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Siglo XVIII

Murchante

La larga lucha por su libertad

Siglo XVIII

LA LARGA LUCHA POR LA AUTONOMIA

1. LA GUERRA DE SUCESION
Para tener una idea cabal del cúmulo de desgracias que se abatían sobre la zona,hay que destacar que a las catástrofes naturales se añadían las causadas por la estulticia y maldad humanas, ya que todo lo anterior hay que verlo dentro del contexto de una guerra, la de Sucesión, que durante largos años rondó e incluso asoló la Ribera.
Este conflicto se originó en 1700 por causa de haber muerto sin sucesión el último de los Austrias: Carlos II, el Hechizado. El trono de España quedaba desierto ya ocuparlo acudieron Francia por una parte y el Imperio Austríaco por otra. Los diversos reinos y regiones españolas se dividieron en lo que fuera nuestra primera guerra civil, apoyando unos a los Borbones y otros a los Austríacos. Navarra se inclinó oficialmente por los Borbones de Francia mientras que Aragón lo hacía por el pretendiente austríaco: Carlos.
La Ribera y con ella Murchante, tierras fronterizas, pagaron el tributo de vidas humanas y devastaciones por las tropas, que son inherentes a una guerra. Este conflicto bélico que ha sido poco estudiado para Navarra, está totalmente oscuro en lo que se refiere a Murchante.
Sólo he podido encontrar la contestación que el pueblo dio a la carta de la Diputación en la que se solicitaba una relación de los hombres de entre 14 y 60 años, aptos para tomar lar armas. Por ella sabemos que eran 62 los posibles soldados, «muy mal armados ya que sólo disponen de 20 arcabuces de chispas y 4 de cuerda». (A.G. Navarra.- Sección Guerra-Leg. 6, Carp. 34). Por no tener, no tenían ni balas.
Entre 1706 y 1710, la guerra en la Ribera conoce varias alternativas llegando los pueblos a prestar juramento a ambos pretendientes: Felipe por Francia, Carlos por Austria, según quién los dominaba.
El momento más difícil ocurrió en 1710. La batalla de Almenara ganada por los austríacos llevó al ejército victorioso a Navarra. En agosto, Tudela, Cascante, Murchante, en fin la Ribera, prestan obediencia al Archiduque Carlos. Por octubre, vuelven a la obediencia de Felipe de Borbón al ser ocupadas por tropas de éste. Pero fue en noviembre cuando se dan los combates más encarnizados en los que hay noticias del saqueo de Cascante, lo que casi con toda seguridad ocurrió también en Murchante.
Afortunadamente las campañas de aquel invierno fueron favorables al francés con lo que el conflicto se alejó de nuestras puertas tomando rumbo a Cataluña. Sin embargo la guerra dejó tras de sí horror, muerte y desolación.
Ya hemos dicho antes que no tenemos datos económicos de lo que supuso para Murchante esta guerra, pero sí conocemos los de otras localidades. Concretamente en Tudela las pérdidas de ganado, hasta 1708, ascendían a la astronómica cifra de 70.000 ducados y Valtierra afirmaba haber gastado sólo en 1706, en alojamientos de tropas, manutención y armas para la guerra, 564 ducados .
A la guerra siguió su compañero habitual, el hambre. Nuevamente el trigo alcanzó precios olvidados desde 1631, por lo que el pan, alimento fundamental de las gentes, desapareció de la boca, y las hambres, el frío y la guerra llamaron a la muerte.
Lo poco que había crecido nuestro pueblo desde el censo de 1677, se lo llevó la parca en pocos años. Concretamente entre 1706 y 1709 nacieron 40 niños, pero por contra hubo 84 defunciones.
Para situar en su perspectiva estas cifras, tengamos en cuenta que el magnífico retablo que preside el altar mayor de la Iglesia de Murchante costó, en 1696, 400 ducados, pagaderos en tres anualidades.
La Guerra de Sucesión cerraba una época de profunda crisis que se había iniciado casi 100 años antes con la peste de 1631.

2. RENACIMIENTO DEMOGRAFICO
El siglo XVIII comenzaba con negros auspicios, afortunadamente no se cumplieron las previsiones, sino que es a partir de estos momentos cuando Murchante inicia el salto hacia adelante que lo ha llevado hasta lo que es en el momento actual.
Lo primero que llama la atención de nuestro pueblo es el gran crecimiento demográfico que experimenta durante este período. Una vez superadas las terribles circunstancias que hemos analizado, el camino aparece más despejado y el horizonte amplio.
Además tenemos una información mucho mayor de la población murchantina, puesto que los censos especifican ya los habitantes y no sólo las casas u hogares como anteriormente. Bien es verdad que ello ocurre solamente a partir del censo de 1786, mandado hacer por el Conde de Floridablanca, Ministro del buen rey Carlos III. Veamos pues, a la vista de los censos, la evolución de la población.
