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Omar Amadeo Ramos  < Cuento  LOS HERMANOS  >

Omar Amadeo Ramos

CUENTO

                                                                     LOS HERMANOS
   
    Siempre tuve una salud envidiable, no como Ernesto que sufre del corazón desde chico. Nuestros padres le brindaron todo tipo de cuidados y lo siguieron haciendo después de mi nacimiento.
   

Los maestros me enseñaron las teorías evolucionistas, pero no los odio. Tampoco a Ernesto ni a mis padres. Recuerdo la primera vez que los enfrenté: era una noche de invierno y sobre la mesa de mármol del comedor había una bandeja con fiambres y verduras. Mi hermano estaba molesto, le había salido un orzuelo enorme. A mis padres los noté preocupados. Vi en Ernesto un cobayo hambriento, con el ojo congestionado engullía el jamón, los tomates y las cabezas de espárragos.
   

Esa noche, no me preocupé por su enfermedad, no era tan grave como en estos días. Le recriminé a mamá y a papá que pusieran sobre la mesa lonjas de animales y vegetales idénticos, que aunque muertos, podían despertar en nosotros la desconfianza. Me reprobaron con un gesto de desagrado y quisieron cambiar la conversación. Somos distintos a los animales, les dije. Los comemos cuando están muertos, pero no hace tanto tiempo que el hombre dejó de comerlos vivos. Después, hablé de antropofagia, habitual en los pueblos primitivos. Papá hizo una mueca de espanto y mamá me ordenó ir al dormitorio. No pude contener las lágrimas, las imaginé llenas de bacilos que contaminarían la comida. Supuse que las fetas del jamón eran de plástico, las de queso de cera y los espárragos de utilería. El comedor pareció poblarse de naturalezas muertas, rodeadas por microscopios que detectaban microbios.
   

Durante todo el día siguiente, Ernesto permaneció absorto, aunque yo sabía con certeza lo que pasaba por su mente. Me llevaba diez años, pero eso no era obstáculo para que intuyera sus sentimientos. No somos diferentes en ningún rasgo físico. Si comparamos dos fotos sacadas cuando teníamos la misma edad es imposible distinguirnos. Soy su réplica exacta, sólo que nació diez años después. Me enseñó a caminar y recuerdo cuando me iba a buscar al jardín de infantes. Yo lo esperaba ansioso y me colgaba de sus hombros para que me llevara a babucha hasta casa. Tomábamos juntos el café con leche, mientras le arrebataba los panes con manteca y dulce que me preparaba. También me ayudaba a colorear dibujos y a escribir las primeras palabras. Con amor de padre supo ponerme límites cuando me hacía la rabona y me escapaba a pasear con alguna chica. Fue él y no mis padres, el que me explicó que las probabilidades de mi nacimiento habían sido remotas.
   

Los psicólogos adelantaron la imposibilidad de gestar gemelos humanos totalmente idénticos. Nuestras crianzas marcan las diferencias psíquicas, lo que no impide el desarrollo telepático entre nosotros y las analogías de personalidad. Por eso fui percibiendo, aunque trataron de escondérmelo, el deterioro físico que sufrió en estos últimos meses. Mis padres me decían que Ernesto había viajado al exterior por trabajo. Su ponencia sobre "La nueva clonación de embriones humanos" había causado revuelo en Nueva York. Lo cierto es que ya estaba internado, su corazón latía con deficiencia.
   

Recuerdo nuestras charlas filosóficas. Ernesto era biólogo y yo pensaba estudiar antropología. El fuego comía los leños de la chimenea mientras hablábamos acerca de la aparente evolución del hombre. Se progresó en lo tecnológico, le dije, pero incluso allí el ser humano se ha vuelto contra sí mismo. En las artes ha involucionado: mencioné las esculturas de Miguel Ángel, inigualables hasta el día de hoy. En la música, ¿quién se asemeja a Beethoven o a Mozart?
   

Con su afecto habitual, Ernesto me dijo que el hombre había progresado desde la época de la esclavitud y la justicia primitiva de la Ley del Talión.
    - Han cambiado las formas, pero el hombre sigue tan esclavo como siempre - le respondí -. El látigo fue reemplazado por el dinero.
    - No estoy de acuerdo - me dijo -. A través de los siglos mejoró. No es lo mismo el nivel social de la antigua Grecia que la vida actual de ciertos países. El cambio de formas que mencionás no es una apariencia, es el reflejo de los nuevos deseos del hombre.
   

Yo me preguntaba si podía hablarse de progreso en cuanto a la decisión que marcó nuestras vidas. Por esos días yo repasaba las noticias de los diarios de la época. En l993 el doctor Jerry Hall de la Universidad George Washington obtuvo por primera vez en el mundo hasta tres gemelos de un único embrión humano. Al principio estos experimentos eran aceptados en las plantas y en los animales; la opinión generalizada afirmaba que iban en contra de la dignidad humana. Sólo se utilizaban para multiplicar algunos animales de granja: vacas, caballos y cerdos. Pero en este presente, llamado de alta modernidad, es frecuente que una pareja tenga su banco de órganos. Tan común como en otro tiempo lo fue comprarse una casa o un auto en cuotas.
  

Las leyes jurídicas, tan distintas a las sociales y morales, dicen que si me fugo seré penado con la muerte. Ya no es tiempo del garrote vil, ni de la guillotina o la silla eléctrica, pero existe un gas letal, de un gusto riquísimo. Se inhala a través de un cigarrillo. Este suplicio me recuerda a la explicación que me daba el sacerdote del colegio: "Fue necesario que Cristo muriera crucificado para que pudiéramos salvarnos y vivir sin pecado original". También los psicoanalistas trataron de calmar mi angustia diciéndome que el yo de mi hermano y el mío serían uno solo.
   

Con el estricto control que existe es imposible que pueda reiniciar mi vida en otro lugar. En estos tiempos un antropólogo resulta sospechoso sólo por haber estudiado una ciencia que se ocupa del hombre. Un ingeniero, un veterinario o un arquitecto pasarían más desapercibidos. No sólo tendría que eludir a la policía, sino también al ejército que requisa las casas y los lugares de trabajo. Sería inútil que adulterara mis documentos o que me operara la cara. La gente nos delata porque siempre existe la posibilidad de que en su familia aparezcan gemelos. Sólo alguno de mi condición podría ayudarme, pero estamos muy vigilados. Por último, debo confesar el verdadero motivo por el que no me doy a la fuga: si bien quiero seguir viviendo, no deseo que mi hermano muera y menos por mi culpa. Me sentiría una mala persona. Quiero a mi hermano como a mí mismo, no sé si porque me enseñaron que éramos uno o por así sentirlo yo.
   

Hace rato que oigo los pasos de mis padres cerca de la puerta. En algún momento la abrirán para decirme que es tiempo de ir al sanatorio. Cuando entraron vi que mamá lloraba y me extrañó: nunca me demostró cariño. Papá me contó lo que siempre supe. Conocida la enfermedad cardíaca de Ernesto, descongelaron mi embrión y lo implantaron en el útero de mi madre hasta que nació.
   

El informe de los médicos dice que Ernesto murió porque le dio un infarto horas antes del transplante de corazón. Pero yo sé que es mentira. Mi hermano falleció porque no soportó la idea de mi muerte. Habrá desconectado una de las cánulas por donde le inyectaban el suero. Se dejó morir como me dejaré morir yo, ahora que él no está, ahora que yo ya no estoy.