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Alberto Añón      <Llamémosle Primavera>>

Alberto Añón

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Llamémosle Primavera

 Fue el primer libro que edité - en diciembre del año 2000 - y con el que hice mi primera incursión en el difícil mundo literario. Es una novela donde el género romántico tiene mucho que ver, basada en las relaciones humanas y con un elemento que la identifica: el dialogo. Es muy fluida y amena, poseedora de una prosa sencilla donde el lector se sumerge en la trama de principio a fin. El amor y desamor son las dos principales premisas que inducen a conocer este libro, sin olvidarnos de la profundización en el mundo jurídico.

 

 Fragmentos de este libro

Capítulo 1

 Esto ocurrió hace casi tres años. Fue un día en el que abrí la ventana y observé la calidez del día. El sol brillaba con más fuerza que nunca y decidí que aquél, sería el comienzo de mi nueva vida. El comienzo de una mejor vida. Además, el buen tiempo que nos brindaba la llegada de la primavera, era el momento oportuno para empezar de cero. Llevaba pocos días viviendo en el piso de un colega de trabajo, llamado Miguel, y ya me había comprometido para el futuro a cambiar el sentido y los hábitos de mí anterior vida. Los días pasados, habían sido demasiado duros, con profundos y extraños cambios. Todavía y a pesar de los ocho meses que ya habían transcurrido sin la presencia de Ana, los recuerdos de ella en mi corazón y cabeza no se habían disipado, no haciéndome a la difícil idea de su ausencia. Recordaba su cara, casi siempre escondida en sus largos y cuidados cabellos, sus pequeñas manos, sus besos, sus extraños gustos y sobre todo sus sencillas palabras en el despertar de las mañanas diciéndome: << te quiero >>. Ana era mi novia, amante, compañera, y además mi mejor amiga. Ella trabajaba de abogado en Pamplona, desde que se licenciara allá por el año noventa y cuatro. Empezó ejerciendo esta profesión, avalada por la tradición jurídica familiar y unas meritorias buenas notas a lo largo de la carrera. Declinó trabajar en el despacho de la familia, prefiriendo trabajar por su cuenta y riesgo, especializándose en el ámbito penal y civil. El padre de Ana era uno de los mejores juristas de la ciudad, de la considerada alta alcurnia de Pamplona. Ella rechazó trabajar con su familia, porque necesitaba independencia laboral, y fue por ello por lo que se negó a seguir los pasos de su tío y padre como asesores jurídicos de importantes empresas de la ciudad.

   La primera vez que nos vimos fue al año siguiente de comenzar su carrera laboral, a mediados del noventa y cinco, cuando después de haber tenido yo una pelea en un bar de copas de la parte antigua de la ciudad, la conocí. Me llegó sin apenas enterarme, la citación del juicio, y necesitaba por ello urgentemente un abogado, simplemente eso, un licenciado en derecho y que además estuviera colegiado; no importándome ni la calidad ni la antigüedad en la profesión que pudiera llevar. Un amigo común, rápidamente me la presentó, recomendándome la contratación de los servicios de esta buena profesional. Fue ella la que se puso en contacto conmigo. Me llamó por teléfono, citándome en su céntrico despacho, una tarde entre semana. Le expliqué mi caso y sin apenas pensárselo, accedió a llevármelo. Al final, ganamos el juicio, pese a ser yo el causante de las lesiones y ofensas producidas a la parte demandante. Me indemnizaron con trescientas mil pesetas, demostrando Ana ser muy buena en su profesión; y la invité a cenar un viernes por la noche, en un lujoso restaurante, para celebrar la trabajosa victoria. La velada acabó a las tres de la mañana en la crujiente cama de ella. Estas cenas en los meses siguientes se fueron repitiendo y los maravillosos encuentros sexuales, también.

 

   Poco a poco, me iba dando cuenta que pasaba más tiempo en el piso de ella que en el mío propio, de ahí que Ana sugiriera la idea de ir a vivir juntos. << Qué necesidad tenemos de mantener dos pisos, pagando sendos alquileres. Nos compenetramos muy bien como pareja, podemos intentarlo. >> -dijo- Lógicamente accedí, y la conversación que mantuvimos para decidir con cual de los dos pisos nos quedábamos, no duró mucho. Escogimos el piso de ella por ser el mejor situado, a pesar de lo elevado de su alquiler y de contar con un solo baño.