Habíamos dejado a Murchante con 36 familias en 1675. Hemos asistido también al cúmulo de crisis, hambres, guerras y muerte. Pues bien, a pesar de todo ello la vitalidad del pueblo es tal que en 1726, medio siglo después, un nuevo censo arroja la cifra de 59 familias lo que supone un crecimiento de un 66% , muy alto para la época y por supuesto mucho más elevado que el de la Merindad de Tudela que fue del 16% solamente.
Bien es verdad que Murchante continúa siendo un pueblo minúsculo dentro del conjunto ribero. Tengamos en cuenta que por entonces, Ablitas, a pesar de haber perdido vecindario, alcanzaba la respetable cifra de 242 familias, mientras que Cascante constituía una pequeña ciudad con sus servicios y las casi 500 familias. Sin olvidarnos por supuesto de Tudela, la altiva ciudad del Ebro que podía codearse todavía con Pamplona.
Sin embargo el futuro sonreía a Murchante de tal modo que el siguiente censo, efectuado en 1786, o sea sesenta años más tarde, el pueblo se ha ampliado considerablemente, ya tiene 125 casas y en ellas se albergan 486 habitantes que disponen de una serie de servicios como son pescadería, carnicería, taberna, horno para el pan, cirujano, maestro, sastre, alguacil e incluso una cárcel para posibles delincuentes. La economía municipal según nos la presentan los documentos era un modelo a seguir, ya que las cuentas siempre dan superávit en la balanza
de ingresos y gastos.
Como toda población en crecimiento, es esencialmente joven. Un 60% tiene menos de 25 años y son muy pocos los que rebasan la edad que consideramos hoy de jubilación. La esperanza de vida era sensiblemente más limitada que actualmente si tenemos en cuenta que de 85 matrimonios, sólo 5 superaban la fatídica edad de los sesenta años. Tampoco debemos olvidar otra característica de aquella sociedad: la gran mortalidad infantil por lo que a pesar de tener elevado número de hijos, las familias raramente eran numerosas. Pocos niños lograban conocer a sus abuelos y era tristemente normal que los hijos menores perdieran a sus padres antes de alcanzar la adolescencia. Todavía existen dos censos más para esta centuria; son los correspondientes a los años 1796 y 1797. El primero mandado hacer por la Diputación, el segundo por Godoy, Ministro de Carlos IV. Sin embargo son tan radicalmente distintos a pesar de la proximidad temporal que nos parecen poco fiables. El de Diputación señala ya 529
habitantes lo que está de acuerdo con la línea ascendente de todo el siglo. Pero el segundo, el de Godoy, en 1797, recorta sensiblemente esta cifra, hasta situarla en 462. ¿Cuál de ellos tiene razón? Creemos a la vista de los documentos originales que en este último hay ocultación de personas en su intento de pagar menos al fisco de su Majestad. No obstante lo que si está claro es que nuestro pueblo después de una espectacular carrera abandona el siglo XVIII con una población que ronda los 500 habitantes.

3. EL RENACIMIENTO ECONOMICO
Creo haber puesto de manifiesto la relación muy estrecha que existe entre economía y población, de tal forma que detrás de un aumento demográfico importante se halla una economía en desarrollo.
Este es el caso que nos ocupa. Murchante crece en sus habitantes por una natalidad alta pero también por el aporte de savia nueva que introducen los inmigrantes. A los apellidos antiguos, de rancia tradición, se van añadiendo otros como los ORTA que, provenientes de Cascante, aparecen en la segunda mitad del siglo XVII, los SIMON, GARCIA, ALDUAN, LLORENTE o los AGUADO que tan importante papel habrán de jugar en años decisivos.
Posteriormente los MAGAÑA, PARDO, ROSEL, y LAMANA se han unido a los anteriores y son ya habituales de Murchante en el censo de 1726. El aluvión continuará llegando a lo largo del siglo de tal manera que los apellidos que encontramos en el censo de 1796 cubren una gran parte del nomenclátor actual.
Incluso hay noticia de gentes llegadas de fuera de España, esto al menos parece desprenderse de una orden del Obispo de Tarazona por la que manda presentarse en la parroquia bajo pena de 4 ducados a «los extranjeros que de un año a esta parte han venido a vivir y estén casados» .
Faenas de trilla a comienzos del actual siglo. Obsérvese las primeras trilladoras en Murchante.
El auge económico de Murchante estaba basado en la agricultura y ganadería; sin embargo más que a nuevas técnicas agrícolas se debe a la colonización de nuevas tierras. No creemos a la vista de la documentación utilizada que los terrenos ganados al cultivo fuesen sólo del monte, sino más bien nos inclinamos por la puesta en cultivo de zonas que antes se dedicaban a prados. Digo esto porque todavía en 1817, el monte era comunal y no se cultivaban a fondo las tierras «por ser muy contingente (aleatoria) la recolección de la cosecha... pues se miran (las tierras) con muy poco aprecio, dejándolas unos y tomándolas otros» (Informe sobre la Riqueza Catastral de Murchante año 1817. A.G.N.).
