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Omar Amadeo Ramos  < Cuento  LA PRESENCIA DE DIOS  >

Omar Amadeo Ramos

CUENTO

                                                               LA PRESENCIA DE DIOS

    Desde el mirador se veía una vertiginosa barranca, bordeada de álamos, eucaliptos y palmeras por la que se llegaba a las canchas de fútbol y rugby. Los pájaros volaban el paisaje que terminaba en las aguas barrosas del Río de la Plata. La apariencia de esos jardines era la de un paraíso. En medio de robles, sauces y canteros de rosas estaba la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, una rústica estatua de yeso, con los brazos extendidos hacia el cielo y su corazón sangrado y desprendido del pecho.
   

¡Dejar un brazo de distancia! ¡Por la cuarta baldosa! ¡Sin hablar! ¡Los dos primeros, apuren el paso!, ordenó a los gritos el hermano Ricardo, apodado la Laucha. ¡Están hablando! ¡Están hablando! ¡Se van a quedar en silencio en medio del patio aunque el sol les parta la cabeza! ¡Izquierdo!, ¡derecho!, ¡izquierdo!. Ahora, sí, de frente, ¡March! Cantando a viva voz la canción del colegio:
  

“A un costado del Río de la Patria/ El mástil juvenil de nuestra voz/ ¡Más fuerte que no se escucha o se quedarán sin postre!, gritó la Laucha. Clava en el aire una bandera de esperanza, que se abrirá mañana en una flor / Hoy martillamos en el yunque de las aulas, el sueño azul de un porvenir mejor".
   

En cuatro filas, íbamos del patio central al comedor, dejando un brazo de distancia para evitar que los hermanos nos pegaran en las piernas con sus varas. Nos detuvimos frente a la extensa mesa de mármol, presidida por un enorme crucifijo que mostraba a un Cristo sufriente. Esperamos que el hermano Prefecto agitara la campanilla y comenzara con la oración de acción de gracias. Bendice, Señor, estos alimentos que vamos recibir gracias a tu infinita bondad. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amen. Sentados.
   

Comíamos en voz baja y cada fuente era para seis alumnos. Yo me sentaba junto a cinco compañeros de mi año, charlábamos sobre fútbol, religión, profesores y casi nada de chicas. Los primeros viernes del mes leíamos las Sagradas Escrituras. Ese mediodía, el hermano Prefecto, bajo y morrudo, apodado Tapón, hizo pasar a Juan García Dietze. ¡Lea en voz alta el capítulo siete del Evangelio según San Lucas!, gritó el Prefecto.
   

Tapón era cordial con los buenos alumnos. Cada tanto, nos daba charlas sobre pesca y cómo fabricar las cañas. La congregación tenía una residencia de vacaciones en el mar donde solían ir los veranos.     
   

García Dietze comenzó a leer: Y volviendo hacia la mujer, Jesús le dijo a Simón. ¿Ves a esta mujer? Es conocida en esta ciudad como una pecadora. Cuando yo entré a tu casa no me ofreciste agua para mis pies; ella por el contrario los mojó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tu no me saludaste al llegar, ella empero, desde que entró no ha dejado de cubrirme los pies con sus besos.
   

De primer plato trajeron unas rodajas de salame con porotos, garbanzos y lechuga. Sobre la mesa de los hermanos había jamón crudo y cocido, tomates, aceitunas y un vino dulce igual al que usaban en misa. Mientras tanto, hablábamos en voz baja sobre las clases de religión. Nos parecía raro lo de las tres personas que eran una y también que por la macana de Adán y Eva estuviésemos todos condenados. ¿Qué teníamos que ver? Cuando sirvieron los tallarines con olor a lavandina, Buceta, el mejor jugador de fútbol del colegio, comentó que en su anterior escuela no hablaban de religión. Le diría a sus padres que lo cambien.
   

García Dietze continuó la lectura: Jesús iba recorriendo ciudades y pueblos predicando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres sanadas por él de espíritus malos o de enfermedades. María, por sobrenombre Magdalena, de la que habían salido siete demonios...
   

