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Omar Amadeo Ramos  < Cuento  Hábeas Corpus  >

Omar Amadeo Ramos

CUENTO

                                                                         Hábeas Corpus
       
    A las ocho de la mañana un grupo de mujeres golpeó la puerta del Juzgado Criminal. Gustavo Rivero interrumpió la costura de los expedientes, bajó el sonido de la radio, hizo una mueca de disgusto y se puso el saco azul cruzado. Se acomodó la corbata escocesa en el punto exacto de su camisa celeste y abrió la puerta. Queremos hablar con el juez, vamos a esperar lo que sea necesario, ¿me entendió?, le dijo muy resuelta la que lideraba el grupo, una mujer de casi cincuenta años, que lo miraba con los ojos ansiosos y el ceño fruncido. Gustavo bajó la vista, esperen afuera, señoras, es muy temprano, el juez llega a su despacho después de las diez.

Los abogados preguntaban por las causas pasadas las nueve cuando arribaba el secretario y el oficial primero. Hasta esa hora Gustavo, un auxiliar de veintiún años, estudiante de derecho, cosía y numeraba las hojas de los expedientes, sellaba las firmas del juez y el secretario y para no aburrirse escuchaba las noticias de fútbol en su radio a transistores.
   

Ese día habían entrado varios Hábeas Corpus y denuncias: hurtos de automotores, robos a mano armada, lesiones en riña y homicidios culposos, pero como en otras oportunidades, las películas secuestradas acapararon su atención. Se entretuvo mirando el expediente que mencionaba el filme “Carne”, protagonizado por Isabel Sarli; “Ocho y Medio”, de Fellini y “Ultimo Tango en París”. Al rato de hojear la causa y babearse con las fotos de los afiches donde la Sarli exhibía sus espectaculares pechos, Gustavo recordó que le habían quedado por registrar varios Hábeas Corpus del día anterior. Les dio entrada en el libro índice donde anotó la fecha, el nombre, el apellido del denunciante y el damnificado. Luego, con un punzón agujereó el margen de las hojas y las cosió con aguja y piolín. Sobre la primera página colocó una carátula donde con un marcador grueso de tinta negra escribió el apellido y nombre del denunciante, después los datos del familiar desaparecido, generalmente se trataba de hijos. Gustavo trabajaba con la ayuda del meritorio, un joven de dieciocho años que preparaba el ingreso a abogacía. Al rato se aburrieron y dejaron los Hábeas Corpus. Miraron las fotos de las películas secuestradas. Estas fotografías son las pruebas palmarias de la obscenidad, dictaminaría un rato después el secretario Nicolás Murúa. Un funcionario cincuentón, canoso, de gestos agrios y aire intrigante, que merodeaba por el despacho de Su Señoría con la intención de influir en los dictados.
   

A las diez de la mañana las mujeres volvieron a golpear la puerta. El secretario ordenó que no abrieran y atendió el teléfono. Era el juez Rodríguez Centeno, llegaría más tarde, tenía reunión en el Comando en Jefe. Que vaya Gustavo a la Cámara del Crimen a buscar los Hábeas Corpus, ordenó el juez.. Preparen las planchas tipo, cuando llego firmo y listo. En ese instante una de las mujeres entró sin permiso y lo encaró al secretario. Llevaba un pañuelo blanco sobre la cabeza, estaba nerviosa pero habló con firmeza.
    _ ¡Qué nos atienda el juez! - gritó la mujer.
    _ Esperen el resultado de las averiguaciones - ordenó el secretario.
    _ ¡Queremos saber dónde tienen a nuestros hijos! – volvió a gritar con los ojos enrojecidos.
    _ Hagan el favor de retirarse – ordenó el secretario y llamó al custodio del juzgado.
   