Las tierras que llevaban el peso eran pues, las de la huerta, las cuales podían regarse con una cierta regularidad y los productos que se daban en ellos eran fundamentalmente cereales, vid y hortalizas.
LOS CEREALES cultivados consistían en trigo, cebada, avena y centeno aunque las cosechas eran irregulares, pero generalmente no bastaban para el consumo local por lo que había que comprar fuera.
No ocurría lo mismo con la VID que desde tiempo inmemorial sabemos se producía en nuestros campos. El vino constituía la principal fuente de ingresos y por serio colonizó tierras que anteriormente las ocupaba el ganado. Ello llevó a frecuentes pleitos entre agricultores y ganaderos como el que en 1693 sufrió Pedro García, cultivador de viñas en el llamado Saso de Murchante. Este término estaba situado en Monte Cierzo y la sentencia del Alcalde de Tudela perpetuaba la prohibición de plantar viña en él «ya que de ello resultaría perjuicio a los pastos de ganado para que está aplicado. (A. Municipal de Tudela. Libro 7).
Sin embargo la alta rentabilidad de la viña salvó todos los obstáculos alcanzando una importante producción que en 1802 se cifraba en 8.000 cántaros, los cuales en su mayor parte se vendían lejos en la Montaña de Navarra e incluso hay noticias que llegaba hasta las altas tierras de Agreda y Soria.
Por otra parte parece que fue a finales del siglo XVIII cuando comienza a destilarse aguardiente lo que indicaría la existencia de fábricas especializadas en ello. El censo de producciones de 1802 consigna 500 cántaros de aguardiente, lo que no está nada mal.
No debemos olvidar otros cultivos hoy desaparecidos que tuvieron su importancia, me refiero al CAÑAMO, ESPARTO y el MIJO.
Con el ESPARTO se fabricaban esteras, capazos, alforjas, albardas y sobre todo alpargatas. El MIJO servía para hacer escobas y sus semillas como alimento de gallinas y palomas.
Empero el más abundante en nuestro pueblo fue EL CAÑAMO, producto de gran importancia comercial en la Navarra del siglo XVIII.
De las 14.348 arrobas del Reino, más de la mitad las recogía la Merindad de Tudela: 8.030. En 1750, de cuyo año son estas cifras, Murchante recogió 300 robadas. Era un producto de terrenos pobres aunque a veces sustituía al trigo en años en que éste se pagaba poco. Ablitas se presenta como principal proveedor con 700 arrobas de cosecha anual. Los tallos del cáñamo se utilizaban para la cordelería tan necesaria en aquella época, mientras las semillas, tostadas, hacían las delicias de la chiquillería en tardes de domingo.
Llama la atención la ausencia del ACEITE entre los productos que se producían en el término municipal de Murchante. Los censos del siglo XVIII ni lo nombran y en 1817 solamente aparecen 12 robadas dedicadas a olivares. Sin embargo en los términos municipales de los pueblos que nos rodean constan muy abundantes desde el siglo XVI.
A destacar que el «empeltre» tan común en la actualidad, no lo era por entonces siendo la variedad imperante la llamada «Royal». No obstante, paulatinamente fueron sustituyéndose por tener muchas ventajas el «empeltre», entre ellas, mayor calidad del aceite y producir cosecha
todos los años.
LA GANADERIA, sobre todo la ovina, también tenía su importancia. El censo, tantas veces citado de 1802, nos da 1.100 ovejas, 350 corderos y 80 carneros. Como cosa curiosa hay que destacar el gran número de bueyes para la labranza, lo que parece indicar abundancia de prados. Sin embargo conforme avanzamos hacia el siglo XIX se van haciendo más escasos. Las ordenanzas escritas en la década de 1760-70 hablan del «excesivo número de bueyes y ganado vacuno que hay en este lugar» lo que parece indicar que los prados se iban agotando o convirtiendo en tierras de cultivo. Todavía en 1802, existían 16; pocos años más tarde, en 1817, sólo cuatro. La vida cambiaba y con ella los bueyes desaparecieron siendo sustituidos por el ganado mular y
caballar .

4. LA PROPIEDAD DE LA TIERRA
Ya hemos visto cómo la parte del término municipal que no se regaba, el llamado monte, seguía comunal por aquel tiempo. También lo eran tierras más cercanas al pue;blo como Charas. En la huerta existían prados comunales donde podía pastar ~l ganado mayor y menor de los vecinos. Tales prados eran los de Arenas, Correas y Campo Bajo. Sin embargo la huerta estaba ya por entonces en manos particulares. El censo de 1797, nos señala 40 labradores o sea propietarios y60 jornaleros sin tierras. La mayor parte de los propietarios lo serían de poca extensión al menos en el término municipal de Murchante. ¿Por qué? Pues muy sencillo, porque el mayor propietario lo era el Obispo de Tudela, heredero de los Deanes, señores del pueblo.
