Visita Nº
Página de las artes.
Ir a Página de Inicio Relación de todos los artistas y autores que exponen. Mándanos un Email. Disculpad las molestias. Libro de Visitas CLAUSURADO. Tablón de Anuncios y Noticias Forum del Arte
Alberto Añón   <Un sueño de ida y vuelta>

Alberto Añón

Contraportada_UN_suenio_de_ida_y_vuelta.jpg (44049 bytes)

UN SUEÑO DE IDA Y VUELTA

 

El libro en sí

 Está dividido en tres partes: la primera nos hace retroceder a la infancia. Cuando se es adulto y se mira hacia atrás se ven las cosas con escasa nitidez, pero existen momentos, anécdotas y vivencias que siempre persisten en nuestra retina; la segunda según los expertos es más ensayo que novela, debido a que intento explicar en qué consiste el trabajo de elaboración de la uva, es la parte donde más ahondo en la figura del agricultor, con sus costumbres, manera de entender la vida y su trabajo de ahí que quizás esté más cerca del ensayo que de la novela; la tercera vuelve otra vez al genero novelístico y nos introduce en el romanticismo, que tanto gustó en “Llamémosle Primavera”. Personalmente, de la parte que más a gusto me he sentido ha sido la segunda, tal vez por lo fácil que me ha resultado confeccionarla.

La trama del libro nos introduce en dos mundos paralelos. En primer lugar la vida de Álvaro llena de recuerdos, principalmente malos, gracias al suicidio de su padre por problemas económicos. La muerte de Antonio tendrá importantes consecuencias en el desarrollo de su personalidad y en la toma de decisiones. Después, nos encontramos con el personaje de José, tío del primero y hermano de Antonio, quien un día tuvo que emigrar de Portillas por un desengaño amoroso. Tras muchos años de trabajo en el extranjero vuelve al pueblo con un idea en su cabeza: vivir los últimos años de la mejor forma posible. Uno en busca de sus sueños y el otro de vuelta de ellos. Estos dos son los principales personajes y sus sueños e historias van unidas a Atenea, Sandra y Esther quienes aportan otro tipo de visión sobre los sueños. El agricultor de siempre lo encarna Daniel, quien desde que nació ha vivido en Portillas y tiene mucho que contar sobre los avances del sector y la manera de entender la vida de antes y de ahora.

La novela es TOTALMENTE ficticia a pesar de que muchas anécdotas sean propicias para situarlas como reales. He querido llamar a la villa, donde se desarrolla la trama, Portillas, ya que no quiero ninguna relación con Cascante. Mucha gente, dado que soy natural de allí, creerá que Portillas es la ciudad donde vivo, pero muy lejos de la realidad. En el diseño urbanístico se parece a un pueblo de la Rioja y que tantas veces he estado, pero sin del todo ser tal. Incluso el número de habitantes y la personalidad de estos he querido que fuese diferente a la que yo conozco, para que nadie se sintiera molesto e identificado con el desarrollo de los acontecimientos. Quiero recalcar que he intentado hacer un híbrido de todo, desde personajes hasta localizaciones. Por lo tanto, quien quiera encontrarle algún parecido en personajes, localidades y situaciones, se estará equivocando: confundiendo pues la realidad.

 

