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Omar Amadeo Ramos  < Cuento  El mar del Caribe >

Omar Amadeo Ramos

CUENTO

EL MAR DEL CARIBE


   
    El oleaje los arrastraba mar adentro. Estaban exhaustos, habían tragado agua y por primera vez miraron el fondo del mar, límpido y tibio, como las arenas blancas.
   

Bajo la sombra de una barraca, cada cien metros, un policía custodiaba la playa. Tenía la orden estricta de no indagar en lo posible a ningún turista, pero la sospechosa era una cubana que estaba con un gringo. El oficial se limitaría a seguirlos y cuando se quedara sola la interrogaría.
   

Las voces estallaban en la cabeza de Ernesto como ráfagas de ametralladoras, como esos truenos del malecón, donde el mar se tornaba verde y caliente al igual que la lluvia. Apuró sus pasos por las calles de Varadero, tratando de que lo envolviera la brisa marina. Luego de caminar unas cuadras se tranquilizó y decidió entrar a un bar. Pero siguió escuchando a la gente, esta vez con mayor claridad: "En el capitalismo se pueden hacer negocios que te dejan dinero. Este país es el deseo de un papá que nos ha jodido a todos, me entiendes chico".
   

El bar era rústico, con mesas metálicas, vasos con ron, latas de cerveza, cremosos helados "Copelia" y tortillas de queso y mortadela. "Esta Revolución ha dignificado al hombre, qué joder compañero, si esto era un basural de los yanquis, un prostíbulo bananero."
   

Ernesto pidió un "mojito" bien frío, se secó el sudor y la vio sonriendo. Cada tanto la chica se alisaba los cabellos negros y lacios que le llegaban hasta los hombros y le enmarcaban la tez blanca y los tensos ojos marrones torpemente delineados por el rimel. Mientras ella conversaba con un amigo cubano y una turista argentina, Ernesto escuchó que era divorciada y que vivía en la ciudad de Matanzas. Después de unos tímidos rodeos, les pidió permiso para sentarse y arriesgó unas palabras diciendo que quería alquilar una bicicleta. La cubana le dijo que se llamaba Teresa y que sabía de un lugar donde sólo alquilaban a los turistas. Ernesto aprovechó para invitarla a pasear, ella respondió que sí y le informó que le cobrarían en dólares. Al llegar al local, la encargada del alquiler le recordó a Teresa que por ser cubana se hacía responsable si les robaban las bicicletas.
  

Tomaron por la calle principal adornada por el verdor de los almendros y los cocoteros. Ernesto le preguntó si seguiría lloviendo; comenzaba el invierno y durante su estancia en La Habana lo agobiaron las lluvias y los vientos. Ella mencionó un frente frío proveniente del Mar Caribe, pero pasaría pronto y mañana podrían disfrutar de la playa. Mientras bordeaban el malecón, mirando el mar transparente, ella se animó a decirle que ansiaba viajar. Se había divorciado, y de estar en otro país elegiría España. Sus abuelos eran asturianos, de chica le hablaron de ese pueblo, de las vides, los burros y el sol que embellecía las haciendas. También le gustaría conocer la Argentina, país que sabía enorme; la pampa donde crecía el trigo y engordaban las vacas. Una tierra hecha de contrastes donde había nacido El Che. Las maestras le contaron de soberbias mansiones, de autos lujosos y de lugares muy pobres. También le explicaron que era el único país de Latinoamérica donde había una clase media culta y próspera. Los cubanos no se morían de hambre como en Haití, El Salvador, Honduras o Brasil, pero estaba cansada de que le racionaran los alimentos y de comprar en el mercado libre tomates, porotos y guayabas. La situación económica de la isla había empeorado desde que Estados Unidos impuso su embargo, y también agravó la crisis la desaparición de la Unión Soviética. Teresa reconocía los logros sociales de la Revolución: los niños bien alimentados, las miles de viviendas construidas por las brigadas de obreros, los planes de alfabetización y los hospitales. Pero ya era tiempo de democratizar el socialismo, de poder elegir entre varios partidos y de irse si quisieran.
   

Ernesto la escuchaba, pero la charla de un grupo de cubanos lo hizo tambalear de la bicicleta:"Si el local de pizza fuera mío funcionaría a la perfección, le echo pintura, manteles nuevos, copas y lo que se ve en las películas. Al mozo que llega tarde lo pongo de patitas en la calle. Cuidado chico, vayamos por la otra acera porque hay cámaras y micrófonos por todos lados, si me escuchan no cuento el cuento."
  

En el traslúcido Mar del Caribe, Teresa y Ernesto seguían nadando, ya no distinguían la orilla y las olas golpeaban sus rostros.
  

El policía fue duro desde el comienzo. "Sabes que no puedes estar con un extranjero. ¿Eres cambista o te entregarás por unos dólares?” Teresa comenzó a llorar porque la habían injuriado. El oficial no se amedrentó y siguió dándole órdenes: "Cuando el gringo vuelva del cuarto te haces la sonsa, voy a pedir tus antecedentes a la central de Varadero."
   

Avanzaban con sus bicicletas bordeando el mar. Ernesto notó que el paisaje se tornaba denso, la tarde olía a lluvia y Teresa le contó que podían tener un carro si lo usaban para trabajar. También le dijo que su hermano era taxista, por eso podían viajar en auto y olvidarse un tanto de las destartaladas "guaguas".
  