Tuve la fortuna de encontrar en el Archivo de Protocolos de Tudela, las fincas que arrendaba el Obispo así como las condiciones que imponía a los arrendatarios. Asimismo, saqué a la luz un padrón de 1809, en plena guerra de la Independencia, con los vecinos del pueblo y sus propiedades. A través de él nos damos cuenta quién era el amo de Murchante. Las propiedades del Obispo eran las siguientes: Un palacio, varia casas, el horno de cocer el pan, único que existía en el pueblo, así como el molino harinero, movido con agua del Queiles, también en régimen de monopolio. Además de ello, era dueño de las siguientes propiedades rústicas:
-540 robadas de tierra blanca.
-60 robos de landa.
-150 robos arrendados a particulares.
Estas últimas, cuyas condiciones de arriendo sacamos a la luz, se situaban en los términos de TRAS DEL QUEILES, SOLADRERO, SAL DEL MONTE, PAGO, MANANTIO, CALTAN, CAMPO BAJO y JUSPOYO. Es decir por toda la primitiva huerta.
CONDICIONES:
-No se pagaría renta alguna en metálico.
-Tiempo de arriendo a voluntad del Sr. Obispo.
-Este recibiría 1/4 de la cosecha puesto en el granero o en las eras.
-Además, el Diezmo (1/lO) de lo que le queda al arrendatario.
-Por supuesto es por cuenta del arrendatario, recoger y trillar con caballerías y aperos necesarios.
-Después aventar, limpiar y entrar el trigo en el granero del Sr. Obispo.
-Por último es obligación del arrendatario limpiar acequias; escorrederos y pozos de las fincas.
Las citadas condiciones se firmaron ante el Notario D. Joaquín Urrutia, el año 1785. Ahí quedan como un ejemplo de cláusulas de contrato entre dueños y colonos; que los labradores actuales juzguen si eran o no rentables.

5. LOS NUEVOS SERVICIOS MUNICIPALES
Una pequeña comunidad que tendía a autoabastecerse, como hemos visto en nuestro pueblo, necesitaba de poco para seguir adelante. Un molino a cierta distancia del lugar, movido por agua, que convirtiera el trigo en harina y un horno donde cocer el pan, eran los elementos indispensables. Como sabemos el dueño de ambos era el Deán que monopolizaba el servicio, por lo que a veces, como todo monopolio tendía al abuso y mal servicio.
He encontrado abundantes quejas sobre el funcionamiento del horno público, como aquélla de 1626 que los regidores envían al Deán para que lo arregle y ponga persona a su cargo. Se quejaban que llevaba varios meses sin funcionar lo que les obligaba a cocer el pan en Tudela y otros pueblos <con grandes costos y abandono de la administración de sus haciendas> .
Hasta 1782 se cocía dos veces por semana, pero a partir de esta fecha y después de un pleito que zanjaron los tribunales de Pamplona, consiguieron que cociese el hornero cuantas veces lo mandasen los regidores. A aquél lo seguía nombrando el Deán en arriendo por un período de diez años, sin embargo a partir de dicha sentencia el pueblo tomaba una competencia más al poder multar al hornero si no cumplía su obligación, y de hecho así se hizo: José de Orta fue multado con 50 reales por haber quemado parte del pan. Además de estos servicios existían otros que se habían instaurado según las necesidades. Desde muy antiguo el Concejo era dueño de la carnicería, hierbas yaguas, las cuales arrendaba a ganaderos con la obligación de abastecer de carne al pueblo con unas condiciones bastante estrictas.
Posteriormente, a finales del siglo XVIII, el concejo tenía los servicios de taberna, tienda, tejería, que se sacaban a pública subasta por el período de un año. Con ello conseguía unos ingresos a la vez que aportaba un servicio a la comunidad.
Al crecer el pueblo, la existencia de muchos vecinos hizo pensar en traer servicios que hasta entonces estaban vedados. Es el caso del herrero, del cirujano y del maestro, que analizamos a continuación.

El herrero:
El primero, el herrero, posiblemente no hubiese existido con anterioridad y los vecinos compraban o arreglaban en Tudela o Cascante lo necesario. Sin embargo en 1752, el Concejo establece un contrato con Francisco Agreda por el que éste se comprometía a venir dos veces
por semana (3 en la siembre) para apuntar las rejas,. a cambio el pueblo le pagaría 6 cargas de trigo anuales.
Además, el citado Agreda pondría a disposición de los labradores «una muela donde han de amolar las azadas». Por cierto que al lugar se le llama «oficina de apuntar» lo que puede dar lugar a jocosos equívocos.
Al correr los años -1802- el oficio lo ejerció un vecino del pueblo Fermín Gómara, que a la vista de las necesidades, tenía su «oficina» abierta todo el año desde el amanecer hasta las 9 de la mañana, lo que suponía una mejora importante en el servicio.

