumaba la invitación a ver los trofeos de guerra. “Este lugar me pone muy paranoico, tengo que tranquilizarme”, se dijo Marcelo.
Esa noche le tocó guardia. A las ocho, cuando fue a buscar el armamento, escuchó el ruido de los FAL que tronaban en el polígono de tiro. Las granadas de mano formaban pirámides en la sala de armas y el aire estaba cargado de humo y pólvora. Se apostó en el puesto cinco que daba hacia la ruta que bordeaba la Escuela de Armas. Resignado pasó las dos horas, tratando de no dormirse. A media noche, el sargento Gallo lo llamó para que le preparara unos mates en la oficina de la guardia.
Chango, me caés bien, venite, me gusta charlar con los estudiantes.
Después de un rato cambiaron el mate por una botella de vino que los suboficiales escondían tras los armarios.
Che, chango, vos que estudiás no sé qué carajo dijo Gallo con angustia. Marcelo notó una mueca de disgusto en la cara del sargento que quería largar las palabras.


No terminé el primario, me hubiera gustado estudiar, pero mis viejos son muy pobres, están en Tucumán. Soy militar porque siempre me gustó San Martín y los que tienen bolas. El mayor Basualdo me dice que también las tuvieron Rosas y Roca, pero yo sé poco y nada de ellos. Sólo lo que cuentan los superiores: Con Rosas no se jodía, a los revoltosos los fusilaba. Roca terminó con los indios como nosotros aplastamos a los subversivos. Hay muchos estudiantes terroristas. Hay que cuidarse hasta de la misma madre.
Marcelo escuchaba con miedo, no se le tenía que escapar una sola palabra. Un gesto, una afirmación que no era la adecuada y podía terminar en el calabozo como el desertor López o el soldado Soria.
Gallo le pidió que sacara del armario otra botella de vino y bajó el volumen de la radio.


Estoy podrido de las cumbias y el tango. Estas esperas me hacen acordar a otros años. Poníamos ratoneras y había que estar atentos hasta que aparecieran los subversivos. Meta chupi, truco, mate y preparar las armas, sabés. Qué vas a saber, aunque sos más grande, como Ugarte y Arrigós, La Concha del principal. Yo prefiero la acción, esperar es jodido, se te calientan las manos y el bocho, ¿entendés? Claro, una cosa es tirotearte con dos o tres y otra con trescientos subversivos como en el cuartel de Viejobueno, en Monte Chingolo. Esa noche pensé que estaba en el infierno. Cuando me estaba por acostar, recibí la orden de salir cagando. Nos subimos a un Unimog, a medio vestir, con todos los chumbos que encontramos. Éramos tres cabos, dos sargentos y cinco soldaditos que metimos atrás. Tardamos en llegar a Monte Chingolo porque la subversión había volado varios puentes. A la mañana se disfrazaron de vendedores ambulantes y levantaron puestos de panchos y Coca Cola cerca del cuartel. Entraron al anochecer en los camiones de Coca, vestidos de soldados. También con autos que robaron guerrilleras cerca de Wilde. Fue un día antes de nochebuena, cuatro años atrás. Eso fue un gran quilombo. Se calcula que eran trescientos o más y que la cúpula terrorista, con Santucho a la cabeza, dirigía el operativo desde algún lugar cercano. Unos kilómetros antes de llegar al Batallón se nos cruzó un auto. Manejaba una mujer y el subversivo que iba atrás nos ametralló. Nos rompió el parabrisas y lo hirieron al cabo. Unos metros más adelante lo dejamos en una ambulancia y seguimos dándole pata. Te cuento, ¿me estás escuchando o te estás quedando dormido?, carajo.


No, mi sargento, estoy atento. Siga dijo Marcelo y se mordió los labios. Se había demorado calentando el agua. Le costaba seguir esa historia verídica, tan reciente, en un cuartel cercano. Levantó la vista, afuera un grupo de soldados intentaba encender el fuego para el asado de la medianoche.


Bueno, Robles, traé el mate de una buena vez y poneme más tinto. Guarda, chango, con decirle del chupi a alguien porque sos boleta. ¿Me entendió?, Robles.
Sí, mi sargento.
Así me gusta, chango. Te estaba diciendo que los hijos de puta habían volado varios puentes, por eso tuvimos que desviarnos muchas veces antes de llegar al cuartel. Que sólo estaba protegido por un alambrado, eso favoreció a los subversivos que dominaron en segundos el primer puesto de guardia. Cuando llegamos lo que vi era para acobardar a cualquiera. Ahí es cuando uno tiene que demostrar que las tiene bien puestas.
El sargento hizo un alto para ir al baño y le ordenó a Marcelo que no se moviera del lugar.
Si por puta casualidad viene el oficial de servicio rajás a buscarme.
Marcelo tenía la piel de gallina, por un momento pensó que la historia del ataque al cuartel podía repetirse. Trató de tranquilizarse pensando que el ERP y los Montoneros estaban casi aniquilados. Vio por la ventana a dos soldados de guardia apostados en la entrada principal de la Escuela e imaginó un asalto terrorista. No les resultaría difícil ametrallar a la guardia y derribar la puerta de madera. Una vez adentro abrirían fuego los imaginarias que estaban custodiando la cuadra y la sala de armas. Nunca superaban los veinte soldados, los otros estarían durmiendo, incluso los relevos de la guardia. En Tucumán, soldados del ejército, que en realidad pertenecían al ERP, facilitaron la entrada de sus compañeros a un cuartel cuando los soldados dormían. Marcelo se preguntó cuándo le tocaría a Roberto Ugarte estar de guardia.


