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Lidia Cenjor Heras   Relatos        "Bandera negra"

Lidia Cenjor Heras


 

Relatos

             "Bandera negra"


    El sol comenzaba a desaparecer y como todos los días, Maruxa salió a pasear. Después del duro día de trabajo, adoraba vagar por el acantilado y desde allí ver el mar. Era un momento especial que anhelaba desde que se levantaba temprano. El acantilado había sido su lugar favorito desde que era pequeña, desde allí veía los barcos zarpar cada mañana, llegar al atardecer y allí había esperado el regreso de su padre y su hermano mayor durante días sin ver aparecer su barca en el horizonte.

    Aquel día, al regresar a casa, vio una luz parpadeante. Aunque a veces los aviones surcaban el cielo confundiéndose con las estrellas, esa noche la luz era distinta. Volvió sobre sus pasos al acantilado y contempló las señales que emitía el faro de un barco. No sabía que podía significar aquello pero una sensación de angustia recorrió su cuerpo.

    Llegó a casa y cenó algo del marisco que había recogido ese mismo día. Sus hijos estaban viendo la televisión y cuando ella acabó, se fueron todos a acostar. Sin embargo, Maruxa no pudo conciliar el sueño en toda la noche. Continuamente le venían a la cabeza las señales del barco: tres destellos cortos, tres largos y de nuevo, tres cortos.

    Al día siguiente, el despertador sonó a las cinco y media, esa hora que marcaba cada día un nuevo comienzo. Se levantó y fue a la cocina a preparar el desayuno. Comenzó a recoger la casa y mientras estaba haciendo su cama, vio que mucha gente se acercaba al acantilado.

    Sin apenas vestirse, salió hacia allí. Temía una nueva desgracia en el pueblo. Cuando llegó, preguntó a los muchos conocidos que se habían acercado. Al parecer un barco llevaba toda la noche a la deriva. Algunos comentaban incluso que se había partido. ¿Sería el barco que había visto la noche anterior? ¿Serían aquellas señales una llamada de socorro? Regresó cabizbaja y preocupada a su casa. Su ignorancia podría haber provocado alguna muerte y ella sabía de primera mano lo que significaba perder a un ser querido en la mar.

    Acabó las tareas de la casa, dejó a sus hijos en la parada del autobús del colegio y marchó hacia la playa.

    Según se iba acercando, vio que muchos de los conocidos que estaban en el acantilado habían bajado a la playa. De nuevo, esa sensación de angustia recorrió su cuerpo. Soltó todo el material de trabajo y corrió a la orilla.

    El espectáculo que allí sucedía hizo asomar las lágrimas a sus ojos, esos ojos que se habían vuelto azules de mirar el mar. Ahora entendía los destellos de luz, ahora comprendía que no sólo podría haber evitado una muerte sino mucho sufrimiento.

    Los días posteriores no pudo trabajar, pasó meses sin enfundarse sus botas de marisquera, organizando los miles de voluntarios que presentaban su inestimable ayuda y, sobre todo, escuchaba cada día la información que daban los medios de comunicación. Fue entonces cuando supo que ella no podría haberlo evitado y que la culpa no era suya. Agua salada brotó de sus ojos azul mar y lágrimas negras rodaron por su rostro cuando comprendió que aquel año no habría bandera azul, sólo la negra ondearía en su querida costa gallega.