La sanidad:
El cirujano es el primer peldaño en el servicio de sanidad en Murchánte. Al leer la palabra cirujano no debemos pensar en lo que hoy conocemos por tal, sino en algo mucho más sencillo: cirujano era el que afeitaba, cortaba el pelo, sangraba y acompañaba a los médicos en las visitas a enfermos.
Desconozco si había cirujano en Murchante antes del siglo XVIII. Es posible que sí aunque en los censos no se especificaba como tal a ningún vecino. Sí sabemos con seguridad que lo había en 1747, cuando consta como tal José Ralagra. Más tarde, en 1752, firma escritura de conducción como cirujano Joaquín Fernández, vecino de Cascante. En el contrato se especifica la duración: 3 años y el salario: 24 cargas de trigo anuales.
En general duraban poco tiempo. Murchante, localidad pequeña, no podía pagar altos salarios y los buenos profesionales buscaban otros horizontes. Cuando crece en habitantes puede ofrecer más pero también exigir más. Así en 1802 al quedar vacante la plaza se presentaron dos solicitudes: José Arriazu de Ablitas y Tomás Aldasoro de Tudela. Resultó elegido el primero con un salario de 32 cargas anuales y con las siguiente condiciones:
1. Habrá que visitar a los enfermos 2 veces al día, afeitarlos, sangrarlos y cortarles el pelo, sin cobrar nada salvo el dinero de la conducción.
2. No podrá salir del pueblo sin permiso de los regidores. Si lo hace deberá poner sustituto idóneo.
3. Siempre que faltare se le pondrá de multa 1 ducado o más, a juicio de los regidores.
4. Deberá asistir y acompañar a los médicos a las casas de enfermos siempre que viniesen a visitar; bajo pena de un ducado si no lo hiciese .
El salario, como vemos se pagaba en especie, no en dinero, lo que evidencia una economía poco evolucionada donde la moneda era todavía poco corriente.
Las 32 cargas de trigo se repartían entre los vecinos y ello constítuía lo conducción.
Por lo que respecta al MEDICO no había en Murchante. Cuando la enfermedad llamaba a la puerta eran los médicos de Cascante quienes acudían a visitar, acompañados del cirujano. Ello evidencia una asistencia sanitaria deficiente, lenta y lejana pero que continuará así hasta principios del siglo XIX, cuando una fuerte epidemia de fiebre amarilla causó tantas víctimas que los regidores, escarmentados por tan trágico desamparo, buscarán un médico fijo para el pueblo. Lo encontrarán en la persona de Fco. Javier Ramírez, natural de Peralta, que se comprometió a servir al pueblo por un período de tres años a partir de 1805. Las condiciones del contrato son muy parecidas a las del Cirujano.
En primer lugar el pueblo le pagaría cada año por el mes de agosto 258 pesos fuertes. (A los pesos fuertes se les conoció después como duros). A cambio el doctor Ramírez debía:
«Primeramente: Residir de continuo en este lugar, visitando los enfermos tarde y mañana y siempre que hubiera necesidad, y fuese llamado así de día como de noche.
Iten: que pueda salir a pasear, o, a donde le convenga no hubiendo enfermo de cuidado pero precisamente a de volver al mismo a pernoctar .
Iten: que habiendo enfermo de consideración y de carrera, no pueda salir ( el médico) del lugar sin licencia de los señores Regidores y en ese caso deberá dejar substituto.
Iten: que por ningún caso pueda pernoctar fuera de este lugar sin licencia de dichos señores Regidores y si se le permitiere a de ser de la obligación del mencionado Ramírez poner otro médico que levante y cumpla sus cargas y obligaciones» .
El contrato se firmó ante el Notario de Cascante, Valentín Urbasos y solamente estampó su firma el médico puesto que ninguno de los regidores, Claudio Lorente y Diego González, sabían hacerlo.

La enseñanza
La enseñanza es un caso aparte. Aunque no tenemos noticias directas podemos pensar que ya en el siglo XVI, había escuela en Murchante. Empero, al igual que ocurría con la sanidad, la enseñanza difería bastante con la que se da en la actualidad.
En primer lugar no había maestros propiamente dichos sino que el sacristán ejercía a la vez en la iglesia y en la escuela. Como podemos imaginar el grado de instrucción de estos sacristanes no sería muy elevado, así que se limitaban a enseñar a leer, raramente a escribir y casi nunca a contar. Por otra parte, la enseñanza estaba en manos de los Ayuntamientos y de los padres que eran los que pagaban directamente al maestro; por ello no es de extrañar que al no ser obligatoria la asistencia el absentismo fuese muy grande y por consecuencia el analfabetismo se extendiese a la mayor parte de la población.