Luego de media hora de marcha en bicicleta, dejaron atrás las casas modestas, pero de material donde vivían los cubanos y llegaron al Hotel Internacional: una construcción majestuosa, rodeada de restaurantes, piletas, palmeras y flores. Ernesto la invitó a tomar un trago, pero ella le dijo que debía cuidar las bicicletas. Se resignó y decidió recorrer solo las instalaciones turísticas. Acostumbrado a La Habana, donde no vio ranchos sino cientos de monobloques, se quedó perplejo ante los lujosos restaurantes y negocios del hotel donde sólo podían comprar los extranjeros. Las rumbas y las salsas se mezclaban con las langostas, los camarones y la pasta de ajo. Pero las voces que volvió a escuchar Ernesto, seguían hablando de socialismo: eran los mozos, las camareras, los taxistas y estudiantes que venían del trabajo colectivo:"Aquí no va a ver una Perestroika que nos lleve al desastre, habrá rectificaciones. Hubo mucha sangre derramada por la que lucharemos hasta el final. El nuevo lema es Socialismo o Muerte."
  

Después de que amainara la lluvia, se fueron del Hotel Internacional y Teresa siguió contándole:
    _ Mi verdadero padre vive en Miami, escapó en una balsa cuando yo tenía tres años y mamá se casó con otro hombre.
    _ ¿Vivís con ellos?
    _ Sí, desde que me separé; el departamento es chico pero no nos falta nada. Mamá cuenta que antes de la Revolución había mendigos y la mayoría de los cubanos vivían en chozas. No existían los hospitales gratuitos, los comedores en las fábricas, ni las guarderías. Pasaron treinta años, quiero tener mi casa, mi carro y viajar.
   

Teresa estaba cansada de escuchar la voz de Fidel. Las consignas de aliento al trabajo, la emulación socialista y la defensa ante un posible ataque extranjero. "Hacia nuevas hazañas combativas. Listos para vencer. La Patria os contempla orgullosos. Se preciso, apunta bien."
   

Al llegar a la playa, Ernesto intentó seducirla y como la lluvia había parado la invitó a nadar. Terminó por aceptar. Dejó las bicicletas en la orilla, al cuidado de unos amigos, y antes de entrar al mar le preguntó a Ernesto si le habían gustado las cubanas. Me gustan más las argentinas, sos la excepción, le respondió tomándola de la mano.
   

Bajo la sombra de la barraca, el policía, ese mulato de altísima estatura, vio cuando Teresa y Ernesto se internaban en el mar. El oleaje semejaba una montaña que no cesaba de acosarlos. Se asustaron, la orilla estaba lejos y ella sintió que había cometido una desobediencia. Recordó a su madre y a su padre que sólo había visto en fotos. Estaban extenuados en ese páramo de agua y sol. La corriente los había tirado mar adentro. La lucha era por la vida. Ernesto pensó en su novia y en su hermano desparecido durante la última dictadura militar. Era una herida que seguía abierta, por eso militaba en Amnistía Internacional.
   

Mientras Ernesto se cambiaba en el hotel, todavía asustado, pero con la satisfacción de haber salido del mar con vida, el policía le pidió documentos a Teresa. Ella no quiso subir a la habitación, no quería que la tomaran por una puta de la época de Batista. El antecedente, surgido por el radio llamado, decía que la chica estaba limpia aunque era su primer intento. Su padre era un "gusano" que había escapado a Miami, podría imitarlo o enamorar a este turista para casarse e irse del país.
   

Cuando Ernesto bajó de la habitación, el mulato que seguía indagando a Teresa trató de disimular: "Okay, eres argentino chico, conocemos por televisión a Olmedo y nos reímos muchísimo. Mis padres se acuerdan de Mirta Legrand, Sandrini, Estela Raval y hoy nos gusta Maradona. Después de Gardel lo más grande que tuvieron es El Che, aunque ya es medio cubano."
   

Cuando se quedaron solos, Teresa le dijo: Estoy nerviosa, me pidió antecedentes, me voy a mi casa. Mañana nos encontramos en la playa, tengo ganas de seguir conociéndote, de saber cómo vives en la Argentina y si tienes novia.
   

Ernesto la besó en la mejilla y se fue a la habitación. Se recostó en la cama. Mañana le diría a Teresa que había un par de mujeres en Buenos Aires con las que se encontraba de tanto en tanto. También una ex novia, compañera de Ciencias Políticas, con la que trabajaba en la biblioteca del Congreso. Pero Ernesto quería irse a vivir a Europa, donde podría desarrollarse mejor que en la Argentina. También le diría a Teresa que Cuba, más allá de sus errores, lo había emocionado. No se sentía indiferente ante tanto idealismo, tanto esfuerzo por lograr una sociedad más justa. Uno nunca está conforme con la sociedad en que vive. Mejor así, si no nadie lucharía por algo mejor, se dijo y bajó a cenar.     
   

A la mañana siguiente Ernesto fue a la cita. El mar embravecía según pasaban las horas. La arena caliente comenzó a enfriarse y el viento a mover los palmares. Se preguntaba por qué Teresa no llegaba. Estaría nadando en busca de la orilla como ambos lo habían hecho ayer. Esta vez ella lucharía sola en la profundidad del mar, abriendo estelas de espuma en medio de las aguas.
   

Cuando el paisaje de la tarde se tornó en un naranja violáceo, Ernesto se fue al bar de la playa. Fijó los ojos en las aguas del Mar Caribe que le provocaba sentimientos y reflexiones. Se fumó varios habanos, tomó copas de ron y trató de entender la ausencia de Teresa.