¡Terminen! Vamos, muchachos, de pie, ordenó el Tapón, que como de costumbre tenía los cachetes colorados por el vino. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. ¡Buceta!, no se lleve mandarinas al recreo. ¡En dirección al patio, dejar la distancia de las cuatro baldosas! ¡Sin hablar! ¡No romper filas hasta que lleguen al patio! ¡De lo contrario, los medio pupilos se quedarán después de hora a hacer cubos! Era multiplicar varias veces una cifra, por lo general de cuatro o cinco números.
   

Con dos timbres cortos y uno largo terminó el recreo y quedamos en posición de firmes. A los pocos segundos, la Marcha de San Lorenzo ordenó formar. Al entrar al aula, el hermano Ricardo, la Laucha, por lo delgado y peludo, se subió a la tarima y se acomodó el babero blanco que le colgaba sobre la sotana negra. Agitaba sus manos y su voz aflautada se hacía grave cuando declamaba con fervor la jaculatoria:
    _ ¡Ave María Purísima !
    _ ¡Sin pecado concebida! _ respondimos a coro.
_ Sentados, guarden silencio, se empujaron en la fila.
  

Habíamos cometido un acto de indisciplina. También lo era escupir en el suelo, estar mal formados, contestar a los profesores, desobedecer órdenes, llegar tarde a clase, tener el cuaderno borroneado o con manchas de tinta, aplazos y malas conductas.
_ Mis buenos muchachos, la clase de religión de esta tarde, tiene por tema el libre
albedrío. La posibilidad que tenemos los hombres de poder elegir entre el bien y el mal. Es decir: el amor de Dios o el pecado del demonio.
   

Levanté la mano con firmeza. La Laucha hizo una mueca de fastidio. Con algunos alumnos era compinche. Como dictaba geografía, le encantaba que le regalaran piedras y caracoles de mar o que le trajeran fotos de desiertos y selvas. Revoleó su sotana y se acomodó el babero. ¡Ya con preguntas! ¡Primero hay que escuchar, abrir bien las orejas y pensar varias veces antes de interrumpir!
   

No le hice caso, estaba cansado de tantos sermones inentendibles. ¿Por qué siendo Dios tan poderoso nos creó con el libre albedrío? ¿No se imaginó que íbamos a pecar y perder el paraíso?, pregunté ante el asombro de mis compañeros.
   

La Laucha bajó desde la tarima y se acercó a mi pupitre. Muchacho, debes pensar antes de hablar. Lo que has dicho, estoy seguro que no fue con mala intención, es una herejía. Hay que respetar los dogmas. Ve a confesarte con el padre Próspero.
   

Tuve ganas de contestarle algo, pero el castigo podría ser peor: venir el sábado a la mañana a hacer cubos. Otra penitencia era escribir cien veces no debo hacer preguntas impropias a mi condición de cristiano. Bajé la cabeza y me fui para la capilla. Al pasar por el patio central vi que el hermano Director, un mofletudo bonachón que apodábamos Porky, convocaba a formar de urgencia. Esperé a los compañeros de los distintos años. Al rato, con la formación a pleno, Porky mostró su rostro desencajado frente al micrófono. Hay algo que debéis saber, un hecho gravísimo, alumnos, vociferó. Han sacado la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y no sabemos dónde la han escondido. Saben, no quiero creer que ha sido un robo, un atropello, la imagen es un patrimonio cristiano. Hizo un silencio y exclamó con entereza: Avisé a la policía y me dijeron que iniciarán la búsqueda. Buscamos por todo el colegio y no la encontramos. Si es una broma, les advierto alumnos, voy a ser muy duro con el castigo.
   