Muy influida por la Iglesia, la sociedad buscaba en el maestro, no al profesional que enseña, sino más bien al hombre que por su virtud sirviese de ejemplo a los niños, de ahí la importancia que se daba a la enseñanza de la doctrina cristiana en las escuelas.
La primera noticia que tenemos en Murchante sobre este asunto se remonta al año 1600, en que el Ayuntamiento de Tudela vistas las buenas cualidades del sacristán murchantino Francisco Cerdán, le nombra maestro de la escuela pública de la ciudad. Observemos las razones que esgrimen porque no tienen desperdicio.
«Importa tener en las repúblicas maestros de vida ejemplar para enseñar a los niños actos de virtud ya leer y la doctrina cristiana y porque tienen noticia que Francisco Cerdán, sacristán de Murchante, es persona hábil y suficiente y está en nombre de muy recogido y de virtud...».
Tómese en cuenta que en una ciudad tan importante. como Tudela en aquella época, sólo se enseña a leer, no se habla para nada de escribir, ni de contar. Por supuesto lo de sumar, restar y otras operaciones aritméticas pertenecían al terreno de lo utópico. Por eso, no es de extrañar, que los hijos de padres pudientes tuviesen maestros particulares que les educaban en sus propias casas.
Esta situación continuó hasta bien entrado el siglo XVIII, conocido también por el Siglo de las Luces. En él los gobiernos toman conciencia de la grave situación intentando remediarla. La primera medida fue intentar que los que ejercían de maestros pasasen un examen en Pamplona y si lo superaban obtenían el título de Maestros Examinados, lo que les autorizaba a abrir escuela.
A pesar de todo, como eran los Ayuntamientos quienes los nombraban, muchas veces elegían no al mejor y más preparado, sino al amigo o familiar. Tal es el caso que se plantea en 1755 entre Mateo Lorente, sacristán y Roque de Mesa, maestro examinado de 1º de letras, para cubrir la vacante de la escuela de Murchante. Ambos presentaron sus méritos y puestos a votación entre los vecinos el resultado fue de:
-Mateo Lorente: 56 votos.
-Roque de Mesa: 4 votos.
Ni hay que decir que el primero era natural de nuestro pueblo.
Vimos anteriormente que no era el Estado, como hoy día, sino el Ayuntamiento y los padres de los alumnos quienes pagaban al maestro. El primero una cantidad fija anual en metálico, los segundos en especie, generalmente trigo. Como podemos imaginar el pago sería exiguo y muchas veces tardío. Por ello no debe sorprendernos que surgiese el remoquete: «Pasas más hambre que un maestro de escuela». Para remediarlo se convertía en un ser pluriempleado: sacristán, organista, campanero y... maestro.
Lo mismo que ocurriera con los cirujanos, a través de la documentación sentimos el trasiego constante de sacristanes-maestros que dejan el oficio o buscan otras localidades con mayor salario.
Sin embargo conforme pasan los años vemos crecer la sensibilidad de las autoridades ante el problema de la enseñanza y su calidad. Así en 1775, los regidores y personas influyentes se reúnen para tratar un asunto peliagudo: la falta de enseñanza primaria en Murchante.
El hecho era grave porque de dos años a esta parte ya fuese por falta del sacristán ya por holganza de los niños, nadie daba ni asistía a las clases. Por ello se tomaron medidas drásticas como la de obligar a los padres de los niños entre 5 y 11 años apagar al maestro tanto si asistían a la escuela como si no lo hacían. En cuanto al maestro se le exige puntualidad y si faltare a las clases se le retendría medio robo de trigo por día.
Quince años más tarde -1790- es incluso el Obispo de Tudela, a cuya diócesis pertenecía el pueblo, quien ordena retribuir al maestro con 200 reales anuales tomados de los bienes parroquiales, los cuales se añadirían a los que asignaba el Ayuntamiento y padres, por ser «un oficio tan preciso» .
Quizá por ello aumentó el número de solicitudes y Murchante a pesar de ser una de las localidades menores en habitantes, aparece en 1792 con maestro y además «examinado» , cosa que no podían decir muchos otros pueblos que ni siquiera contaban con él, como era el caso de Cadreita y Monteagudo entre otros.
Lo mismo que los oficios anteriormente estudiados, el maestro-sacristán firmaba un contrato por tres años. Veamos las condiciones:
-Enseñar a leer, escribir y contar .
-Horario escolar: 3 horas mañana, 8-11.
3 horas tarde, 1-4.
que variaba según las estaciones.
-Duración del curso: Todos los días del año, salvo festivos.
-Asistiría diariamente con sus alumnos a misa y rosario parroquiales .
-Salario: 296 reales anuales pagados por el concejo.
Además cada padre pagaba 4 cargas de trigo anuales.
-Edad de los alumnos: de 5 a 12 años.
A destacar la ausencia de vacaciones estivales, Navidad y Pascua que sin embargo eran en parte sustituidos por las numerosas fiestas del calendario eclesiástico de aquellos tiempos. Nótese la ausencia de maestra para niñas, lo que evidencia una vez más el estado de marginación de la mujer, cosa que ocurría en la mayor parte de los pueblos de la merindad.

