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Omar Amadeo Ramos  < Cuento  EL ESCARMIENTO  >

Omar Amadeo Ramos

CUENTO

                                                                      EL ESCARMIENTO
   
    Gaby dio un grito que astilló el silencio de la noche. Adolfo Sthaler encendió la luz del dormitorio y la escuchó decir: Chicos, ya no estoy muerta. Chicos, el castigo terminó. Por favor, déjenme salir del ropero que me ahogo. Hacía más de media hora que estaba encerrada con llave, el placard era grande y tenía luz en la parte superior, pero para Gaby era como un nicho.
   

Adolfo era el nuevo jefe de la barra, impartía órdenes como un líder seguro y severo que le llevaba varios años al resto de los muchachos. Bajo su mando se organizaron nuevos operativos: mataban perros y gatos, rompían las vidrieras de comercios judíos, arrancaban las antenas y escuditos de los autos y otras andanzas m s peligrosas.
   

Asustada, a Gaby le faltaba el aire y no toleraba más el encierro. Presenciaría cualquier cosa con tal de que la dejaran salir. Tito, que oficiaba de segundo jefe, destrabó la cerradura del ropero y le dijo que después de ver lo que hacían con un gato se sentiría más fuerte.
   

Adolfo ordenó ir a la quinta Lynch, un terreno de varias cuadras en pleno barrio de Martínez, repleto de eucaliptos, álamos, ombúes y yuyos en cuyos fondos estaba el colegio alemán al que concurrían casi todos los integrantes de la barra. Algunos salieron en bicicletas, otros caminando, mientras arrojaban hondazos a los portones de las casas. Al llegar, saltaron los cercos de alambre de púa y corrieron hasta el ombú más grande, con raíces de varios metros de largo y un follaje espesísimo. La noche estaba espléndida, la luna redonda y limpia iluminaba el escondite agreste, casi salvaje, frecuentado por perros y gatos vagabundos, algunos gorriones que anidaban en las ramas y los ocasionales linyeras. Adolfo se paró en una de las raíces y comenzó su charla. Les dijo que castrar gatos, ahorcar perros como hicieron con Corbata, el ovejero alemán de Don Fulgencio, o aventuras menores como robar frutas de los jardines servían para templar el espíritu. También mencionó a su padre, el teniente coronel Sthaler, quien hablaba de formar un nuevo ser humano que estuviera más cerca de Dios que de la tierra. Había que pasar del hombre masa al hombre dios. De acá a unos años, los mejores vamos a ir con mi viejo, nos van a enseñar a manejar armas y a tirar bombas de alquitrán en las sinagogas. Por ahora tenemos que practicar con el matagatos y con las cosas que vamos a hacer enseguida.
   

Clemente, un flaco pelirrojo, hijo de croatas, y Tito, un muchacho atlántico, fueron a buscar a la víctima. Después de unos minutos regresaron con un gato gordo y blanco, de pelos erizados y orejas roídas. Como estaba lleno de pulgas, Clemente lo metió en un balde repleto de agua y jabón en polvo. Mientras el gato maullaba y trataba de rasguñarlo, Tito le ató las patas con un alambre mientras Ramón le apretaba el cogote. Gaby miraba con espanto. Recordó a su perrito Boby, un caniche blanco que parecía una oveja cuando le cortaban el pelo. Adolfo agarró al gato de las patas y lo arrojó por el aire. El animal voló y cayó contra las raíces del ombú. El jefe, satisfecho, apretó los labios y sonrió. Seguro que habla, va a largar lo que tenemos que saber. Mi viejo me contó que los aliados hablaban enseguida, sobre todo los yanquis que eran unos caquitas. Luego, Adolfo ordenó que dejaran al gato en el piso porque era hora de que lo pusieran en la parrilla para que cantara como Gardel. Ramón fue a la casa de los patrones de su mamá y trajo la parrilla del quincho. Clemente buscó un transmisor, una batería, enchufes y un par de cables.
   

Gaby aprovechó la espera para escapar. Estaba asqueada, no quería ver más. Adolfo se dio cuenta pero no quiso interrumpir el operativo. En cuanto llegaron Clemente y Ramón pusieron al gato en la parrilla, lo ataron y conectaron los cables. Aún le latía el corazón, estaba inconsciente, tenía moretones en el vientre y sangraba por la nariz. La primera descarga le arrancó un aullido desgarrante y la segunda lo hizo vomitar. Entonces, Adolfo quiso mostrar todo su coraje incrustándole en los ojos dos clavos que ató a los cables. Inició las descargas y no las interrumpió hasta que supuso que el gato estaba ciego. Luego disminuyó la corriente. No es por piedad, no se confundan. Le¡ en un libro de mi viejo que cuando el prisionero está moribundo y uno cree que todavía le quedan cosas por decir, hay que aplicarle menos electricidad para que no se muera. Luego, explicó que la buena información es la que da el prisionero después de cuatro o cinco aplicaciones de picana. Antes se hace el macho y después es una piltrafa y puede inventar cualquier cosa. Hay que hacerlo cantar en el momento justo.
   

El jefe escuchó un quejido levísimo y comenzó a estrangularlo con las manos. Los algodones de la boca estaban empapados de una sangre oscura y caliente y la lengua morada colgaba retorcida entre los colmillos. Adolfo les dijo que tenían que quemarlo para no dejar ningún rastro. Debía convertirse en una ceniza que se llevaría el viento.
   

