Visita Nº
Página de las artes.
Ir a Página de Inicio Relación de todos los artistas y autores que exponen. Mándanos un Email. Disculpad las molestias. Libro de Visitas CLAUSURADO. Tablón de Anuncios y Noticias Forum del Arte
Omar Amadeo Ramos  < Cuento  LA IMAGEN CONGELADA DE UNA MUJER   >

Omar Amadeo Ramos

CUENTO

                                              LA IMAGEN CONGELADA DE UNA MUJER

    Pablo la vio moverse por el ojo de la cerradura. Respiró hondo. Verónica seguía viva, imprevisible como siempre, con los Rolling Stones a todo volumen. Hacía dos horas que estaba encerrada en el baño sin responder y él golpeaba la puerta con insistencia.
   

Estaba en la casa de Verónica. Sin atender el teléfono se fue al dormitorio. Se tiró sobre la cama y fantaseó con otras mujeres. Recordó los encuentros con Gianina, una psicóloga interesante, amiga de Verónica. Habían compartido películas, algunas charlas ingeniosas y un sexo que se fue perdiendo. Teorizaban sobre el amor pasión, la magia del enamoramiento y la muerte de la pareja. Gianina tenía una respuesta para cada pregunta. Lo contrario de Verónica, siempre desconcertante.
   

Pablo estaba enamorado de Verónica. Era el mismo entusiasmo de remontar por los aires las avionetas de papel que fabricaba pacientemente. El aeromodelismo lo fascinaba. Le daba la misma libertad que el cuerpo excitante de Verónica. Verónica encerrada en el baño, sin atenderlo, muda como un espejismo.
   

Cuando la música de los Rolling Stones dejó de sonar, no aguantó más y fue al balcón para mirar por la ventana del baño. El vidrio empañado lo asustó, Verónica podría asfixiarse. Imaginó que el vapor formaría unas nubes entre las que surgía la enigmática figura de un cisne danzante. Jugó a atraparlo, mientras el animal corría por las nubes, deslizándose como lo hacían los aviones de papel que muchas veces se deshacían en el viento. Se quedó con las manos en el aire mirando la bruma. Luego, corrió hasta el baño y volvió a llamar a Verónica. Terminó pegándole trompadas a la puerta.
   

Esa mañana, al afeitarse, había dejado sobre los estantes del botiquín las hojitas de afeitar. Estrenó el filo en su barbilla y palpó pequeños redondeles de sangre. Ahora, de tanto golpear, se había ensangrentado los nudillos. Aturdido miró por el ojo de la cerradura. El vaho había desaparecido; el silencio dominaba la escena: media bañera, azulejos rojos y repletas pompas de jabón en donde no se veía el cuerpo de Verónica. Pablo se acercó aún más y creyó ver una sombra moviéndose entre las aguas blancas. Pensó que era el cuerpo de ella, furtiva y misteriosa. Enseguida distinguió un montículo de espuma a la altura de la canilla e imaginó que podrían ser los pies. Estaba enamorado de los dedos minúsculos y perfectos, propios de una bailarina, que a menudo se deslizaban por su espalda y lo atenazaban por la cintura.
   

De pronto, Pablo divisó en la bañera a una mujer sin cabeza. Verónica estaba sumergida y los pechos flotaban circularmente perfectos, coronados por los pezones. Después vio las manos asomadas entre el agua jabonosa. Buscó el rostro de Verónica con deseperación, pero sólo encontró fragmentos.
   

El teléfono volvió a sonar. Pablo encendió el contestador. Luego se arrodilló ante la puerta del baño y esperó en silencio la aparición de Verónica. Al rato, ella salió de la bañadera, el cuerpo espumoso, el cabello mojado suelto hasta los hombros. Miró la cerradura, buscó una toalla y se corrió de lugar. Pablo no la vio. Imaginó los estantes donde las hojas de afeitar brillaban trasluciendo el filo. Trató de buscarla y ponerla en cuadro. Sonó el teléfono, le pareció la voz de Gianina. Él había esperado en vano, muchas veces, el llamado de Verónica. Pablo tenía la certeza de que Gianina seguía enamorada de él con un amor ciego. Durante los meses que duró la relación, ella escuchó lo que quería oír. Lo demás, lo amoldó a su conveniencia. De un día para el otro él le dijo que la dejaba por otra mujer, sin aclararle que se trataba de su íntima amiga.
   