Fragmentos de Un sueño de Ida y Vuelta

 Los primeros años de mi vida los pasé en un pequeño pueblo situado en el sur de esta comunidad – Navarra - llamado Portillas... Vine al mundo, según mi madre, en una fría tarde de un ocho de enero, cuando los sueños, premoniciones y peticiones de las personas, ante el nuevo año que entra, están todavía sin consumar. A menudo, cuando el termómetro marcaba bajas temperaturas solía decirme: - hoy hace más frío que el día que tú naciste, nunca he conocido uno tan frío como aquel y la época de nacimiento marca, de por vida, los caracteres de las personas-... De mi padre apenas recuerdo cosas, pero te hablaré de él, porque mi vida siempre ha tenido mucho que ver con la suya, condicionada por su triste destino, el cual estuvo señalado desde el principio de su existencia con una clara predestinación. Era el menor de dos hermanos y tenía una pequeña hacienda dedicada principalmente al cultivo de la vid y el cereal... Su hermano mayor emigró muy joven al extranjero y mi padre se tuvo que hacer cargo de las tierras de mi abuelo. Al igual que sus antepasados, había decidido desde muy temprana edad dedicarse a la agricultura, lo mismo que casi toda la gente en el pueblo, que tenían en el campo su sustento... No me preguntes cómo era físicamente, porque no sabría responderte con total exactitud, aún siendo como soy muy buen fisonomista y decirme la gente que era una prolongación de él, heredando todo su físico. Pero en realidad muy poco me acuerdo de él... Los únicos rasgos que me vienen a mi mente son sus ojos tan azules como el mar, su negro y envejecido rostro a pesar de no tener más de treinta años, fruto de todos los años de abnegado trabajo al aire libre, y su escaso pelo, que todavía hoy me hace dudar si era por habérsele caído o porque así le gustara llevarlo cortado... Mi madre era natural de Pamplona y había dejado un cómodo trabajo como protésica dental cuando se casó con aquel pobre hombre, bueno en sentimientos y tan ambicioso en sueños... Se conocieron, si no recuerdo mal, gracias a que ella venía los veranos al pueblo a pasar sus vacaciones y alternaban en el mismo grupo de amigos. Sus padres tenían una pequeña casa allí, que al tiempo vendieron. No fue mucho el tiempo que estuvieron saliendo, a los pocos meses decidieron casarse, a pesar de que mi abuelo materno se oponía, porque mi madre era cinco años mayor que mi padre y todo había sido muy precipitado... Supongo que al final, el buen hombre entendió que es difícil poner barreras al amor y a los caprichos de los hijos... Lógicamente, se fueron a vivir a ese pueblo. Al poco tiempo, tuvieron familia: primero Maider y después yo, que según dicen, fui un niño muy travieso y un poco consentido...

 

José lleva poco más de año y medio viviendo en el pueblo en el que había nacido. En el pueblo de sus antepasados. Desde muy temprana edad, su vocación había sido la agricultura, en especial los viñedos. Había nacido sintiendo la cultura del vino, representado por el contacto con unas cepas a las que su padre siempre había dado un especial mimo, pues era – según su progenitor - el primer paso del nacimiento y mantenimiento de un buen vino. Desde muchas generaciones atrás, se habían elaborado excelentes vinos en la casa de los Martínez con las técnicas más tradicionales, y él recogió esas enseñanzas con sumo interés, responsabilizado en que, algún día, el prestigio de esta costumbre dependería de él. Cuando llegó el cooperativismo a la villa de Portillas, creándose una Bodega colectiva, tampoco dejaron de hacer vino, aunque ahora el mercado fuera distinto. Casi toda la producción obtenida, ingresaba los lagos de esta Bodega y una pequeña cantidad, que no se llegaba a entregar, se destinaba a la elaboración propia.

   José había sido un niño bastante vivaracho y despierto, así que a los dieciocho años, ya dominaba todas las variedades de vid: las ventajas e inconvenientes de cada una de ellas para cada tipo de suelo y clima, hacia dónde giraría el mercado vitícola y cuáles tendrían mejores precios en los tiempos venideros.

   Un buen día su destino cambió y decidió dejarlo todo. Tras un desengaño amoroso a la edad de veinte años, decidió emigrar al extranjero en busca de un nuevo trabajo; y todo cuanto tenía su padre pasó a ser propiedad de su hermano Antonio. La excusa que puso a su familia para marcharse fue que en Suiza se ganaba por el mismo trabajo tres veces más que en España. Y aquella tarde, mientras se marchaba, juró que volvería.

   Nunca había salido de Portillas así que le costó habituarse a un nuevo lenguaje –el alemán -, un nuevo paisaje –el montañoso -, un nuevo trabajo y hasta unas nuevas costumbres. Los primeros años apenas le daba para vivir con lo que ganaba y le tentó volver. Los trabajos apenas le duraban. Primero se ocupó como repartidor de carne en un matadero de un pequeño pueblo cerca de Ginebra; el siguiente empleo fue en un supermercado de la misma capital encargado de la reposición de los artículos conforme se iban gastando, pero un descuido con una clienta le costó el puesto. Cuando más desengañado estaba de su salida de España, se estableció en una estación de esquí como aprendiz de electricista. El jornal no era mucho, pero lo suplía con comida y alojamiento. Después, cuando fue ascendiendo laboralmente y sus ingresos fueron aumentando considerablemente, mandaba dinero a casa; primero su hermano y después un amigo cercano se lo iban administrando. Compró ingentes cantidades de tierra a módicos precios, las que dejó un tiempo sin cultivar, hasta saber la forma más apta de darles uso.