6. A LA BUSQUEDA DE SU PROPIA IDENTIDAD:
LAS NUEVAS ORDENANZAS MUNICIPALES
El siglo XVIII, en el que tantos cambios hemos visto efectuarse, va a conocer el mayor; el poderse dar a sí mismos los murchantinos Ordenanzas, es decir normas que, como su nombre indica, pongan orden en la vida del pueblo.
Esto que a primera vista aparece como honesto y normal, costó cientos de años de lucha en los que nuestros antepasados pelearon en sucesivas generaciones contra quienes se oponían tenazmente: los Deanes y la Ciudad de Tudela.
Desde el siglo. XIV, a poco de tomar posesión en solitario del señorío de Murchante, los Deanes quisieron dejar bien claro su dominio dictando por sí mismos las primeras ordenanzas de que tenemos noticia. Pero también a partir de este mismo momento, comenzó la rebeldía del pueblo; al principio sorda después, conforme pasan los siglos, más valiente y bulliciosa.
Pero antes de seguir una aclaración. Creo haber puesto de manifies to la tremenda desgracia que para Murchante supone el carecer su Archivo Municipal de documentación anterior del siglo XIX, pero es el este caso Concreto de lucha y pleitos por conseguir la propia jurisdicción, donde más se nota este vacío. "Porque para estudiar y analiza este período transcendental no tenemos sino el testimonio de sus oponentes es decir, los documentos de la ciudad de Tudela y los que SI guardan en el Archivo Decanal. Será, pues, a través del espejo de su opiniones donde intentemos seguir el largo camino que lleva a la libertad y autonomía.
La necesidad de guardar escrituras, despachos y sentencias fue advertida ya por los regidores de Murchante a fines del siglo XVIII. ) tal fin comisionaron a Valentín Urbasos, notario de Cascante que llevaba los asuntos del Ayuntamiento, para que ordenase el Archivo Municipal y realizase un inventario de los documentos existentes porque «en su archivo (municipal) tienen muchos instrumentos despachos sentencias, ganados en las causas que han seguido contra la ciudad de Tudela y otros pueblos en consecución de sus derechos, pero se hallan tan incoordinados, barajados y revueltos que no pueden valerse de ellos». Prácticamente ninguno de los documentos a que se hace referencia ha llegado hasta nosotros; yo lo achaco, no a la dejación de los antepasados sino al pillaje, saqueo y destrucción que sufrió el pueblo por las tropas francesas durante la guerra de la Independencia, concretamente en noviembre de 1808.
Para paliar esto, he buscado con verdadero interés, este inventario entre los legajos correspondientes a Valentín Urbasos, del Archivo de Protocolos en Tudela. El resultado ha sido nulo, las pesquisas resultaron infructuosas.
Dejando aparte algunas escaramuzas que se dieron ya en el siglo XV y de las que tenemos escasas noticias, la verdadera guerra llegó con la centuria siguiente. Efectivamente el crecimiento demográfico y la llegada de nuevos vecinos acostumbrados a mayores índices de independencia, llevó al primer pleito por conseguir unas ordenanzas propias no impuestas. Era el año 1553 y ganó la batalla el Deán JUAN DE LUNA, famoso en los anales de la catedral por los abundantes litigios contra sus súbditos murchantinos. Con la Iglesia habíamos topado, no hubo sino acatar la sentencia. Sin embargo, no cejaron en su empeño los regidores murchantinos y aprovecharon la más mínima dejación de poder para adelantar posiciones. El enfrentamiento entre nuestro pueblo y su Señor era tan evidente que hasta el Canónigo Lecumberri, parte y defensor de los derechos del Deán no puede menos que declarar « ...la experiencia que tenemos de la tenaz aversión con que los vecinos de Murchante han mirado y miran los derechos de la Dignidad (el Deán) ejercitándola con sucesivos recursos y valiéndose de sus vacantes para adelantar sus ideas». (Tomado del recurso contra la sentencia favorable al Concejo de Murchante, en 1783).
El siguiente paso hacia la independencia y por cierto importantísimo lo da Murchante en 1645 cuando, como un pueblo más, en uso de propia jurisdicción, compra al Rey mediante escritura, la parte que le corresponde de los Montes de Cierzo, apareciendo como entidad soberana. A partir de este momento el asunto se complica porque el Deán, que sigue siendo el señor de Murchante, entra en colisión con el Alcalde de la ciudad de Tudela que ejerce también la jurisdicción civil y criminal.
Estos dos poderes, el eclesiástico por una parte y el civil por otra, serán las dos barreras que habrá de ir superando a lo largo del tiempo.