Finalmente Verónica salió del baño mientras él intentaba levantarse. Se quedó mirándola mientras ella le decía que no lo aguantaba ni un minuto más.
    _ Sólo hablas de tus cosas, no me preguntas nada de nada. No existo, ¿no es cierto?
    _ No es así. Estás de la cabeza. Hace media hora que te estoy esperando. ¿Por qué no me contestabas? Pensé que te habías matado.
    _ Sabía que me estabas espiando. Estoy harta. No quiero hablar, esto se termina en cualquier momento. Basta de perseguirme. ¿Entendés?
    _ Mirá, va ser mejor que me vaya. Pero antes te voy a decir algo: no hay macho que te venga bien. Sos una tipa rejodida. ¿Entendiste vos, ahora?
   

Gianina volvió a llamar por teléfono. Pablo no oía bien el mensaje. Pensaba que a la distancia no hay esfuerzo posible para recuperar al otro. Se iba de la casa de Verónica, quizás para siempre, y los recuerdos, súbitamente, se convertían en pesadillas.
   

Salió sin saludarla y caminó hasta detenerse en un bar. Pidió un café y trató de armar el cuerpo y la personalidad de Verónica. Recordó la espalda larga y bronceada, las caricias y la música de los Stones. Vio el teléfono público. Se levantó y le dejó un mensaje en el contestador. Después cruzó la avenida y tomó el subte. A las pocas estaciones se bajó y caminó unas cuadras hasta su casa. Como estaba de vacaciones se entretuvo con un avión de madera balsa al que trató de instalarle un motor. Una y otra vez intentó que arrancase. Después de un rato funcionó sin convicción. Temió que al remontarlo cayera en picada.
   

Fue en busca de un libro. Leyó a desgano el primer capítulo. Enseguida encendió la televisión, para qué tantos canales si no me interesa ninguno. Pensó que Verónica no lo quería. Me dejo mal.
   

Ahora estaría de vuelta de gimnasia, cenando o viendo televisión. Iría a verla sin darle explicaciones. Todo iba a ser distinto. En la puerta tocó el timbre y esperó. Le pareció extrañó que no contestara, pero todavía tenía la llave.
   

Subió por el ascensor y como no lo atendieron decidió entrar. Había ropa tirada en el piso del living, botellas de cerveza, un frasco de pastillas y un video con la imagen congelada de una mujer. La buscó en el cuarto, la cama estaba revuelta, el ropero abierto y el tubo del teléfono descolgado. Entonces fue al baño donde se encontró con un cuerpo tirado en el piso. Gianina estaba tiesa, boca abajo, sin conocimiento, aunque balbuceaba palabras ininteligibles. Había perdido mucha sangre. Pablo vio la bañera, la espuma, las hojitas de afeitar tiradas en el piso y los cortes en la muñeca. Como pudo rompió una toalla y ajustó dos torniquetes. Los médicos no tardaron en llegar y le aseguraron que se recuperaría.
  

Encendió un cigarrillo y mientras esperaba a Verónica se preparó un café. Gianina dormía bajo el efecto de los sedantes. Pablo pensó que soñaría con él, con ese amor imposible que casi la lleva a la muerte. Tendría que hablarle y poner las cosas en claro, no sentirse culpable por un nuevo intento de suicidio. Ante Gianina, Pablo y Verónica se mostraban como amigos. Él había querido impedirle un sufrimiento mayor, pero cuando se recuperara le diría toda la verdad. Hasta pensó en presentarle un amigo con el que practicaban aeromodelismo. Tendría que esperar hasta el fin de semana para remontar un avión de papel, esa marioneta que dependería del viento y de su pericia. Se quedó dormido con la imágenes de un barrilete y un cisne.
   

El ruido de la puerta y los gritos de Verónica lo despertaron. En un primer momento creyó que estaba en un sueño, una pesadilla impensable que reflejaba la realidad. Gianina, despierta y con mejor semblante, se aferraba a Verónica que la acariciaba. Las dos mujeres se abrazaban entre lágrimas y reproches. Pablo miraba la escena sin entender. Escuchó perdones y futuras fidelidades. Sin decirles una sola palabra abrió la puerta y bajó a la calle. Por un largo rato caminó sin rumbo. Vio en la gente, en los autos y hasta en los maniquíes de las vidrieras animales hostiles de los que debía escapar. Cruzaba corriendo las calles y en el apuro se llevó varias personas por delante. Después de un tiempo llegó a los bosques de Palermo. A la distancia vio el verdor de los árboles, el atardecer y unos cuantos barriletes. Cuando llegó al lago se sentó en un banco. Miró el manto de nubes reflejado en las aguas, el sol rojizo y en lo alto, como una marioneta, la imagen congelada de una mujer. Al cabo de un rato, sólo distinguió una total y dolorosa oscuridad.