   El padre de Ana, cuando se enteró que su hija me había aceptado como inquilino en su casa, se tomó mucho tiempo en intentar convencer y persuadir a su hija para que no tomara esa arriesgada decisión, que se iba arrepentir y no tardando mucho. Para él yo sólo era un golfo, borracho, cara dura y don nadie que en el futuro iba a hacer muy infeliz y desdichada a su amada hija. De ahí, la extrema postura que tomó D. Ernesto Hernández con respecto a la arriesgada decisión de su hija, la indiferencia y el alejamiento.

   En la actualidad, intento memorizar como nació nuestra enemistad, o mejor, su notorio y enfermizo odio hacia mí y al hacerlo, no encuentro explicación lógica. Alguna vez, al principio de este afable binomio que formábamos Ana y yo, cuando había surgido la ocasión de ir a comer o cenar a casa de los padres de ella, siempre resaltaba la ausencia del patriarca. Las primeras veces, pensaba, que tal vez sería por sus ocupaciones laborales, pero luego, con el sucesivo paso de comidas y cenas comprobé que en esas ausencias yo tenía algo que ver, que mi presencia no era lo suficientemente grata como para compartir una pequeña parte de su  pequeño territorio junto a mí. Por lo menos la madre, aunque respaldara la opinión de su marido respecto al novio de su hija, lo disimulaba muy bien. Poco, demasiado poco duraron esas visitas a casa de D. Ernesto. No hacía falta ser muy inteligente para darse cuenta de que uno no era bien recibido allí, por eso preferí dejar de ir. Todo lo contrario, era el comportamiento de la hermana de Ana, Raquel; ésta se convirtió en uno de los pocos aliados que yo disponía en la familia o en el clan de los Hernández Beasaín, que así era como se apellidaban esa singular familia. Al principio de nuestra vida en común, la hermana pequeña de Ana solía venir a visitarnos con cierta asiduidad. Nos contaba los diferentes rumores, acciones y comentarios de la familia en torno a nosotros, qué lógicamente no eran nada de maravillosos. Pero tanto Ana como yo, nos reíamos de ellos y los ignorábamos. En realidad, no nos importaba lo que los demás pudieran pensar de nuestra vida en común. Lo bueno de esta chica, es que en todas sus visitas nos obsequiaba con bastantes y variados presentes, fruto de sus continuos viajes al extranjero, sin olvidar ni menospreciar la importancia de su información. Si en otros tiempos Ana y Raquel habían tenido muchas diferencias y disputas que no habían logrado solventar; a hora y en vistas de este pequeño problema familiar las dos habían condescendido mucho, convirtiéndose además de hermanas, en buenas amigas.

 

    En aquellos días de vida en pareja, me costó bastante hacerme a la idea de estar viviendo en casa ajena, pero por los complicados dictámenes del corazón a algo había que renunciar y por alguien como Ana merecía la pena sacrificar una parte de mí. Se me hacía difícil olvidar mi independencia y tener que adaptarme a compartir el espacio, cosas y soledad con otra persona. Siempre había preferido vivir solo, tal vez por mi carácter o forma de ser solitaria, y hasta en según que momentos con ciertos brotes de arisquedad.

    Durante tres años, y con anterioridad a irme a vivir con Ana, estuve viviendo solo, en un piso de un barrio muy popular de Pamplona, en mi propio y humilde piso; y todas las veces, que me invitaron mis vecinos a cenar y salir con ellos, había rechazado sus invitaciones con tontas excusas. Lo que más les llamaba la atención, era mi injustificada y extraña soledad. Si bien había renunciado a salir con ellos, no había sucedido lo mismo con el saludo y el encanto de nuestros debates políticos. Cada vez que nos juntábamos en el ascensor, aprovechábamos para mantener acaloradas conversaciones sobre temas de actualidad, relacionados con la marcha del país; era por ello que me habían retado a este mismo tipo de debates, pero en lugares apropiados y con mayor dilación.

   La experiencia universitaria de compartir piso con dos compañeros más tampoco había sido nada grata. Odiaba las manías de ellos y seguramente ellos odiarían mis muchas manías. Con estos antecedentes, dudaba sobre las posibles ventajas que podría aportarme el convivir nuevamente con alguien.