   En sus épocas de vacaciones, visitaba plantaciones de viñas: viajó a Burdeos y California con la intención de conocer los nuevos avances y variedades en este campo; en estos viajes nacieron los sueños para sus tierras en el pueblo.

   Nunca se había casado, pero tampoco se había arrepentido de ello, porque según él existen heridas que nunca llegan a cicatrizar por completo. Amores que siempre persisten en nuestros corazones. De esta manera, toda su ilusión y a la vez afición se centraba en esa cultura del vino, que desde muy joven había empezado a sentir y conocer. Cuando todavía no había cumplido cincuenta años se acogió a una ley laboral de aquel país que le otorgaba una suculenta pensión, y volvió a su país natal, decidido a explotar su ya extenso patrimonio. A retomar lo que muchos años atrás había dejado sin hacer.

 

Otro día, acompañó a Fernando y Daniel a la tasca, “la casa del labrador”. Allí, los más mayores del pueblo acudían antes de la cena a compartir unos momentos de charla junto a un vaso de vino, que generalmente lograban repetir. Se fijó en ellos, en su mirada cansada por los años y en que, a pesar de estar jubilados, algunos con edades muy avanzadas para el trabajo en el campo, todavía sentían el espíritu del agricultor. Sus tertulias giraban en torno a su antigua profesión: pocas cosas que no fueran las labores agrícolas y el futuro de sus descendientes les importaban ya a aquellos hombres. Ese es su mundo y su razón de existir, el campo, el único mundo y trabajo que habían conocido en sus vidas. Sus semblantes demostraban la huella del paso del tiempo: con un pasado que no había sido nada sencillo, y así, con unos rostros que poco a poco se fueron ennegreciendo y llenando de pequeños surcos a modo de arrugas, definitivamente se habían tenido que acostumbrar al descanso forzado, puesto que las fuerzas ya hace tiempo que habían empezado a faltar. Muchos, para más que nada matar el gusanillo, seguían efectuando labores de hortelano: a diario acudían a la pequeña huerta a cultivar las verduras más básicas para sus vidas cotidianas con la misma ilusión de quien empieza en el mejor de los negocios. Se intercambiaban consejos con una camaradería atípica, e incluso, si alguno no había podido criar una u otra hortaliza se permitían el placer de cedérselas sin esperar ninguna otra prestación a cambio. Algunas de aquellas personas en aquellas tardes de insólitas historias, le hablaban de las penurias que habían pasado en anteriores años a cuenta de este trabajo, y que su jornada laboral consistía la mayoría de días en un trabajo de sol a sol. Relataban las historias que les sucedían junto a sus animales de carga, que además se convertían en sus mejores compañeros de fatigas. También, hablaban de lo mucho que había cambiado la situación del agricultor con los enormes avances que se habían realizado en maquinaria y ayudas del Estado. <<Antes era todo esfuerzo físico, ahora son los tractores los que lo efectúan, y por lo tanto las fincas son mayores. Si pilláramos nosotros aquellos tiempos>>. Conoció al Pucheros, al Pantera y al Pocacosecha, que simplemente eran... como arriba los detallé.

   Álvaro por primera vez entendió, fruto de la conversación con esos antiguos agricultores, que el apego a la tierra es vitalicio: siempre perdurará ese arraigo a las raíces, porque la ambición e ilusión está latente en el interior de esas personas, aunque ya el paso de los años les haga ser más cautos con el trabajo. Quizás algún día él sea como ellos, y tenga algo que contar a sus descendientes.

 

   Se dio de cuenta que le quedaba mucho por aprender y muchas experiencias que vivir, y que su aprendizaje no iba a ser tan sencillo como él creía, pero estaba dispuesto a dejarse enseñar, porque ahora tiempo le sobraba.