El sargento Gallo volvió del baño y le dijo que los tagarnas ya habían encendido el fuego para el asado. Se sentó en la silla y le pidió un amargo. Suerte que Marcelo tenía la pava caliente. Gallo continuó con el relato:
Cuando llegamos, oíme bien chango, todo era fuego, humo y ruido de balas. Nos metimos con el Unimog y sabíamos que los nuestros tenían cintas azules atadas en los brazos. Por suerte ya habíamos recuperado la cuadra, pero había terroristas en la enfermería, sobre los techos y en el polígono, qué sé yo, era un quilombo. Cuando creía que los estábamos haciendo mierda, aparecían más y más, unos pocos se rendían y ahí los ametrallábamos. Yo me aposté detrás de los piletones para tirar hacia la enfermería que estaba en manos de los terroristas. Mientras hacíamos fuego de frente un comando entró por los techos a la enfermería y liquidó a ese grupo de subversivos. Entonces recibimos la orden de avanzar hacia el polígono de tiro. En eso veo que llegan aviones y helicópteros.
¡Parte para el sargento Gallo!
¡Puta, justo ahora! Robles, fijate qué mierda quiere ese milico.
Dice si puede echar la carne, mi sargento, y que no hay sal.
Hacelo entrar a ese tagarna. ¡Salto de rana, doble más las piernas, por boludo! ¡Se cree que está en un restaurante, haga salto de rana, le dije! El señorito quiere la sal para el asado. ¡Conchudo!, la sal tenés que buscarla en el rancho. ¡Qué no me entere que se apaga el fuego porque los castigo a todos! ¡Vaya a salto de rana, piernas flexionadas hasta abajo y manos en la nuca!
El sargento pidió otro amargo y más vino. La pava se había quedado vacía. Marcelo volvió a calentar el agua y enseguida descorchó otra botella. Mientras Gallo tomaba vino, Marcelo se preguntó por qué el sargento lo había elegido como interlocutor. “Tiene casi mi edad, está solo en la guardia, el vino lo hace hablar y también la angustia”, pensó.
Marcelo hubiera preferido estar cerca de la carne que se asaba a fuego lento. La parrilla humeaba y el olor llegaba a toda la guardia.


Estábamos en que llegaron los helicópteros y lo aviones continuó Gallo. El asalto se frustró gracias a ellos. Bombardearon medio cuartel y otro tanto hizo la artillería pesada. Los combates duraron toda la noche. Algunos subversivos pudieron escaparse a la villa de enfrente y hubo que entrar y ametrallarlos ahí. Cuando no se escucharon más los disparos ni el ruido de las bombas de los aviones hubo que apilar los cadáveres de los nuestros, ocuparnos de los soldados heridos y rematar los de ellos. Te voy a contar algo tremendo: en el polígono de tiro encontramos subversivos baleados, desnudos y con rasguños en el cuerpo. Cuando quedaron encerrados entre tres y cuatro fuegos, en la desesperación por escapar se arrancaron la ropa y se lastimaron entre ellos. Fue algo horrible que no quisiera volver a vivir. A veces me despierto con esta pesadilla, es de no creer. Si tengo una mina al lado la puteo. ¿Entendés?
Marcelo sintió un escalofrío y asintió moviendo la cabeza. “Qué historia terrible, nunca la hubiera imaginado”, pensó.
El sargento tenía los ojos enrojecidos y un leve mareo. Lo miró fijo a Marcelo y le dijo:
Yo estaba acostumbrado a otra cosa, aunque también recibía de tanto en tanto órdenes jodidas. A mí me gusta la pelea de frente.


Gallo sorbió otro vaso de vino, faltaba una hora para que terminara la guardia y se iría de franco.
A veces había que hacer mierda una casa y no sabíamos si estaban armados con itacas, bazucas, hojitas de afeitar. ¡Qué sé yo, yo era un cabito! Llegaba la orden, subíamos al camión y al llegar eran ellos o nosotros. Sobrevivías o pasabas a ser un fiambre. Bueno, chango, buscá al cabo de cuarto para el relevo. El oficial de servicio llega de un momento a otro y ése no se anda con vueltas. Ah, chango, me olvidaba, comete un pedazo de asado, si es que los tagarnas dejaron algo.