Con diarios, ramas, yuyos secos y kerosene que trajo Tito encendieron en medio de la noche una gigantesca y crepitante fogata. El gato se transformó en un montículo de brasas y cenizas que se fueron enfriando. El viento de la noche, los perros callejeros y hasta los gorriones se encargarían de dispersarlas. Adolfo les dijo que ya se podían ir a dormir, se reunirían por la mañana. Antes habló de la cobardía de Gaby. La guacha se escapó y hay que darle un escarmiento. A ver si termina como Juana de Arco. No la detuve porque en ese momento era m s importante el prisionero que la desertora.
   

A las nueve de la mañana se reunieron en la quinta bajo el follaje del ombú. Adolfo dijo que lo inmediato era ubicar a Gaby, una macana porque hoy quería hablarles del plan que estoy preparando. Se trataba de entrar por la noche al colegio alemán y secuestrar algunas cosas, pero quedar para m s adelante.
   

Cuando llegaron a la casa de Gaby, la madre les dijo que su hija se había quedado a dormir en lo de su amiga Patricia porque los padres se hablan ido a Mar del Plata. Les dio la dirección y allá fueron. Entraron saltando el cerco del jardín y buscaron la puerta de servicio. Adolfo violentó la cerradura. Recorrieron la cocina, el living y el comedor. Ram¢n abrió la heladera y destapó una botella de Gancia mientras Tito prefirió abrir una cerveza. Adolfo los dejó pero les dijo que no estaban ahí para joder sino para dar un escarmiento. Sacó dos fundas de los sillones del living y de su campera una soga. Esta vez me va a pedir de rodillas que la saque de muerta. La cosa va en serio, se corrige o desaparece. De inmediato subieron por la escalera a los dormitorios. Entre dormidas, las chicas trataron de resistirse pero Ramón y Clemente pusieron empeño. Adolfo las hizo sentar en el suelo. Estaban lívidas, con los ojos irritados de llorar. Patricia trataba de serenarse y de hacerles entender que ella no era del grupo. Gaby se aferraba a Boby que la lamía gimiendo. Tito la miraba obnubilado, los ojos fijos en los pechos que imaginó duros y grandes. Siempre había deseado tocarla, tenerla bien cerca como ahora, deslizar sus manos por su cuerpo desnudo y besarla. Tenso y excitado, intentó acercarse justo en el momento en que Gaby se desprendió de la soga. Tito la agarró del brazo y la apretó contra su cuerpo. Cuando quiso manosearla, Adolfo le estampó a Gaby un cachetazo fuertísimo que le sacudió la cara. Gaby temblaba y gemía, estaba con unos locos y lo mejor era callarse. Adolfo la empujó al piso. Si te levantás, sos boleta, quedate quieta y dejá de llorar. Después dijo a la barra que era una buena oportunidad para probar a Patricia. La guerra no admitía indiferentes, se estaba de un lado o del otro. No me lastimen, les pido por favor, gritó Patricia. Adolfo le deslizó una mano por la cara, bajó hasta el cuello y le desabotonó la blusa. Sus dedos se detuvieron en el corpiño, pero de inmediato le ordenó a Tito que la atara a una de las sillas. Encendé el tocadiscos por si grita demasiado y buscá una cuerda. Por lo bajo, Adolfo ordenó que fueran a buscar a Boby. Ramón lo ató con un cinturón. El animalito se contorsionaba y gemía mientras le sujetaban la boca con alambre. Tenía la trompa ensangrentada cuando le llegó la primera descarga de electricidad.
   

Gaby, espantada,trataba de ver desde el suelo. Si intentaba levantarse le pegarían de nuevo y le volvería a sangrar la nariz. Estaba aturdida, con un temor enorme, y por primera vez en su vida tuvo miedo de que la mataran. Sintió que Boby era un chico que lloraba y gemía. Los músculos se desprendían de los huesos quebrados. Ya moribundo recibía las últimas descargas de electricidad. De pronto, los ojos de Boby dejaron de moverse. Al igual que el gato tenía la lengua morada y retorcida entre los dientes. Adolfo dijo que esta vez había que hacer la fogata en el jardín. Gaby gritaba mientras Boby se iba transformando en una brasa. Si seguís llorando, te va a pasar lo mismo, gritó Adolfo tirándole de los cabellos. Te dije que podías terminar como Juana de Arco.
   

El fuego se extendía por el jardín. Quiero que se acerquen, grito Adolfo y les retorció las muñecas a las dos chicas. Cuando las llamas sobrepasaron la medianera y se propagaron al jardín vecino, Adolfo amenazó: si comentan algo, el castigo será mucho mayor. Digan que fue un accidente. Enseguida la barra saltó el cerco del fondo de la casa y escapó entre los yuyos y el humo. Las chicas no podían levantarse del piso. Los huesos de Boby desaparecían en el fuego.
   

Anochecía y la barra se encaminó a la quinta Lynch. Al llegar, Tito aún pensaba en los pechos de Gaby, mientras Ramón le decía a Clemente: esas cagonas no van a contar nada. Nadie les va a creer. No tienen testigos, gritó Adolfo desde lo alto de una de las raíces del ombú. Ahora, ustedes ya están listos para cosas mayores. Le voy a pedir a mi viejo que nos enseñe a manejar las armas para que podamos ayudarlo en la revolución de septiembre. Hay que estar preparados. Les ordeno que guarden este secreto. Si no el escarmiento será muy grande.
   

Mientras Adolfo hablaba de un destino de gloria, Gaby y Patricia lloraban en el jardín y las cenizas de Boby se enfriaban poco a poco. El viento agitaba las hojas del ombú. Sólo la luna iluminaba el escondite y la barra regresaba a sus casas en medio de gatos y perros vagabundos.