Lo primero en que se consiguió independencia fue en asuntos económicos por lo que el pueblo podía organizarse de tal manera que hubiese autonomía en los gastos municipales. Ello propició la existencia de dinero para los abundantes pleitos y que muchos de ellos se ganaran, con lo que la autonomía se iba afianzando. Los que llevaban la peor parte son los regidores, dos vecinos que se renuevan anualmente para administrar y gobernar el pueblo. Los conflictos más graves se dieron con Tudela, y ésta, amparada en su mayor fuerza, llega incluso a tomar presos a los regidores que se oponen a sus abusos. A pesar de la escasez de información podemos ver como conforme avanza el siglo XVIII las sentencias se hacen cada vez más favorables a Murchante alcanzando con ello cotas más altas de libertad.
Famoso, pero también largo y penoso, se hizo el expediente que, a instancias de la ciudad de Tudela, se siguió contra los regidores: Francisco Lorente y Roque Pardo. Fueron presos y conducidos a Tudela por negarse a auxiliar a los alguaciles tudelanos en el registro de las casas del pueblo. El motivo era baladí: se acusaba a varios vecinos de tener en sus casas olivas rebuscadas en tiempo ilegal. Aquí lo que menos significa son las olivas, ya que lo importante es el choque entre las autoridades locales y las tudelanas. El pleito llegó al Tribunal de Navarra y fue tan sonado que duró desde 1770 hasta 1778; por fin dictó sentencia a favor de Murchante, declarando nulos y sin ningún valor los procedimientos de la capital ribera. Apoyándose en otra de 1756, el alto tribunal formuló que «Tudela tenía sobre Murchante, jurisdicción Civil y Criminal, pero no política ni económica».
Pero el más sonado y largo de los pleitos se suscitó por la necesidad de establecer nuevas ordenanzas que organizasen la vida económica y social del pueblo. Con seguridad que las anteriores, impuestas por los Deanes, estaban ya inadaptadas a los nuevos tiempos. A este deseo, que hoy nos parece legítimo, se opuso con todas sus fuerzas la iglesia tudelana con el Deán a la cabeza.
El hecho comenzó en 1751 cuando los regidores José Simón y Francisco Lorente, al frente del concejo de vecinos, decidieron pedir autorización al Consejo Real de Pamplona para establecer ordenanzas que regulasen los abusos que se daban con los ganados en la huerta y el monte. Sabemos que se dio autorización pero ignoramos si se llevaron a cabo. Lo que sí estamos seguros es que en 1763 se produce una nueva petición y se nombra una comisión que active y concluya las diligencias. De nuevo aparece FRANCISCO LORENTE, al que hay que ver como una de las personas más enérgicas e influyentes de la 2.8 mitad de siglo, y que tuvo decisiva importancia en los avances que consiguió Murchante.
No fue hasta 1769, cuando definitivamente quedaron redactadas y aprobadas por el Real Consejo las Ordenanzas que, con el paso del tiempo, se habían perfeccionado y ampliado hasta 58 artículos que hacían referencia a otros tantos aspectos de la vida murchantina. No dejó , de oponerse la ciudad de Tudela con tenacidad pero al fin cedió en el expresado año.
Más fuerte y virulenta fue la reacción del Deán que opuso enconada resistencia, llegando incluso a redactar y dar a imprenta un opúsculo de 32 páginas contra los Regidores, vecinos y Concejo del lugar de Murchante, en el que solicita basado en amplísimos argumentos, se revoque la sentencia del Consejo, que autorizaba las Ordenanzas murchantinas. La redacción de este recurso lleva fecha de 27 de abril de 1783, por lo que el pleito iba ya por los 32 años de antigüedad. No tenemos ninguna noticia de qué ocurrió con posterioridad pero todo parece indicar que la sentencia del Consejo continuó en firme y Murchante pudo disfrutar, al fin, de Ordenanzas propias. Digo esto porque pocos años más tarde, concretamente en 1796, se dio otro paso importante; por una parte hacia la autonomía y por otra, de cara a dotar al pueblo de los servicios necesarios. Me refiero a la necesidad que constatan los regidores de crear lo que se conocía entonces como «ministro de Justicia» y que no es otro sino un alguacil.
Ello nos evidencia el grado importante de autonomía a que se ha llegado, así como el crecimiento demográfico del pueblo que hacía necesario una persona con autoridad en la que delegasen los regidores cuando «ocurre una prisión o imponer alguna pena».
En el escrito dirigido al Real Consejo solicitando la autorización se hace hincapié que «sin embargo de ser dicho lugar de bastante población se halla sin persona alguna que sirva al empleo de Justicia». El citado organismo dio su consentimiento nombrando para el cargo a JUAN LACARRA con un sueldo de 88 reales anuales; pudiendo el pueblo en cualquier momento quitarlo y nombrar otro en su lugar. Así es como queda instituida la figura del alguacil en Murchante.
Con ello se completaba la lista de nuevos servicios que, como hemos visto, se han ido creando a lo largo del siglo XVIII.