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Lidia Cenjor Heras   Relatos         "Infinitamente bella"

Lidia Cenjor Heras


 

Relatos

           "Infinitamente bella"


Era una niña bellísima, infinitamente bella, me atrevería a decir, incluso, perfectamente bella. Sus ojos negros se me clavaron aquel día, perdidos en las ruinas de la ciudad. Ella en una acera y yo en otra. Sin embargo, no sólo la carretera nos separaba.

    Aquella noche no pude dormir. Cerraba los ojos y se me aparecía en sueños, pero eran sueños inquietos y enseguida despertaba. Estaba agitado, algo en mi interior estaba naciendo y me empujaba a hacer algo, a despertar de mi letargo, a buscarla sin descanso hasta hallarla un día. ¿Acaso me estaba volviendo loco? Tal vez. Loco de amor por unos ojos de una cultura diferente y enemiga.

    A la mañana siguiente la busqué sin descanso, entre los restos de mi ciudad dividida. Desesperado por no encontrarme de nuevo con aquellos dos azabaches, arriesgué mi vida por verlos una sola vez, tan solo una vez más.

    Por fin la encontré, con su pequeño gorro sobre su perfecta cabeza, estudiando algo que jamás lograría entender. Volvió a fijarse en mí y supe que era la mujer de mi vida, por la que había rechazado a otras mujeres y por la que mi padre me había repudiado como hijo.

    Al acabar su estudio, volvió por el camino que había hecho el día anterior y la seguí. No podía perderla otra vez. Tras doblar una esquina, allí estaba ella, esperándome, algo asustada. No sabría explicar lo que sentí en aquel momento. La alegría me invadió, pero una gran preocupación ensombreció el instante. ¿Cómo podríamos llevar una relación? Dos mundos, dos culturas y una guerra. Ella en un bando y yo en otro. No obstante, lo intentamos.

    Pasamos aquel verano a escondidas, alejados del infierno de nuestra ciudad. Jamás discutíamos por la política o la religión; era tan fácil con ella. Cuando el sol se ponía, ella, junto con los colores del atardecer, me embargaba por completo, haciéndome olvidar todos los problemas: nuestra guerra, el hambre, el terrorismo,... Todo, excepto ella, desaparecía de mi mente. Luego la acompañaba a su casa, donde los besos enmudecían el ruido de las balas y los tanques.

    12 de abril de 2001. Habíamos quedado donde siempre, en un lugar a escondidas cerca de la parada del autobús cinco de Jerusalén, a las afueras de la ciudad. De repente, se oyó un tiroteo cerca de donde me encontraba. La guerra estaba llegando a lugares insospechados.

    Ya era tarde y ella era siempre puntual. Algo me hizo despertar del sueño en el que vivía y pensé que tal vez ella venía de camino cuando escuché los disparos.

    Así fue. Allí estaba ella, tan perfecta, tan bella y estudiosa con sus libros sobre el pecho. Parecía mirarme, pero estaba muerta. Se llamaba Hanna y era judía. Supongo que ese dios sin nombre quiso castigarla por enamorarse de mí, Saíd, un palestino. Lo habíamos salvado todo, su familia, las diferencias religiosas y culturales. Éramos una pareja de enamorados, nada que ver con Romeo y Julieta, pues nos queríamos más. Tampoco el final se parece, ya que ellos murieron, y yo, sin embargo, sigo vivo.

    Hanna murió en un fuego cruzado entre los que dicen luchar por mi patria y los que creen defender la suya.

    Todo se acabó aquel día. Las salidas a escondidas, los besos a oscuras, los atardeceres,... Ahora su alma seguramente me ronde dormido, porque se me aparece en sueños irreales – como son todos los sueños -, fantasmal, dulce, bellísima. Sin embargo, a veces se terminan convirtiendo en agotadoras pesadillas. Todavía oigo como me pedía que pusiera mi mano sobre su corazón: ¿ves, lo oyes, lo sientes? Dice que te quiere, me decía.

    Para mí (porque desde aquel día mi vida se detuvo) es como si hubiera sido ayer. ¿Qué más se puede decir de una chica de diecisiete años que acaba de morir? ¿Qué la quería? Ahora sólo me quedan sus ojos, mis recuerdos y la guerra.