El secretario les dio vuelta la cara y le dijo al policía que buscara refuerzos. De inmediato, un cabo y un sargento empujaron a las mujeres hasta el pasillo. ¡Guarden los bastones, que el juez dé la cara!, gritaron las mujeres.
Gustavo cerró la puerta con llave y a pedido del secretario fue a buscar los Hábeas Corpus a la Cámara. Caminó por los pasillos del quinto piso del Palacio de Tribunales y pasó por el ascensor que sólo transporta detenidos y empleados judiciales. En el resto había filas de abogados y clientes. Bajó las escaleras del Palacio y cruzó la Plaza Lavalle. Un resplandor intenso iluminaba la estatua del prócer, de uniforme militar y sable en mano. En la pétrea cabeza rondaba un puñado de palomas. Gustavo sintió que estaba en un recreo. Le encantaba salir del tribunal a media mañana, sobre todo en un día tan espléndido, encontrarse con algún amigo o alguna compañera de otro juzgado. Recordó que años atrás había visto una película de Isabel Sarli, una mina muy grasa, pero con un cuerpo increíble, pensó. Se detuvo un instante en la entrada de la Cámara del Crimen, donde una placa de bronce evoca hasta el día de hoy al juez Jorge Quiroga, asesinado por los delincuentes terroristas, dice la inscripción que data de l974. Ya en la mesa de entradas de la Cámara un auxiliar le dio una pila de Hábeas Corpus y le hizo firmar el recibo. Gustavo cargó cuantos pudo en el portafolio del juzgado y acomodó el resto debajo de su brazo izquierdo. Cruzó la calle y trastabilló en la Plaza Lavalle cuando esquivó a unos chicos que jugaban a la pelota. Recogió los expedientes del suelo y apuró el paso. Finalmente llegó al juzgado. Las mujeres rondaban la puerta. Eran las once de la mañana. Su Señoría, bronceado, con impecable traje azul oscuro y engominado como en los años cincuenta, firmaba los primeros despachos. Sobre el escritorio flameaba una diminuta enseña patria, en medio de dos pilones de causas, un ejemplar de la Revista Cabildo y un granadero de bronce en miniatura. En la pared que daba a la ventana el rostro del general San Martín se veía favorecido por los dibujantes del siglo pasado. Tras el escritorio, sobre la otra pared, un majestuoso crucifijo de madera presidía todos los interrogatorios.
   

Gustavo entregó los Hábeas Corpus a Su Señoría, ocupado en la lectura del expediente de las películas apiladas en una mesa ratona del despacho. El trabajo era mayor: en la trasnoche de los cines de la calle Lavalle también habían secuestrado “Emanuel”, “Sexoanálisis”, “La naranja mecánica” y dos películas de Libertad Lebland. El juez levantó la vista del expediente y le dijo a Gustavo:
    _ Me tienen loco, golpearon cinco veces.
    _¿Las hago pasar? - insinuó Gustavo.
    _Imposible, son un montón, piden lo mismo - el juez hizo una mueca de fastidio-. No hay tiempo, tengo que resolver otros expedientes.
    _ ¿Qué hacemos?
    _ Que ratifiquen los Hábeas en la mesa de entradas. Dale, apurate, decile al secre y al meritorio que te ayuden.
   

Gustavo volvió a sujetarse la corbata escocesa y se abotonó el saco cruzado. Levantó la cabeza y abrió la puerta de la mesa de entradas. Sin titubear, comunicó la orden de Su Señoría. Las mujeres pidieron a los gritos por el juez. ¡Queremos saber dónde están nuestros hijos. Que dé la cara, no tiene vergüenza ese empleado de los milicos! Intervino el secretario. A los gritos, por algo lo apodaban Buldog, les dijo que seguirían los trámites de averiguación de paradero. Por ahora era todo, debían firmar y retirarse. ¡Qué aparezcan nuestros hijos!, gritó la que encabezaba el grupo. El secretario cerró la puerta. Las mujeres se fueron sin firmar. Gustavo se sentó frente a la máquina de escribir. Usá los formularios de siempre, ordenó el secretario. Gustavo le pidió ayuda al meritorio, él era auxiliar, estaba arriba en el escalafón y podía darle órdenes. Juntos llenaron los espacios en blanco de los formularios y completaron más de veinte Hábeas Corpus.
   

“Buenos Aires, 24 de abril de l976. Por ratificado el escrito de fojas uno. Téngase presente. Líbrense los oficios al señor Jefe de la Policía Federal y al Comandante en Jefe de las Fuerzas Conjuntas a fin de que informen a Su Señoría acerca del paradero y/o detención en alguna dependencia del ut-supra mencionado, cuyos datos son los siguientes: Juan Carlos Rodríguez, argentino, veinticinco años, casado, estudiante de abogacía.
   

Después de una hora, el juez se acercó al escritorio de la mesa de entradas. Gustavo y el meritorio seguían tipeando los formularios.
    _ Dame que firmo los que están listos - ordenó Su Señoría con rapidez.
    _ ¿Preparamos los oficios a la Policía y al Comando? - preguntó el meritorio.     Gustavo ya sabía la respuesta. Aprovechó para descansar, le dolían las manos, la Remington era muy vieja, se trababan las teclas y había que pegarle duro.
    _ No, pichón - le dijo el juez al meritorio -. Llená los formularios de resolución.
    ///nos Aires, 26 de abril de l976. Visto el resultado negativo de los oficios, rechácese el presente Hábeas Corpus. Archívese sin más trámite. Firmado: Rodríguez Centeno. Juez en lo Criminal.
   

Antes de volver al estudio del expediente de las películas porno, Su Señoría lanzó una propuesta ara agilizar el rechazo de los Habeas Corpus. Si terminan antes de las dos y media se pueden quedar a ver las películas secuestradas. Gustavo movió los dedos, sacudió las manos y comenzó a teclear con una fuerza descomunal y un ritmo velocísimo. El meritorio hizo otro tanto. Pasadas las dos de la tarde acabaron la tarea y ansiosos esperaron el inicio de la función cinematográfica.