 

 

   Fue un día que Ana llegó pronto a casa y me sorprendió con su mejor amiga en la cama, haciendo el amor en este antiguo y estruendoso mueble que le regalara su abuela cuando decidió independizarse del clan familiar, yéndose a vivir y trabajar por su cuenta y riesgo. Odiaba esa cama, cada vez que hacíamos el amor gruñía y esos gruñidos parecían los gritos de su abuela que me chillaban y reprocharan el que estuviera jodiendo a su nieta mayor. La amiga de Ana se llamaba Arantxa y eran dos buenas amigas que se conocían de toda la vida, si no recuerdo mal, desde preescolar. Arantxa trabajaba de médico en la Clínica Universitaria de Navarra; pese al poco tiempo que llevaba ejerciendo como tal, se había conseguido hacer un prestigioso hueco en este importante mundo. Fue por ello por lo que la llamé un día para comer, con la intención de hacerle una entrevista pero no a la mujer que trabajaba como médico en esa prestigiosa Clínica, sino sólo a la mujer, con sus desengaños sociales y premoniciones de su sexo para el futuro. Estaba recopilando información y realizando entrevistas a importantes mujeres navarras sobre el papel político, social y laboral que iba a representar el sexo femenino en el siglo veintiuno; pero en vez de hacerle la entrevista lo que le hice fue el amor y yo lo que me hice fue un flaco favor. Quedamos en un céntrico restaurante de la ciudad. Empezamos hablando, a eso de la una y media de la tarde, del todavía constante machismo, sobre todo en el ámbito laboral, con copa de vino tras copa de vino. Ella estaba enojada por el repentino ascenso de un compañero suyo, sólo por el hecho de ser hombre y tener buenos contactos dentro del centro, no por los méritos contraidos, así que el enfado de Arantxa se manifestó y se extendió con unos largos comentarios sobre esa injusticia social y el aún, sexismo reinante. << Todavía vivimos en un mundo de hombres, estando a vuestra merced >> – dijo -. Después de comer hicimos un rápido repaso a la evolución de la mujer en la sociedad en los últimos años, y por supuesto, a sus tendencias sexuales. Todo esto amenizado con unas buenas copas de patxaran. Poco después, nos referimos en esos comentarios femeninos, al dominio y la capacidad de éstas en la elección de sus parejas y cuando ya las muchas risas, a eso de las seis de la tarde, se hacían dueñas de la conversación fruto de los efectos de esa rojiza bebida, pasamos a tratar temas más intrascendentes, y esos temas intrascendentes nos llevaron, primero al piso y después a la cama de la abuela de Ana.

   Arantxa era una chica rubia de pelo corto y con gafas, con una muy buena altura; estoy seguro que si hubiera decidido ser modelo o maniquí no lo hubiera tenido nada complicado. Aún estando a falta de belleza, sus medidas, elegancia y altivez eran las apropiadas para  ejercer esta profesión. Recuerdo que ese día en momentos previos a hacer el amor, hablamos de la infidelidad, y a que las mujeres con pareja estable eran más reacias a ser infieles que los hombres, yo le debatí esto: << te equivocas Arantxa, no es un problema de sexo sino de actitud >>. Al poco tiempo se pudo ver que era ella la que tenía razón, con la garantía y la importancia que ofrece tener una testigo como Ana. Ésta nos sorprendió nada más llegar a casa. Entró a su habitación a ejercer el clásico ritual de quitarse la ropa para darse una ducha y nos encontró plácidamente dormidos, desnudos, descansando de nuestro duro día de trabajo. El chirrido de la puerta de la habitación al abrirse nos despertó. Ana, como era típico en ella, reaccionó, con mucha sangre fría y sentido común. Nos invitó a levantarnos, vestirnos y marcharnos. Yo, todavía con los efectos del patxaran le sugerí que se tranquilizara y se acostara con nosotros, simplemente estabamos haciendo un experimento, solo eso. Le dije que efectivamente su amiga Arantxa era muy inteligente y que había tenido que claudicar ante ella por su idea de la fidelidad del hombre. Le comenté que la “chivata” cama de su abuela, había hecho de tubo de ensayo. Me ensañé una y otra vez con la cama de su abuela. Textualmente dije: << te juro por la fabulosa cama de tu abuela, que no estabamos haciendo nada malo, todo lo contrario >>; y ella nos volvió a repetir muy educadamente, sin perder la compostura, que nos vistiéramos y que nos marcháramos los dos de allí; y en esta segunda petición si que accedimos a complacer a Ana.