Las chicas se movían sensualmente alrededor de la barra. La música rock parecía formar parte de esos cuerpos enjutos, con vestidos largos y escotes hasta la cintura. Festejábamos la despedida de soltero de Juan García Dietze. Ni bien entramos, él la trajo a la mesa. Carlos, ella es María, me dijo. Apenas vi su figura imponente y el escote que se abría mientras sus manos acariciaban mi nuca. Se sentó en mis piernas, me besó y me invitó a bailar. ¿Sos amigo del que se casa? Fuimos compañeros de colegio, casi diez años atrás, le respondí. Cuando pusieron los discos lentos, me dijo que bailaba bien. Me animé y le dije que era muy mona, que su cara era diez puntos y si trabajaba en publicidad. Posé para revistas, pero no soy fotogénica. Prefiero trabajar en el boliche, los dueños son gente buena y me protegen. Al sentarnos, me dijo: Hay mucha guita en esto, ¿sabés? Sentí que tenía ganas de contarme sus cosas. Trabajaba todas las noches, menos los domingos, hasta las cinco de la mañana. Se casó de muy piba, su nena tenía cuatro años y a su marido se lo había tragado la tierra. Al terminar el champagne, me preguntó si pedía otra copa. Soy interesada, ¿no, muñeco? No es para tanto, es tu laburo. María me entendió y me dio un beso que me rozó la boca. ¿Cuánto cuesta salir con vos? Cincuenta. ¿Dólares?, No, Pichón, cincuenta "garrotes". Es demasiada guita para mí, pero los valés. Volvió a sentarse en mis piernas y me aseguró que yo le caía bien. En la cama debés ser un fenómeno, ¿no Pichón? Al rato dijo que tenía que dejarme, nos estaban mirando los patrones y yo no consumía. Pasame a buscar a las cinco de la mañana, no te vas arrepentir. Algo de plata tenés, ¿no?
  

Después de escuchar un poco de música y bailar, llevé en mi auto a dos de mis amigos hasta sus casas y cuando se hizo la hora la pasé a buscar. Ella eligió el hotel y no le puse ningún reparo. Por lo menos las sábanas parecen limpias, pensé. El cuarto, iluminado con bombitas de colores era de una total cursilería. Frente a la cama, un cuadro con la cara de un payaso llorón, en cada mesa de luz un jarrón con flores de plástico. Además, un viejo armario. María, en cambio, me resultaba monísima. Al sacarse el vestido me pareció más despampanante. Nos acariciamos largo rato, hacía el amor con profesionalidad, se movía demasiado y gemía más de la cuenta. Cuando terminamos o terminé yo, nunca se sabe en estos casos, me habló de su hija, del departamento que quería comprarse y de la posibilidad de ser vendedora. Me contó de sus hombres y yo le conté de mis mujeres. Dijo que conmigo sentía algo distinto. Sos joven y pintón. ¿Nos quedamos hasta las once de la mañana? Te hago precio, Pichón. Qué tipo bárbaro que sos. ¿Lo dirá siempre?, pensé tratando de no engancharme. Le respondí que me gustaba y que nos quedábamos.
   

Cuando Porky terminó su discurso fui a confesarme. En el trayecto pensé en el robo de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. ¿Quién habría sido? ¿Adónde la habían llevado? Desde que ingresé al colegio me intrigó esa imagen de yeso, con el corazón lleno de sangre y arrancado del pecho. Me disgustaba el rostro de Jesús cargado de aflicciones y su mirada severa.
  

Entré en la capilla y me propuse olvidarme del tema. Estaba dispuesto a hacer un examen de conciencia y pensé en lo que me había pasado con la Laucha. No me sentía culpable, le comentaría lo sucedido al padre Próspero, tratando de acercarme lo menos posible. Su aliento apestaba, sufría de hidropesía. Los pupilos lo llamaban Upa, tenía la panza hinchadísima como el personaje de la Revista Patoruzú. Yo no quería correr riesgos: El Colorado Reston, un pupilo peleador y boca sucia, comentaba que en una de las confesiones el Upa le había eructado en la cara. Mientras estaba en la cola del confesionario pensé en las faltas que podría haber cometido. Siempre repetía los mismos pecados veniales y me daban idéntica penitencia. Desobedecí a mis padres, me peleé con mis hermanos o con algún compañero, me olvidé de rezar antes de dormirme, tomé agua o comí un sanwiche sin esperar las tres horas antes de comulgar, y cuando me quedaba los sábados a dormir en lo de mi tía soltera la cosa empeoraba. Nos levantábamos el domingo a eso de las once y me llevaba al río o andar en bicicleta. La misa brillaba por su ausencia y mi tía y yo estábamos en pecado mortal. Pero qué tipo de pecado era la pregunta que le hice a la Laucha. Habló de herejía y de dogma, seguro que más que un pecado mortal era un sacrilegio. Según los hermanos, si me moría en pecado mortal iría derechito al infierno, a no ser por el escapulario de la Virgen del Rosario que me salvaba enviándome al purgatorio. Había que estar prevenido, siempre me ponía debajo de la camisa el paño con la imagen de la Virgen.
   

