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Lidia Cenjor Heras   Relatos         "Cinco meses"

Lidia Cenjor Heras


 

Relatos

               "Cinco meses"

Estoy en un lugar oscuro, húmedo, pero me encuentro bien. Tengo comida todos los días y me siento seguro y protegido. No llevo aquí mucho tiempo, sólo un par de semanas, pero estoy feliz.

            Mi vida transcurre tranquila, de vez en cuando me lleva a un sitio que no conozco y allí, la extienden una cosa fría, justo donde yo estoy, y luego salgo en una caja grande, y ella se alegra de verme. No sé quién es, pero ya la he cogido cariño, ¡ me cuida tan bien!

            La primera vez que la oí hablar me gustó el tono de su voz. Era firme, melodioso, sincero. Estoy seguro de que debe ser una mujer inteligente, responsable de sus actos. Al menos ese día así me lo pareció. Hablaba con otra mujer, que, por lo cascado de su voz, debía ser mayor que ella. Le dio la noticia, conmovida, nerviosa porque no sabía la reacción que iba a tener la que luego descubrí, era su madre. Ella le felicitó y le dijo que tendría su apoyo, que contara con ella. También Silvia, que así se llamaba su madre me pareció una mujer firme, consciente, increíble. No dudó en ningún momento, ella también me quería y haría lo posible por tenerme a su lado.

            Nos fuimos a vivir con Silvia y su marido Pedro y nos cuidaron muy bien. Teníamos todo lo que necesitábamos para ser felices. ¡Cómo disfruté aquellos días! Pero algo fue mal, no sé el qué, ni si fue culpa mía. Un día nos tuvimos que marchar de su casa, tras una discusión muy fuerte.

            Los siguientes dos meses fueron muy duros. Vivíamos en la calle con lo que la gente nos daba para comer. Ella enfermó y casi no la vuelvo a ver. Cada vez íbamos menos a ese sitio donde la untaban esa cosa viscosa y fría, y yo me veía en una caja con un cristal.

            Al final de este segundo mes, volvimos a ver a Silvia. Estaba en un sitio parecido al que íbamos para verme en la televisión. Tumbada en la cama, no parecía la misma mujer que meses atrás había conocido. Ahora era vulnerable, rodeada de tubos por todas partes y sin ni tan siquiera musitar una palabra con esa voz cascada que me había dormido durante horas en los tiempos felices.

            Un día, mientras estábamos en aquel lugar frío con ella, sonó un pitido fuerte y un montón de gente vestida de blanco se abalanzó sobre su cama. Me sobresalté, nunca había visto tanta gente junta, pero su voz, de nuevo volvió a calmarme. Calló para siempre tras decir: “Lo veré desde el cielo”. No sé a qué se refería.

            Después volvimos a la rutina de dormir en las calles. Pedro había discutido con ella y no quería saber nada de mí. ¿Por qué?, yo no le había hecho daño, o al menos, no conscientemente.

            Lo más horrible fue el mes siguiente. Ella se abandonó por completo. Yo le daba igual y pasábamos hambre y frío. Un día, un hombre robusto y gentil se ofreció para llevarle a su casa. Ella aceptó, y tras varias semanas de estancia en casa de este hombre, se declararon su amor. No sufrí por ello, más bien me alegré, de nuevo volvía a comer todos los días y a dormir caliente.

            El 22 de marzo fuimos a un sitio al que nunca habíamos ido. Había mucha gente y hablaban entre ellos. Le atendió una señora agradable que se mostró muy comprensiva. Yo no entendía lo qué pasaba, no sabía por qué esta mujer se comportaba de esta forma. Estuvieron hablando largo rato sobre su vida, luego pasaron a hablar del nuevo hombre que había llenado su corazón. Finalmente, hablaron de mí. Todo lo que salía de su boca eran palabras de amor, de felicidad compartida conmigo, pero, de repente una ola de agitación recorrió su cuerpo y rompió a llorar. Nunca la había visto así, y me asusté. Dijo que yo había sido fruto de abusos sexuales y que no podía soportar mi carga ni un día más. Añadió que no tenía dinero para mantenerme y que yo sería un estorbo en su vida, que no me podría educar cómo la gustaría.

Entonces fui yo el que se echó a llorar.  Nunca pude imaginar que tras cinco meses de estar juntos iba a reaccionar así. No me podía esperar eso de aquella mujer firme, responsable de sus actos que había conocido. Después me tranquilicé. No quise escuchar nada más sobre el discurso que le estaba dando a esa mujer. Me puse a pensar y me di cuenta de que estaba siendo injusto con ella. Sólo tenía dieciocho años y toda una vida por delante, un  nuevo amor que le había devuelto la esperanza tras el desengaño que había tenido con mi padre. Entonces vi que tenía razón, comprendía su postura. Seguramente esta decisión había sido la más dura de su vida, quizás se arrepintiese más tarde, pero en ese momento era lo que deseaba, o al menos eso se decía para consolarse.

Le dijeron que no había ningún problema. Una vez que demostrase los abusos, sería fácil, una sencilla operación, unos días de reposo y a disfrutar la vida.

El día de mi final lo comprendí todo. Supe que quería decir mi abuela con esa frase con la que terminó su vida. Ella también se había equivocado respecto a su hija. Posiblemente fue su apoyo lo que le faltó a Laia, mi madre. Ahora nos veríamos antes de lo previsto, ella cuidaría de mí en el cielo. Entonces noté que me adormecía poco a poco. No sufrí y entendí a mi madre. Ella me había dado todo lo que había podido, había aguantado hasta que su cuerpo y su mente dijeron basta. Sé que fue por mi bien primero, y por el suyo después y por eso entiendo lo que pasó, y la perdono.