Finalmente me llegó el turno. Me persigné y me arrodillé‚ manteniendo la debida distancia. El Upa estaba sentado y yo en un reclinatorio. Nos confesábamos cara a cara sin las rejillas que hay en los confesionarios.
    _ Dime hijo, ¿cuánto hace que no te confiesas? – preguntó el Upa.
    _ Dos semanas, padre.
    _ ¿Ya haces cosas indignas con tu cuerpo?
    _ No entiendo, padre. Yo vine porque me mandó el hermano Ricardo. Le pregunté por qué siendo Dios tan poderoso no se imaginó que íbamos a pecar y perder el paraíso. Tengo dudas. El hermano me dijo que había cometido una herejía.
    _ Tiene razón el hermano Ricardo, pero es comprensible a tu edad. Recuerda: La duda es la hija de todos los males. No hay que cuestionar lo que te enseñamos. Podés perder la fe en Dios y en la religión.
    _ Hay cosas que no entiendo.
    _ No te desesperes. Los principios cristianos son una cuestión de fe. Escucha y acepta, así te ganarás el cielo. No se trata de entender, hijo mío. Yendo a las cosas de tu edad. Dime, no tengas vergüenza, ¿tienes pensamientos libidinosos?, hijo mío.
    _ ¿Li bi di qué?
    _ Si te masturbas, hijo, si tocas mujeres, si las deseas, si piensas en ellas, si fornicas, si eres impuro.
    _ No, no, padre.
   
    Durante la madrugada, María volvió a decirme que conmigo sentía algo distinto, podía hablar y quería volver a verme. Dame la plata que puedas, la recupero con otros clientes. En un año de laburo, dándole fuerte, me compro el departamento. Le creí poco, no quería engancharme, pero había logrado que me sintiera bien. La luz del mediodía nos despertó. Tenía necesidad de quedarme con ella, me gustaba.
   

El padre Próspero no se daba por vencido. Me seguía preguntando sobre los malos pensamientos y el sexo que encarnaba el demonio. No pienso en esas cosas, padre. Sólo me creyó cuando le dije que era presidente de la Congregación del Niño Jesús, por eso evitaba pensar en las chicas y prefería jugar al fútbol. Me parece muy bien, hijo, me dijo rozándome las mejillas. Debes seguir practicando deporte y leer continuamente el Nuevo Testamento, el Antiguo va más con los judíos. Pero volviendo a lo importante, recuerda que la mujer con la que contraerás matrimonio debe parecerse a la Sagrada Virgen y a tu querida madre. Las mujeres de la calle son para los que no creen en Dios. Debes mantenerte puro hasta el casamiento y sólo tendrás relaciones para tener hijos. Te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Reza diez Padrenuestros, cinco Avemarías y tres Credos por el perdón de tus pecados. ¡Vete en paz!
   

Se hacía tarde y yo entraba a trabajar después del almuerzo. Le pedí a María ducharme primero o que lo hiciéramos los dos juntos. Ella se quedó dormitando en la cama, su cuerpo desnudo se deslizaba sobre las sábanas, resistiéndose a abrir los ojos. Tal vez pensaba en los días que faltaban para terminar la semana y que pocos clientes serían como yo. ¿ O a todos les diría lo mismo? No me importaba, la había pasado muy bien. Cuando volví del baño, se levantó y miró la mesita de luz con las flores de plástico, el cuadro del payaso llorón y el viejo armario. Mientras me terminaba de secar, buscó en su cartera un espejo de mano y empezó a maquillarse. Después se puso su escotado vestido largo y se entretuvo pintándose los labios. Al buscar la ropa que había colgado sobre la silla, vi sobre el armario una pequeña imagen del Sagrado Corazón de Jesús, con sus brazos extendidos. Ahora su rostro me resultó comprensivo y dulce. Me asombré‚ pero pensé que estaba mucho mejor en este lugar que años atrás en el colegio. Su semblante parecía aliviado y sus ojos me miraban sin aflicción. Me acerqué y me quedé un rato observándolo. Después caminé hacia la ventana y divisé a unos pájaros que se posaban en el follaje de los álamos. A los lejos las aguas barrosas del Río de la Plata se fundían en la extensión del cielo.